domingo, 15 de abril de 2018

Germ Art


Microbios como pigmentos.

Fleming pinta sobre placas de Petri

un hongo impresionista.



Para saber más:


Esta entrada participa en el blog de narrativa científica Café Hypatia con el tema #PVserendipia 

El hallazgo de Marianne

Era una máquina asombrosa de 90 ángstroms de diámetro. Estaba ahí, en el seno de un tubo de ensayo, aunque lo único apreciable a simple vista era un líquido que se volvía más turbio por momentos. Este fue el inesperado descubrimiento que realizó Marianne Grunberg-Manago que, a la sazón, era alumna postdoctoral en el laboratorio neoyorkino de Severo Ochoa.




Marianne recuerda que lo conoció en el primer congreso internacional al que asistió, y estaba muy nerviosa:

Me encontré por primera vez con Severo Ochoa en 1952 en París […] Él tenía entonces 47 años, era alto y guapo; parecía un hidalgo español con profundos ojos marrones y llamativos cabellos blancos.

Mientras Marianne trabajaba en el estudio del ATP descubrió una enzima que consumía el ADP de la muestra de estudio y aumentaba su turbidez. Fue un hallazgo tan insospechado que Severo no estaba muy convencido de qué se trataba, pero los experimentos posteriores no dejaron lugar a dudas: la enzima era capaz de sintetizar ARN in vitro y sin necesidad de disponer de una hebra como molde a copiar. La nanomáquina fue bautizada como polinucleótido fosforilasa.



A pesar de que Marianne figuró como autora principal en el artículo de 1955 que describía la nueva enzima, no fue incluida junto a Ochoa en el premio Nobel que este recibió en 1959. Algo realmente sorprendente dado su principal papel en el hallazgo. Las apariencias con la Academia sueca, “olvidando” el reconocimiento de tantas mujeres científicas, no son lo que deberían ser. Paradójicamente, tampoco la polinucleótido fosforilasa era lo que parecía. Escondía una identidad opuesta, una cara oscura como Mr. Hyde. La enzima sólo es capaz de sintetizar ARN en el laboratorio; in vivo, su misión es degradarlo.

Lástima que no pueda aplicarse al Comité Nobel una enzima que invierta la tendencia. Imagino una feministo galardonasa que sea capaz de catalizar la igualdad en los cuadros de honor de la ciencia.


Esta entrada participa en el blog de narrativa científica Café Hypatia con el tema #PVserendipia

sábado, 31 de marzo de 2018

El mercado de las ideas (epílogo)

(viene de parte IV)

Mi andadura por la divulgación científica tuvo su punto de inflexión en 2004. En una época en la que no existían las redes sociales y los actuales gurús de la divulgación aún no tenían blogs, libros publicados ni perrito que les ladrara, tuve el honor de recibir un Premio Prismas por mi manuscrito sobre estructuras de tensegridad. Al año siguiente, el manuscrito sería publicado para ponerse a la venta junto al periódico La Voz de Galicia, pero la Casa de las Ciencias decidió hacer un cambio. El libro, que inicialmente tendría como título “Tensegridad. Estructuras en la naturaleza” se sustituyó por el de “Equilibrio de tensiones”. 

Nadie me explicó el motivo de ese cambio, que tuve que aceptar como hecho consumado, pero no me fue difícil imaginarlo. Resulta que un antropólogo peruano llamado Carlos Castaneda había adoptado el vocablo “tensegridad” para referirse a ciertas prácticas esotéricas que, según él, le habían sido transmitidas por un indígena del pueblo yaqui. Así que tuve que renunciar al título original porque un individuo, con más de chaman que de antropólogo, se había apropiado del palabro en cuestión. Valga esta anécdota para mostrar que si alguien ha conocido las fricciones con la pseudociencia desde sus inicios como divulgador, he sido yo. 

Desde ese entonces, las cosas han cambiado mucho. El cerco se ha ido estrechando en torno a terapias y actitudes sin base científica, y el combate ha ido dando sus frutos en, por ejemplo, sacar a la homeopatía de instituciones donde nunca debió estar. Pero si quienes las fomentan de manera fraudulenta, con un claro fin económico, merecen toda la contundencia de la ley, no debería ocurrir así con los ciudadanos que las practican o utilizan en base a sus creencias. Las motivaciones del público para creer en terapias sin fundamento son muy diversas, y siempre están relacionadas con sus deseos y esperanzas. Por ello merecen respeto y comprensión, evitar la consabida retahíla de calificativos (ignorante, anticientífico, antivacunas…) y atender a sus dudas y temores antes de vomitarles la homilía de la evidencia científica. 

Con independencia de la labor de denuncia, el divulgador acomete la que es su principal labor: ser escritor de la realidad física. En ella, intentará estar a caballo entre la jerga científica y el lenguaje común; aspirará a convertirse en el pensador intruso de Jorge Wagensberg, y a introducir ciencia “de contrabando” como prefería Carl Djerassi. Pero además de saber transmitir, ha de ser comprensivo con su audiencia. En ocasiones, las noticias científicas pueden resultar tan innovadoras y sorprendentes que no es fácil distinguirlas de bulos o noticias falsas. De las siguientes cuatro noticias sólo una de ellas carece de base científica, y para el ciudadano medio no es demasiado evidente de cuál se trata. 







Tengamos en cuenta que confusiones de este tipo suceden hasta en las mejores y más informadas familias. 



En resumen, el científico divulgador debe tener en cuenta un consejo que da el paleoantropólogo John Hawks. 




También debe considerar que existen escenarios y contextos para divulgar absolutamente insospechados, por ejemplo, echando un vistazo en Google Play. 




Un usuario se queja de que esta curiosa aplicación para cargar el teléfono móvil no le funciona, ocasión que aprovechan los desarrolladores para ilustrarle sobre el reiki con estos enlaces:




También debe cuidar el decoro al dirigirse a su audiencia, evitando epítetos desafortunados.




Porque aunque el divulgador o el científico se desgañiten afirmando que ellos son también personas “normales”, su público ha de percibirles más cercanos y empáticos con sus dudas y preocupaciones. Como con ser honesto, no basta con serlo. Además hay que parecerlo.




Agítese antes de usar:
agítense las ideas, agítense los métodos, agítense los lenguajes.

Jorge Wagensberg


El mercado de las ideas (IV)

(viene de la parte III)

Volviendo al suceso con L’Oreal, el título del segundo post de Scientia sobre el tema revela su carácter heroico: “¿Puede un blog de divulgación científica poner en jaque a una multinacional de la cosmética?”. Es algo que contrasta con otro caso que sucedió en el albor de las redes sociales. Por marzo de 2006, Coca-Cola emitió un anuncio en el cual llamaba centollo a un crustáceo que era, en realidad, un buey de mar





Lo curioso es que no fueron biólogos o zoólogos los que, ofendidos por la confusión, tomaron cartas en el asunto, sino el ayuntamiento de un pueblo pontevedrés. El alcalde de O Grove se puso en contacto con la multinacional en medio del aluvión de chascarrillos en todas las tertulias de bar. En palabras del alcalde:
La verdad es que hemos encontrado una buena receptividad. Han comprendido que el centollo es el emblema de la Fiesta del Marisco de O Grove y nos podía perjudicar, y de hecho ya nos confirmaron que van a modificarlo.

Sin sarcasmos, sin hostilidad hacia una “malvada” multinacional, con el suficiente decoro para sensibilizar sobre el error y lograr una corrección amistosa. No es esto lo que suelo ver cuando alguna marca comete el sacrilegio de emplear algún término científico como reclamo publicitario.

Ni ciencia ni pseudociencia, sino todo lo contrario


Pero Scientia no ha puesto la diana solamente en las multinacionales. Ha dirigido su mirada antipseudocientífica hacia famosos y famosas que prestan su imagen a los productos de estas firmas. En esta entrada de junio de 2015, Scientia interroga al lector:

¿Tienen responsabilidad los famosos en los productos que publicitan? ¿Se les puede culpar de que los alimentos o complementos alimenticios a los que ceden su imagen no cumplan lo que prometen y puedan confundir al consumidor?

Y responde antes de que el lector tenga tiempo de pestañear:

En absoluto. ¿Es que deben saber los famosos de nutrición, de medicina, de biotecnología, de química, de nanotecnología? […] El famoso que avala un producto no tiene la más mínima responsabilidad de si son ciertas o no las propiedades que anuncia dicho producto.

Y remata la cuestión con este tuit




Pero en febrero de 2017, en relación con unos complementos de colágeno que publicita Rafa Nadal, la cosa cambia:

Tras analizar uno de los productos promocionados por Rafa Nadal mi opinión es clara y contundente. Los personajes públicos son totalmente responsables de lo que publicitan. Aunque el producto anunciado por Nadal sea totalmente legal y su ingesta no dé lugar a ningún problema de salud, el tenista mallorquín debería negarse a prestar su “marca” para avalarlo […]

Es cierto que en ciencia cualquier postura es provisional y está sometida a evidencias mejor fundamentadas, por lo que este cambio de opinión de Scientia debe responder a un argumento razonable, aunque en este momento no imagino cuál puede ser. Si yo fuese mal pensado, imaginaría que Scientia emplea un recurso persuasivo de gran efectividad en la difusión de bulos: la llamada a la indignación de sus seguidores, primero hacia las multinacionales y después hacia los famosos.

Pero la cosa ha ido más allá, y Scientia ha movido su objetivo hacia otro blanco.





Denunciar, denunciar, denunciar… ¿de verdad es este el camino por el que queremos resolver las cosas? Entiendo que se advierta a ayuntamientos, colegios o librerías de que albergar charlas de determinados individuos hace un flaco favor a sus ciudadanos, alumnos y clientes. Pero una cosa es advertir desde el respeto, y otra es reprochar o denunciar. El único que merece la denuncia (y contundente) ante las autoridades es el charlatán en cuestión, ni ayuntamiento ni colegio ni librería. Que el divulgador se esté convirtiendo en una especie de policía de la ciencia es una imagen que me provoca mucho rechazo.

Ya que a Scientia le preocupa últimamente lo que está ocurriendo, le voy a ilustrar con tres casos que, en mi opinión, muestran que las cosas pueden hacerse de otra manera sin cargar las tintas ni los ánimos. El primero de estos casos sucede, precisamente, en una librería.



1º. El caso de la librería londinense


En la librería Waterstone’s situada en el 82 de Gower Street, se pone en marcha un experimento. Una docena de títulos se colocan en una mesa junto a un cartel promocional para hacer un seguimiento de sus ventas. Aunque esta pequeña exposición iba a durar unas pocas semanas, tuvo tanto éxito que se prolongó durante cinco meses. Muchos de los libros mostrados aumentaron sus ventas radicalmente, a pesar de que trataban sobre científicos y su trabajo.

La idea de esta exposición partió de Jennifer Rohn, bióloga celular del University College de Londres, con la intención de mostrar que las obras pertenecientes a este género (bautizado por ella misma como “Lab Lit”, literatura de laboratorio) tendrían mejores ventas con una categorización y marketing adecuados. Lo que sugiere este pequeño experimento puede extrapolarse: una correcta categorización de los libros de divulgación y de narrativa científica puede mejorar sensiblemente sus ventas, porque sentarse a hablar con los libreros sobre esto es algo muy, muy necesario.




2º. El caso The Beauty Brains


En el ya citado blog The Beauty Brains, los dos químicos que lo administran, y que han trabajado para la industria cosmética, explican su objetivo

[…] está escrito por un grupo de científicos dedicado a ayudarle a comprender qué hacen realmente los productos químicos empleados en los cosméticos, cómo se prueban los productos y qué significa toda esa publicidad.

Estamos aquí para ayudarle a superar la información confusa, engañosa y, a veces falsa, con la que las compañías de belleza le bombardean. Nuestro objetivo es explicarle la ciencia cosmética de una manera entretenida y fácil de entender. Creemos que mientras más información tenga, mejor podrá encontrar productos que le gusten a un precio que pueda pagar.







Simplemente, información veraz para los consumidores que dirigen sus preguntas al blog, sin denuncias a reclamos publicitarios, a multinacionales, o a famosos que presten comercialmente su imagen. Un ejemplo que ilustra algo que me parece importante señalar. Si bien se incluye entre las labores de un divulgador, tanto procurar información veraz como denunciar terapias o productos fraudulentos, considero necesario separar escrupulosamente ambas acciones. La información que se transmite debe ser objetiva no sólo en su contenido sino también en su retórica, pues la información que se emplea como arma arrojadiza nunca ejerce su función. Así, por ejemplo, una cosa es ofrecer información sobre homeopatía y la evidencia que demuestra su ineficacia, y otra dirigir un mensaje de denuncia donde lo único que conviene destacar es que se trata de un fraude sobre el que las autoridades sanitarias deben actuar. 



3º. El caso del Hospital de Villalba


Cuando el tema es más preocupante, aún cobra más importancia esta diferenciación entre informar y denunciar. La actitud de los padres que deciden no vacunar a sus hijos genera indignación, asombro y preocupación como una cuestión de salud pública. Mensajes como el del siguiente tuit son bastante frecuentes en el mundo de la divulgación científica. 





Sin embargo, hay iniciativas que demuestran que un asunto tan delicado puede tratarse sin necesidad de recurrir a mensajes despectivos. El Hospital General de Villalba (Madrid) abrió en noviembre de 2014 una consulta de asesoramiento en vacunas donde las familias podían exponer todas sus dudas y recibir información sobre las mismas. Entre su apertura y marzo de 2016, acudieron 20 familias con una edad mediana de 31 años e hijos de una edad mediana de 2 años. Uno de los primeros datos en los que merece la pena detenerse es que sólo el 5% tenía estudios primarios, mientras que 2 de cada 3 eran titulados universitarios. Entre los principales temores alegados por padres y madres están


  • Presencia de metales en las vacunas
  • Temor a que provoquen autismo
  • Dudas sobre su beneficio
  • Interferencia con el sistema inmune
  • Temor a anafilaxis
  • Temor a daños neurológicos 

Algunas claves para este comportamiento se relacionan con el perfil sociológico de los padres y madres que acudieron a la consulta, pues de manera mayoritaria ven con buenos ojos emplear con sus hijos homeopatía, naturopatía u otro tipo de medicina no tradicional, y la mitad de ellos rechaza el uso de antibióticos. Es decir, tienen como ideal ofrecer a sus hijos unos cuidados lo más naturales y lo menos intervencionistas que sea posible, donde desarrollan su propia inmunidad y donde no estén expuestos a efectos secundarios de productos farmacéuticos.

El comienzo del problema está, desde luego, en los medios que emplean para informarse, donde un 75% lo hace en páginas web, un 70% en redes sociales y sólo un 15% se informa con un pediatra. Con todo ello, los responsables de la consulta llegan a una conclusión clara. En sus propias palabras

Los padres que rehúsan vacunar no actúan de manera temeraria ni inconsciente. Como cualquier padre o madre, sólo quieren hacer lo mejor para sus hijos aunque, basándonos en la evidencia científica, estén equivocados. No es una decisión que tomen a la ligera, y tras informarse, deciden que no vacunar es la mejor opción para sus hijos. El problema es que la información proviene de fuentes del mundo 2.0, con dudosa base científica, donde los activistas antivacunas se mueven con extraordinaria facilidad, al contrario que los profesionales de la salud […]
Un aspecto clave de este servicio es que el principal rasgo de empatía fuera el respeto. Si el pediatra responde a una familia con indignación, seguirá rechazando la vacunación. De hecho, tratamos de eliminar la etiqueta “antivacunas”, que la mayoría de familias encuentra humillante y estigmatizante. Estas familias expresan su preocupación sobre la vacunación y han decidido no aplicársela a sus hijos, pero podrían cambiar de opinión en el futuro. 

¡Y ya lo creo que cambiaron de opinión! A las familias que acudieron a la consulta de asesoramiento les bastó una o dos sesiones de 30 minutos para que el 45% de ellas aceptara todas las vacunas del calendario, y el 90% aceptó algún grado de vacunación.

(continúa en el epílogo)

viernes, 30 de marzo de 2018

El mercado de las ideas (III)

(viene de la parte II)

Bienvenidos a la república independiente del marketing


Si en algún sector se hace uso del arte de la persuasión es el de la publicidad. ¡Ah, aquellos tiempos en que los científicos no se ofendían por determinados anuncios! En 1999, la firma Volkswagen lanzó su modelo Polo con una innovación, el Ziritione



Nadie tenía muy claro qué era eso del Ziritione, ni el aspecto que tenía ni qué efecto tendría en el coche. Unos aventuraban que mejoraba el consumo de combustible, otros que se refería al equipamiento, unos pocos que si era el diseño de los asientos. En el Salón del Automóvil de Barcelona de ese año, multitud de personas especulaban sobre la misteriosa palabra. Finalmente, Volkswagen desveló que el Ziritione “se manifiesta de forma espontánea a quien conduce un Polo, un placer desconocido cercano a un momento místico”. 

Por aquella época también se anunciaba un champú llamado ZP11 que incluía como ingrediente anticaspa el piritionato de zinc o zinc pyrithione. Y aunque los automóviles no tienen nada que ver con la descamación del cuero cabelludo, a los publicistas se les ocurrió que la deformación del zinc pyrithione en ziritione podía sonar bien para promocionar un coche. La invención de palabras como reclamo publicitario es un recurso que se ha potenciado y que pretende convertirnos en todistas, que practiquemos el donetting o utilicemos fresh banking

Y es que, como afirma Raúl Eguizábal en su Industrias de la conciencia, mientras en los años sesenta la publicidad repetía mucho la marca y se insistía en los eslóganes, actualmente las marcas están bien implantadas y se va hacia una publicidad más seductora, en la que casi no se habla del objeto y el protagonista del anuncio es una representación idealizada del consumidor. Los anuncios muestran un estilo de vida que se asocia al producto, sin explicar nada de él, y para este propósito las palabras inventadas vienen como anillo al dedo

Pero no vale inventar palabras a lo loco como la endiablada sphairistike, que fue como acuñó Walter Clopton Wingfield al deporte de su invención y que, afortunadamente, se popularizó con el nombre de tenis. La palabra inventada debe ser carente de significado pero lo suficientemente reconocible para relacionarla con el producto que se promociona. No es de extrañar, por tanto, que la jerga científica se haya convertido en un filón para la publicidad. Desde el blog The Beauty Brains, del que hablaremos más adelante, dicen en tono de humor que si un producto que cuesta 300 dólares la onza no va acompañado de palabras que suenen a ciencia, la gente se sentiría estúpida por soltar ese dinero. 

Erin McKean, lexicógrafa y editora del New Oxford American Dictionary, ofrece un análisis más textual. “Palabras como celular, regeneración o bioestimulante tienen la connotación de salud. La idea a transmitir es que no se trata de vanidad, sino de medicina”. A McKean le fascina la destreza lingüística para salpicar las cremas con el brillo de la ciencia popular. “Los profesionales de marketing son geniales porque, si extraes una sola palabra, no sabes lo que significa. Pero en conjunto, traslada un mensaje de juventud, belleza, ciencia y renovación”. A McKean le encantan las palabras nuevas y sus nuevos usos, y es a lo que nos invita a todos en esta charla de TED: a inventar palabras. 

Esta tendencia en la publicidad engloba otros aspectos que no suelen tenerse en cuenta. El empleo de términos científicos (o que tienen la connotación de científicos) indica que el lenguaje de la ciencia se está convirtiendo en un género cotidiano a nivel del ciudadano de a pie, más allá de la comprensión de los términos. Esto sucede porque una parte significativa de la comunicación de la ciencia se realiza a través de canales transversales, no especializados, lo cual me parece una buena noticia. Otro aspecto interesante es que la complejidad semántica de los términos científicos no resulta perjudicial para el efecto persuasivo, ya que se utilizan en un contexto que transmite al consumidor la sensación de eficacia y exclusividad. Un último aspecto se observa en un estudio realizado a consumidores británicos con un alto nivel de alfabetización científica, donde se constató que si bien eran capaces de detectar el lenguaje pseudocientífico e ignorarlo por inconsistente, hay evidencia de que este conocimiento tiene poco o nulo impacto en su decisión de compra

Una de las principales alegaciones que hacen los divulgadores sobre el uso de términos científicos es la desinformación que causan en los consumidores por un “uso inadecuado de la ciencia”. ¿Uso inadecuado para quién? La marca emplea este lenguaje para persuadir al público y logra su objetivo, y el público no va a servirse de un anuncio publicitario para mejorar su alfabetización científica. En este caso, no hay que olvidar el contexto en que se emplea el término, sea científico o inventado. En el contexto publicitario tiene pleno sentido que, por ejemplo, la famosa firma francesa de automóviles indique en su página web que “el confort de suspensión está grabado en el ADN de CITROËN”. ¿Es necesario aclarar que los coches no tienen ADN? ¿Tiene sentido indignarse porque una marca de coches utilice el nombre de un ácido nucleico para transmitir una connotación de identidad? 





¿Por qué lo llaman divulgación cuando quieren decir denuncia? 


Algunos divulgadores consideran victorias épicas el hecho de enmendar la plana a conocidas marcas por su publicidad como, por ejemplo, el caso protagonizado por Scientia con la firma L’Oreal. La marca cometió la terrible afrenta de nombrar a la arginina como proteína en lugar de como aminoácido. José Manuel López Nicolás, alias Scientia, enarboló sus armas blogueras para deshacer tal atropello y obligó a L’Oreal a hincar rodilla en tierra para corregir el infausto nombre de “proteína”, el cual sustituyeron por el más neutro de “activo”. 




Scientia, a pesar de que admira la labor de investigación de L’Oreal (digo yo que esto supone cierta garantía de que al consumidor no le den gato por liebre), critica su “publicidad científica”. Pero, ¿qué leches es la “publicidad científica”? Con esta expresión, Scientia trata de definir al uso de términos científicos en el contexto de los mensajes comerciales, pero no parece percatarse de que “publicidad científica” es un oxímoron, pues el objetivo de la publicidad es netamente persuasivo y no hay nada de científico en lo que pretende. Siguiendo su línea de pensamiento, si un anuncio sustituye el término científico de “arginina” por el nombre de un ingrediente que bauticen, por ejemplo, como “dermisyne”, ¿ya no se trata de “publicidad científica”? ¿Los divulgadores se quedarían tranquilos porque no se está usando inadecuadamente un término científico? Las marcas siempre tratarán de magnificar la imagen de un producto mediante la tolerada estratagema de la publicidad, y rasgarse las vestiduras por una cuestión semántica que olvida el contexto en que se usa, me parece ridículo.



Pero no será el único oxímoron que nos regala Scientia, pues encontramos otro más en una de sus expresiones favoritas: marketing pseudocientífico. El significado que Scientia otorga a esta expresión es el mismo que a la anterior de “publicidad científica”, pero también tiene otras lecturas. Si yo fuera un publicista, me molestaría la expresión “marketing pseudocientífico” porque el comportamiento del consumidor es una área de estudio perfectamente definida y cada vez más multidisciplinar. Pero es que, además, existe la expresión opuesta: el marketing científico, que busca publicitar artículos, con escasa o nula trascendencia, para hacerse un hueco en revistas de impacto y medios de comunicación, en detrimento de la visibilidad de artículos más novedosos o con aportaciones más notables. 

¿A Scientia le preocupa la publicidad que emplea palabras científicas como herramienta de persuasión? Pues a mí me preocupa más este segundo tipo de marketing que el del anuncio de un producto de belleza.

(continúa en parte IV)

jueves, 29 de marzo de 2018

El mercado de las ideas (II)

(viene de la parte I)

3. La paradoja de la irracionalidad pública 

El público no posee suficiente alfabetización científica. Por lo tanto, no evalúan los riesgos en el marco de la evidencia científica, sino en base a creencias o factores subjetivos. Sin embargo, una mayor alfabetización científica no conduce necesariamente a mejorar este comportamiento. 
Es cierto que el abuso del “oráculo gugeliano” sin los adecuados filtros críticos puede traer mucha confusión y desinformación. Lo normal es pensar que una suficiente alfabetización científica pone en marcha estos filtros, pero la última encuesta de la FECYT sobre percepción social de la ciencia no apunta en esa dirección: hay más personas que creen en la eficacia de la acupuntura y la homeopatía entre titulados universitarios que entre los que poseen sólo estudios primarios o incompletos. 



Esto no puede explicarse satisfactoriamente apelando a la falta de cultura científica, pues hechos como que un bioquímico defienda el diseño inteligente, que un buen número de colegios médicos sigan albergando falsas terapias o, en mi caso sin ir más lejos, que el catedrático que me impartió Química en la universidad me recomendara cobre homeopático para una infección de garganta, no es probable que sucedan por falta de alfabetización científica. 

La respuesta puede estar en un efecto persuasivo conocido como falsificación de conocimiento, según el cual las personas llegan a boicotear lo que saben para adoptar una postura contraria, si esta postura es respaldada por un colectivo en el que se confía (médico, farmacéutico, académico) o en el que consideramos importante mantener nuestra reputación. Esto ha sido observado innumerables veces en el conocido como experimento de Asch



En este sentido, me identifico con lo que expresa Javier Yanes en este artículo: “no siento vocación de azote de herejes”. Este periodista y doctor en Bioquímica y Biología Molecular también llega a la misma conclusión: dar crédito a pseudociencias no es una cuestión educativa o de formación científica. Y ha llegado a ella tras preocuparse de lo que neurocientíficos y psicólogos tienen que decir sobre nuestra tendencia a creer en patrañas. El neurocientífico Dean Burnett ofrece muchos ejemplos en su libro, El cerebro idiota, de que esa habilidad para ignorar la realidad y acogernos a supersticiones e intuiciones infundadas forma parte del funcionamiento normal de un cerebro sano. Para ilustrar estas atrevidas afirmaciones, veamos qué sucede cuando la opinión pública se enfrenta a la percepción del riesgo en diferentes situaciones. 

Las cuestiones analizadas en cada una de las siguientes nueve gráficas son, respectivamente, calentamiento global, posesión privada de armas, fracking, colorantes alimentarios, exposición a ondas de telefonía móvil, alimentos genéticamente modificados, exposición a instalaciones de alta tensión, uso de edulcorantes y nanotecnología. Y las variables que se enfrentan son percepción del riesgo (eje vertical) y alfabetización científica (eje horizontal). 





Las seis gráficas inferiores cumplen, en mayor o menor grado, la previsión de científicos y divulgadores: a medida que la alfabetización científica aumenta, la percepción de riesgos como los alimentos genéticamente modificados o la exposición a ondas de telefonía móvil, va disminuyendo. Parece lógico. Pero en las tres gráficas superiores la predicción se va al traste. La percepción del riesgo en estos tres casos está fuertemente influenciada por la ideología política (liberales vs conservadores), y por si fuera poco, el aumento de alfabetización científica provoca posturas aún más extremas en los casos del fracking y del calentamiento global. 

No resulta muy plausible pensar que esta discrepancia se deba a que el público tenga mayor alfabetización científica en nanotecnología que en calentamiento global. Entonces, ¿qué provoca la diferencia? Busquemos pistas en la siguiente imagen. 



Al observar las mismas cuestiones anteriores pero enfrentando la percepción del riesgo (eje vertical) con la ideología política (eje horizontal), destaca que, mientras en las seis gráficas inferiores la percepción del riesgo es casi independiente de la simpatía ideológica, en las tres gráficas superiores la determina claramente. En este caso, la percepción de riesgo disminuye a medida que la preferencia política se desplaza hacia lo conservador

Lo que este análisis sugiere es que la mayor cultura científica es un factor poco determinante cuando se trata de temas con especial polémica (los de las tres gráficas superiores), bien porque genera considerable preocupación entre el público, bien porque el debate social se encuentra muy polarizado. En los temas no sujetos a polémica (los de las seis gráficas inferiores), contar con una mejor alfabetización científica causa el efecto previsto: hace disminuir la percepción de riesgo.



Cuando el divulgador despertó, la creencia todavía estaba allí. Polémica y polarización de grupo


La gente no apoya determinada información porque piense que es cierta, sino porque carece de una razón crítica para creer que es falsa. Esta actitud se suele atribuir (una vez más) a la falta de cultura científica y, por lo tanto, a un escaso escepticismo que no les anima a comprobar la fiabilidad de la información. Sin embargo, el público tiene otras razones para no adoptar la sana duda del escepticismo y se puede explicar mediante la polarización de grupo

Durante el verano de 2005, se realizó un experimento en el estado de Colorado sobre el poder de la democracia (1). A 60 ciudadanos se les pidió que reflexionaran sobre uno de los temas más controvertidos de la actualidad: el calentamiento global. Se les dividió en diez grupos de debate de seis personas cada uno, de modo que en cada grupo se dispusieron de modo equitativo los miembros de tendencia liberal y conservadora tras recabar sus opiniones previas al debate. 

Concluida la discusión, en casi todos los grupos los miembros sostuvieron posiciones mucho más extremas que antes del debate. Los liberales, favorables a un tratado internacional para controlar el calentamiento global, lo apoyaban con más intensidad; los conservadores, recelosos ante la idea del tratado, lo rechazaban con más firmeza. Además, los grupos se volvían más homogéneos tras sólo 15 minutos de debate. La diversidad de opiniones, que propició bastantes desacuerdos al principio, desaparecía casi por completo

Esta es la polarización de grupo en plena acción: la deliberación entre personas afines consolida las creencias previas, de modo que acaban adoptando una postura más extrema que antes del debate. 


4. La paradoja entre ciencia y retórica 


Los antiguos pretendían que el logos, el razonamiento en su forma más pura, fuera el único elemento efectivo de un argumento. Así lo consideraba Platón, pero Aristóteles concibió lo que su maestro deploraba: el razonamiento es una débil voz zarandeada por el efecto de la emoción y la persuasión

Un artículo científico es el único lugar donde debe aceptarse (en mi opinión, con ciertas reservas) el uso del lenguaje para transmitir información sin más. En cualquier otro ámbito, incluido el de la divulgación científica, empleamos el lenguaje para seducir, impresionar, inspirar, encomiar o justificar. La retórica es lo que da poder a las palabras

En 2008, ante los rumores falsos que se propagaban sobre el entonces senador, Barack Obama puso en marcha una página web llamada “Lucha contra las calumnias” donde identificaba y desacreditaba tales rumores. La campaña tuvo éxito, entre otras cosas, porque catalogaba explícitamente como “calumnias” los hechos que se le atribuían, con lo que predisponía al público para no otorgarles credibilidad. Esto me hace pensar en el flaco favor que el término “pseudociencia” le hace a la ciencia para tratar de desmontar creencias falaces

Aunque el vocablo “pseudociencia” ya se empleaba a finales del siglo XVIII para referirse a la alquimia, el concepto como se entiende en la actualidad surgió a mitad del siglo XIX. François Magendie, creador del primer laboratorio de fisiología de Francia, pretendía devolver a la medicina de su época el prestigio social que poseían otras ciencias, lo que implicaba adoptar una postura contra teorías falsas como el vitalismo, que postulaba una “fuerza o impulso vital” para distinguir la materia viva de la inerte. Así, en 1843, se refiere a la frenología como “una pseudociencia de hoy en día”



El lenguaje importa, y catalogar como “pseudociencia” al conjunto de creencias, teorías y prácticas con una impostada base científica, las sitúa junto a la ciencia y obliga a levantar un muro para separarla de ella. Esto no da un mensaje contundente al público como lo daría si se calificaran, llanamente, de falsedades o mentiras. Los ciudadanos tienen que percibir que la pseudociencia tiene mucho más que ver con una estafa piramidal que con la ciencia real. Es necesario utilizar la capacidad persuasiva del lenguaje.

(continúa en parte III)

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(1) Cass R. Sunstein (2010). Rumorología. Barcelona: Random House Mondadori. p. 40.

miércoles, 28 de marzo de 2018

El mercado de las ideas (I)

Lo único que tengo es una voz
para deshacer la mentira y sus dobleces.

1 de septiembre de 1939, W. H. Auden


En el capítulo 1 de la célebre serie Cosmos. Un viaje personal (1980), durante el fragmento que trata sobre la Biblioteca de Alejandría, Carl Sagan afirma que
no existe ningún registro en toda la historia de la Biblioteca de que alguno de los ilustres eruditos que trabajaron en ella desafiase seriamente un simple supuesto político, económico o religioso en la sociedad en que vivían.
A lo largo de la Historia, la ciencia ha contribuido decisivamente a cambiar este panorama, pero en algunos aspectos nos encontramos casi como en la época de ese legendario templo del saber, fundado en el siglo III a.C. Por ejemplo, lo que la ciencia puede ofrecer para la toma de decisiones políticas rara vez ha caído en terreno fértil, cuando aún en la actualidad nos ilusionamos con que ese sueño sea posible.



De igual modo, lo que la ciencia sabe sobre probabilidades y sobre nuestras ilusiones cognitivas no tiene demasiada influencia en Wall Street. En palabras de Daniel Kahneman, “toda la industria financiera parece reposar sobre una ilusión de sagacidad. Cada día miles de millones de dólares cambian de manos a pesar de que compradores y vendedores tienen la misma información. La opinión de cada uno sobre el futuro inmediato gobierna las decisiones”. Así, el broker atribuirá a sus aptitudes el mérito de una inversión ventajosa cuando, en realidad, la suerte habrá tenido un papel nada desdeñable en un mercado caprichoso.


Y si nos centramos en lo que la ciencia puede aportar a las creencias religiosas… bueno… digamos que mientras unos prefieren un crucero en el Arca de Noé, otros optan por la vuelta al mundo en el Beagle. Y los pasajeros suelen ser bastante fieles cuando eligen uno u otro turoperador.

Decir hoy que la ciencia forma parte de nuestras vidas resulta incuestionable. Su pensamiento, influencia, consecuencias y aplicaciones afectan desde nuestros hábitos más cotidianos hasta nuestras necesidades más específicas. Entonces, ¿por qué la ciencia está tan ausente en la toma de decisiones políticas y económicas? Bien podrían atribuirse, a su vez, a motivaciones políticas y económicas pero no en todos los casos. Economistas y políticos, al igual que el resto de ciudadanos, sufrimos muchas veces la ilusión de racionalidad al tomar nuestras decisiones cuando lo que nos hace decantarnos pueden ser mitos, creencias o bulos más o menos arraigados.

La divulgación de la ciencia, que aspira a acercar a la sociedad la información y el pensamiento científicos, no lo tiene nada fácil para dar respuesta a esta situación porque, al contrario de lo que pueda parecer, el principal escollo no es la falta de alfabetización científica de la población, sino un conjunto de paradojas difíciles de sortear y que guardan relación con la naturaleza humana. Vayamos desgranándolas.

1. La paradoja de Holmes: libertad de expresión, falsedades e información veraz


Con el comienzo de 2018, el presidente francés Emmanuel Macron ha declarado la guerra a las noticias falsas. Para ello, propone “reorganizar el servicio público audiovisual” mediante un proyecto de ley contra la desinformación y las fake news a través de las redes sociales. Eso sí, su aplicación quedará restringida a los períodos electorales. ¿Sería aconsejable tomar este tipo de medidas de manera amplia para neutralizar la información sin evidencia científica? Una acción disuasoria como esta puede resultar muy contraproducente para la libertad de expresión; por otro lado, la información falsa puede ser muy dañina y es necesario evitar sus efectos perjudiciales. ¿Dónde situamos el virtuoso término medio?

En una sentencia de 1919 del Tribunal Supremo de Estados Unidos, el juez Oliver Wendell Holmes estableció una afirmación que ha tenido gran influencia en la jurisprudencia de la libertad de expresión en todo el mundo:
Se alcanza mejor el bien último que se desea con la libre circulación de ideas, puesto que la mejor prueba de la verdad es el poder del pensamiento para imponerse en la competencia del mercado.
Es decir, que con el mismo precepto que muchos defienden para el mercado financiero, el “mercado de las ideas” sería capaz de autorregularse y garantizar la criba entre lo cierto y lo falso. Sin embargo, vemos constantemente ejemplos de que esto no es así. Con la influencia creciente de las redes sociales es relativamente fácil que un individuo, el propagador, distorsione este mercado de las ideas y logre que muchos individuos acepten falsedades y colaboren en su difusión como en una epidemia fuera de control.

Este es el panorama en el que nosotros, seres racionales, le facilitamos la labor al propagador. Por un lado, nos dejamos arrastrar por cascadas de información, una bola de nieve que hace creíble cierta información solamente porque cierta cantidad de gente la cree; por otro lado, somos víctimas de la asimilación tendenciosa, mediante la cual procesamos la información para acomodarla a nuestras ideas previas. En definitiva, tendemos a aceptar la información que confirma nuestras creencias y a rechazar la que las perturba, en un intento de reducir la disonancia cognitiva y mantener la coherencia con nuestro pensamiento. En este punto, entran los divulgadores para corregir la falsedad sin llegar a sospechar que el mismo proceso que la generó puede hacerla resistente a la corrección. Estas serían las reacciones posibles:
  • el intento de corrección pone al individuo a la defensiva, actitud que puede reforzar la idea previa.
  • la existencia de la corrección le induce a pensar: “¿por qué tanto esfuerzo en desacreditar la información? ¿No será porque hay algo de verdad en ello?
  • la insistencia en la corrección pone el foco sobre la cuestión y puede avivar la polémica

2. La paradoja de la comunicación científica


La segunda paradoja tiene que ver con el contexto histórico en el que nos encontramos y se puede resumir así
Nunca las sociedades humanas han sabido tanto sobre la mitigación de los peligros que enfrentan, y nunca han estado tan en desacuerdo sobre lo que saben colectivamente.
Aquí es donde científicos y divulgadores comienzan a fruncir el ceño, pues aducen que lo demostrado por evidencias científicas (desde la ineficacia de la homeopatía hasta las certezas sobre la evolución de las especies) no puede prestarse a desacuerdo o debate.







Las redes sociales están plagadas de mensajes de este tipo: “Sobre la cuestión de………….., no hay debate”. Me planteo que, si hay quien repite una mentira 1000 veces pretendiendo convertirla en verdad, ¿qué efecto se espera repitiendo 1000 veces un hecho probado? Como divulgador y usuario de redes sociales, estos mensajes me parecen inútiles. Emplear la evidencia científica como arma arrojadiza no va a convencer a nadie, además de ser contraproducente al dar la falsa imagen de que la ciencia es dogmática y autoritaria.

El último de los tuits apunta, no obstante, hacia un enfoque que me parece más razonable: la existencia de un debate social. Esto significa que existe polémica o preocupación sobre un tema, y que demanda una exposición de ideas que no parta de una posición percibida como de superioridad (yo, el científico/divulgador, te voy a argumentar a ti, el lego, para que de una vez por todas dejes de creer estupideces). Un debate social honesto, un diálogo entre divulgador y sociedad, no implica que se cuestione la evidencia científica, ni amenaza con poner al mismo nivel hechos probados con hechos que no lo están. Es una oportunidad para que el experto pueda escuchar y entender qué motivaciones tiene el público para creer lo que cree

Los bulos o las creencias, también las que tienen una vertiente científica, racionalizan a la vez que desahogan; dan una explicación sobre por qué se sienten como se sienten aquellos que las aceptan. Si la divulgación se enfoca sólo en dar una explicación racional para desmontar la creencia, se arranca de las manos de la gente “una manta de protección, un pulgar que chupar”, como decía Isaac Asimov, sin proporcionarles un apoyo sustitutivo. Desde luego, la ciencia no tiene que desempeñar esa labor, pero la divulgación debe estar más comprometida con el destinatario de su mensaje.

(continúa en parte II)

jueves, 15 de marzo de 2018

Desde el mirador de Rick


Great Smoky Mountains, Tennessee, EE UU.

Con la llegada del verano a las Great Smoky Mountains, lugareños y foráneos se dan cita para un espectáculo anual. Los ciervos se aventuran en el bosque con sus flamantes cornamentas completamente desarrolladas. Como caballeros que preparan sus armas para el torneo, frotan enérgicamente sus cabezas contra los troncos de los árboles para desprender la capa aterciopelada que aún recubre sus cuernos.

He decidido acompañar al pequeño Rick, de 9 años, a un estratégico mirador que sólo él conoce. Desde muy temprano, como el vigía que escruta el horizonte en busca de tierra firme, sube a su privilegiada atalaya para observar las cumbres que se alzan junto al bosque. Con el único sonido del viento, Rick toma posición y observa imperturbable como el depredador que no quita ojo a la presa.

Transcurrido en torno a una media hora, se incorpora de un salto y exclama

— ¡Es el momento! ¡Hay que ir al bosque ahora!

Tratando de seguir el ritmo de descenso de Rick, voy tras él como buenamente puedo por aquel camino escarpado. El pequeño gira su cabeza a cada tramo para asegurarse de que su torpe acompañante no se haya descalabrado entre las piedras. Por fin, alcanzamos el terreno llano y la refrescante sombra de la arboleda. Rick ha cambiado la marcha de cabra montesa por la de felino sigiloso, mientras se gira hacia mí poniendo su dedo índice sobre los labios.

— ¡Shhh, en silencio! —susurra.

No hizo falta internarnos demasiado para divisar un par de ejemplares jóvenes en plena lucha con los troncos. Con la luz filtrada por las ramas, el aire reflejaba una danza caótica de pelusa que se desprendía de los cuernos. Era magnífico. Rick, agazapado tras un roble escarlata, me mira con una amplia sonrisa.

— ¿Cómo supiste desde el mirador que era el momento para ver a los ciervos?

Rick se puso serio y, mirándome de reojo, me dijo en tono solemne

— Es que… es un secreto.
— Ah, comprendo —le respondí—. Te propongo una cosa. Yo te cuento mi secreto y tú me cuentas el tuyo.

Rick bajó la cabeza y lo meditó unos segundos—. ¡Vale! —dijo finalmente.

De regreso, fui tomando algunas flores de los matorrales.

— ¿Para qué quieres esas flores? —me interrogó. Con mirada cómplice y haciéndome el interesante, le contesté— Es parte de mi secreto.

Me dirigí hacia una zona del bosque con bastante sombra y me senté en el suelo. Rick me imitó. Extraje los estambres de las flores y los estrujé para que los granos de polen cayeran dentro de mi botella de agua. Saqué la linterna de mi mochila y dirigí el foco hacia la pared del recipiente. Miles de tenues destellos, provenientes de los granos de polen, se movían en todas direcciones en el seno del líquido.

— ¡Uau! —exclamó Rick—. ¡Están nadando! ¿Y no se paran nunca? ¿No se cansan?
— Nunca se paran. Podrían estar moviéndose todo el tiempo que los estuvieras mirando —le confirmé.

Ambos habíamos quedado hipnotizados por la perpetua agitación del movimiento browniano: Rick con el zigzagueo de los granos de polen en el agua; yo, con la borra de los ciervos flotando en el aire.
Sin dejar de mirar la botella, Rick me dijo de repente

— Lo sé porque se vuelven azules
— ¿Cómo dices? —le interpelé, sin entender a qué se refería.
— Desde el mirador, cuando entre las montañas el aire se pone de color azul, sé que es el momento de ver a los ciervos.

La intrigante respuesta de Rick me acompaño hasta mi regreso a casa, y no fue hasta varios días después de intensa búsqueda que encontré sentido a esa enigmática relación. Descubrí que los árboles, y los seres fotosintéticos en general, emiten compuestos orgánicos volátiles (COV) por diversos motivos, algunos aún poco conocidos. Entre ellos, el isopreno es el más abundante y el responsable del tono azulado que adopta el aire en las Great Smoky Mountains. Lo sorprendente es que los COV funcionan como sistema de comunicación entre los árboles, alertando a sus congéneres de posibles peligros. Los ciervos frotando sus cuernos contra ellos activan la alarma en forma de neblina azul, como un grito visual que se extiende por el bosque: “¡cuidado, han llegado los herbívoros!”

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Para saber más

COV: ¿Rebelión contra el cambio climático? An. Quím. 2011, 107(3), 250-252.


Este relato participa en el blog de narrativa científica Café Hypatia, en la edición del mes de marzo con el tema #PVComunicados.