miércoles, 15 de noviembre de 2017

La evolución de Alicia

Como cada día, Alicia pedía a su hermana que le leyera un cuento bajo el árbol centenario. Esa tarde la historia iba sobre simios, y a Alicia le disgustó que pretendiera convencerla de que eran sus antepasados. Sin embargo siguió escuchando, sorprendida de que la historia pasara de primates a aves, de dinosaurios a insectos, de algas a bacterias. Alicia pensó que le estaba tomando el pelo.

— ¿Recuerdas cuando conociste a la Reina de Corazones? —le preguntó su hermana—. Ella decía que en su país todos debían correr lo más rápido posible para permanecer en el mismo sitio.
— Sí. ¿Y qué tiene que ver con esta historia? —dijo Alicia.
— En esta historia hay otra soberana —le aclaró su hermana—. Es la Reina de la Doble Hélice, que obliga a que sus súbditos cambien de aspecto constantemente, pero de una manera tan sutil que ellos no se dan cuenta.

Alicia se quedó pensativa y miró el árbol centenario, mientras trataba de imaginar cuánto tiempo haría falta para que acabara pareciéndose a ella. 





Esta entrada forma parte de #Polivulgadores de Café Hypatia en su edición de octubre 2017, con el hashtag #PVorden.

El demonio de Maxwell (microrrelato)

Con una mirada persuasiva y sin mover un músculo, lograba que el caos de trastos por el suelo se trasladara al pulcro orden del cajón de los juguetes. Debo a mi madre la feliz disminución de entropía que gobernó mi infancia.


Referencia: El demonio de Maxwell - Cuaderno de Cultura Científica


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Triángulo (isósceles) amoroso

Su corazón infinitesimal, con alma de infinito, hoy palpita con particular emoción. Se acicala para una cita en la que dos pretendientes pedirán su mano, y aún no sabe qué responder.

Mientras se enjabona con su esponja de Menger, piensa en cuánto le atrae la mente y la personalidad del caballero inglés. Pero el alemán, galante como pocos, la fascina con su calidez y su elocuencia arrebatadora.

Se recoge el pelo con una cinta de Möbius y desliza unas gotas de perfume de su botella de Klein. Sus sentimientos van y vienen recorriendo una escalera de Penrose, sin saber dónde detenerse. ¿Newton o Leibniz? ¿Newton o Leibniz?

Finalmente, cree haber dado con la solución. Como una Penélope matemática, irá destejiendo los decimales de Pi hasta que la última cifra le confirme quién merece el sí.



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El amor en matraces revueltos, no agitados

Abstract
En el presente trabajo se plantea estudiar el orden de reacción del romance mutante entre dos cepas de Homo cupidensis, mediante el análisis in vivo de su interrelación. Para asegurar la incompatibilidad génica entre ambas cepas, fueron sometidas a un tratamiento mutágeno previo consistente en ácido montescoico para la cepa H (en adelante, Romeo), y en capuleteína para la cepa M (en adelante, Julieta). Tras su siembra en el mismo medio de cultivo, se observó la imposibilidad de intercambio genético entre las cepas, a pesar del insistente acercamiento romántico-molecular de varias colonias. Una siembra en medios de cultivos separados fue realizada, lo cual indujo espontáneamente en Julieta una mutación que disminuyó su tasa metabólica hasta niveles indetectables. Al volver a unir ambos cultivos, la mutación de Julieta no fue revertida inmediatamente como hubiera sido esperable, sino que provocó una mutación letal en Romeo por gradiente químico. Esta reacción oscilante retornó a las colonias de Julieta haciéndolas sucumbir, finalmente, por estrés osmótico.


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Naturaleza binomial (sciku)

De von Linné, la osadía
de pensar: "Todo el mundo natural
tendrá nombre y apellido".


Malus domestica
Homo floresiensis



  









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Determinismo indigesto

Durante el verano de 1666, el estudiante regresó a Woolsthorpe para ayudar en la granja familiar. Deseoso de leer los volúmenes prestados de la biblioteca, ya había ubicado la sombra perfecta bajo un gran manzano. Sin embargo, la llegada de una inesperada tormenta desbarató sus planes de lectura al aire libre.

Su tía, para levantar los ánimos del muchacho, le preparó una tarta con los frutos que la tormenta había tirado al suelo. El joven Newton, tras habérsela zampado de una sentada, se percató de que el contenido de su estómago se empeñaba en ir en sentido contrario al de la gravedad. Y es que una de esas manzanas, destinada a iluminar un nuevo orden en la ciencia, no iba a permitir que su inspiración se perdiera por una casualidad.



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Retrato alfabético de Henry Moseley

Amabel, su madre, hizo la siguiente anotación en su diario cuando supo de la muerte de su hijo: Han matado a mi Harry en los Dardanelos, (en) Chunuk Bair.



Bohr. La ley de Moseley proporcionó apoyo experimental para el modelo atómico propuesto por este físico danés en 1913, para explicar cómo los electrones podían tener órbitas estables.

Cargas positivas llamadas protones. Determinó que el número de estas en el núcleo del átomo coincide con el número atómico del elemento.

Disparos. Moseley acribilla con electrones los átomos de diversos elementos para registrar los rayos X que estos emiten.

Eton. Moseley fue un consumado jugador de “Eton Fives”, deporte con cierta similitud al squash aunque se practica con la mano enguantada, no con raqueta.

Frecuencia. Moseley registró la frecuencia de los rayos X emitidos por cada elemento entre el aluminio (número atómico 13) y el oro (número atómico 79).

Galípoli. En la batalla librada en esta localidad turca murió el 10 de agosto de 1915.

Harry. Nombre con el que era conocido entre sus familiares y amigos.

Isaac Asimov afirmó que la muerte de Moseley en la Primera Guerra Mundial fue, probablemente, una de las mayores pérdidas individuales del conflicto.

John Gwyn Jeffreys, conquiliólogo y malacólogo, era el abuelo materno de Henry, de quien heredó su interés por la zoología.

K y L. Nombre de las líneas espectrales de rayos X que determinó Moseley, y que son características de cada elemento.




Matteucci. Medalla de la Academia de Ciencias de Italia que se le otorgó póstumamente.

Número atómico. Número de protones de los átomos de un elemento. Tiene la ventaja, frente a la masa atómica, de que se trata de un número entero, idóneo para ordenar y delimitar el número de elementos de la tabla periódica.

Oxford. Universidad donde se graduó en 1910.

Premio Henry Moseley. Galardón creado en 2008 por el Institute of Physics británico que premia las trayectorias excepcionalmente precoces en física experimental.

Quinto. Es el puesto que consiguió, entre 70 candidatos, en el examen de ingreso para Eton College.

Rutherford. Supervisó su trabajo durante su estancia en la Universidad de Manchester.

Siegbahn. Físico sueco, Premio Nobel de Física en 1924, que perfeccionó el espectroscopio usado por Moseley y continuó su trabajo.

Tecnecio. Elemento desconocido en tiempos de Moseley y que aparecía como un hueco en la secuencia de números atómicos. Moseley identificó otros tres elementos que aún no se habían descubierto: prometio, hafnio y renio.

Uranio. En tiempos de Moseley se pensaba que este elemento radiactivo, de número atómico 92 y el más pesado que se encuentra en la naturaleza, marcaría el límite de la tabla periódica. Actualmente, el elemento sintético más pesado es el oganesón, de número atómico 118.

Vacío. En ocasiones, Moseley recurrió a una cámara de vacío para detectar rayos X de baja frecuencia, con menor capacidad de penetración.

Weymouth. Ciudad costera de Inglaterra donde nace el 23 de noviembre de 1887.

X. La espectroscopía de rayos X permitió a Moseley obtener la ley empírica que lleva su nombre, que relaciona la frecuencia de rayos X emitida por los átomos de un elemento con el número de cargas positivas en su núcleo, es decir, con su número atómico.

Y. Moseley asignó erróneamente al itrio (Y) el número atómico 40, lo que le llevó a pensar que entre el estroncio (número atómico 38) y el itrio podría haber otro elemento: el celtio. En una carta que dirigió a Rutherford corrigió esta suposición, afirmando que la existencia de un elemento entre itrio y estroncio quedaba descartada.

Z. Letra mediante la que se representa el número atómico.


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¿Dónde reside nuestra fascinación por las historias?

Encender un fuego es de las tareas más antiguas y trascendentales que ha realizado la humanidad. Hoy, 800.000 años después de que lo lleváramos a cabo por primera vez, seguimos repitiendo este gesto que nos invita a congregarnos alrededor de la lumbre para otra tarea tan antigua como placentera: contar historias, un vehículo emotivo que nos vincula con los demás y conecta nuestra memoria a la de otros.

Me pregunto dónde reside ese hechizo que nos posee cuando escuchamos una buena historia. La legendaria Scheherezade conocía muy bien ese poder y lo puso en práctica astutamente: sólo salvaría su vida si se transformaba de concubina en narradora. A propósito de Scheherezade, hay historias que no pertenecían originalmente a Las mil y una noches pero que lo merecían. Fue el caso de Simbad el marino, cuento incorporado en torno al siglo XVII, y en el que se comprueba que las historias también comparten memoria entre ellas. Las aventuras de Simbad bebieron de la Historia del marinero náufrago (Egipto, 2200 a.C.), se enriquecieron con pasajes de la Odisea, y es razonable pensar que se inspiraron en las siete expediciones navales que realizó el marino chino Ma Sambao (también conocido como Zheng He) entre 1405 y 1433.

Otra historia que merecería formar parte de la célebre recopilación de cuentos es la que comenzaron a escribir el matrimonio Oskar y Cécile Vogt junto a su discípulo, Korbinian Brodmann. Tenían muy claro que para internarse en tierra inexplorada son necesarias dos cosas: ser intrépido y confeccionar un buen mapa, sobre todo si esta tierra desconocida es el cerebro humano. Estos tres investigadores no podían imaginar que el cerebro fuese un paisaje homogéneo. Debía estar dividido en regiones con funciones diferenciadas como leer, entender el lenguaje o escribir. Brodmann, como un Simbad de la neurología, fue detallando poco a poco la cartografía cerebral en una exploración que le llevó seis años. Las áreas del córtex fueron dibujando sus bordes a la vez que se identificaban, como si nuevos países delimitaran sus fronteras, hasta alcanzar 52 regiones distintas.

En épocas más recientes surgieron nuevos territorios soberanos. Sin hostilidad ni revoluciones, las fronteras se dividieron, se trasladaron de lugar y cambiaron de forma, y el número de áreas creció hasta 83. Pero una última expedición, equivalente a adentrarse en alta mar con una vulnerable carabela de madera, ha aumentado hasta 180 las zonas corticales conocidas. Los navegantes del Proyecto Conectoma Humano han inaugurado un nuevo orden, han abierto un Nuevo Mundo de áreas y conexiones ante nuestros ojos. Nuevas rutas en el océano cerebral que nos acercan al día que logremos circunnavegar por completo ambos hemisferios.


Carátula de “The 2nd Law”, disco de la banda británica de rock Muse, que muestra 
la representación de la conectividad cerebral en base al Proyecto Conectoma Humano.

Quizá la existencia del alma tenga que ver, en el fondo, con todas estas conexiones. Las que conectan las distintas áreas del cerebro, las que conectan entre sí las historias, las que nos unen unos a otros en torno al fuego. Quizá desde ahora comencemos a contar la verdadera historia, la del área 55b, precisamente el área cortical que se activa cuando escuchamos una historia. Comenzaremos a escribir la historia que nos contará por qué a los humanos nos fascinan las historias. 

(esta narración está basada en la charla impartida por José Ramón Alonso en Naukas Bilbao 2017)


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Eucariota (microrrelato)

Arquea busca a procariota para innovadora organización celular. Ambiente de trabajo simbiótico. Imprescindibles buenas referencias genómicas. Contactar con Lynn Margulis.


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