sábado, 8 de julio de 2017

Sánchez Dragó, todo un Homo erectus


Lo que mi libro cuenta —cuenta— es la intentona de llegar hasta una edad tan avanzada como la que ahora tengo con los mismos arrestos que tenía en mi juventud. Mi rostro refleja el paso, el peso y el poso de los años; mi forma de vivir, no. Resulta petulante hablar de eterna juventud, pero quizá no lo sea pensar que ese estado, además de un don, es también el fruto de la búsqueda: la de algo a lo que he decidido llamar “Elixir Dragó”.

Así anuncia usted, señor Sánchez Dragó, en su libro Shangri-La: el elixir de la eterna juventud, su periplo a través de pócimas y mejunjes para conseguir, tras selección personal y siendo su propio conejillo de Indias, una serie de productos que comercializa bajo la marca “Elixir Dragó”. Dentro de este conjunto de complementos alimenticios que usted populariza, hay uno con una fórmula a base de fenogreco y abrojo cuyo nombre (Homo erectus) deja claro qué parte del organismo masculino pretende vigorizar.




Por lo que compruebo, una de sus fuentes de inspiración e información para estos remedios ha sido la cultura milenaria japonesa. A mí, sin embargo, cuando oigo “Homo erectus” no me da por lo milenario sino por lo millonario, y me explico. En el yacimiento de Koobi Fora, junto al Lago Turkana (Kenia), se han encontrado pruebas de que la especie Homo erectus ya dominaba el fuego hace 1,6 millones de años. Su uso para la cocción de alimentos resultó un avance gigantesco, pues permitiría reducir el tamaño del aparato digestivo y disminuir los recursos y la energía necesaria para aprovechar los nutrientes. Esta es una de las cosas que el Homo erectus, señor Sánchez Dragó, de verdad ha hecho por usted. Conseguir que la alimentación no requiera la mayor parte de su energía y de su tiempo para que pueda ocuparse de otras labores, incluso hasta de escribir.

De haber seguido consumiendo alimentos crudos, peor aprovechados por el organismo que los cocinados, es probable que Homo erectus hubiese recibido sus complementos alimenticios como agua de mayo. Pero con la alimentación actual, y aunque usted piense que la dieta mediterránea es un camelo, a este Homo sapiens que le escribe no se la da con queso.

Es usted persona dada a los matices, cosa valiosa en la vida donde nada es blanco o negro aunque, como toda cualidad, hay que saberla usar. Para usted hay pseudociencias que no son tales, como la homeopatía o la acupuntura, y otras que considera engañabobos como el reiki o las flores de Bach. De igual forma, para usted hay ciencia de la buena, como la medicina que le hace sus chequeos y análisis, y ciencia integrista como la que “se cree en posesión de la verdad y expulsa del templo a quien no piensa igual”. Me perdonará, señor Sánchez Dragó, si no me guío por sus criterios, algo arbitrarios para mi gusto.

Es posible que su mala relación con la ciencia provenga de su propia naturaleza. Como usted mismo admite en su libro, “Soy excéntrico. Soy caprichoso. No lo puedo evitar. Lo he sido siempre”. Además de caprichoso, es usted temerario al convertirse en una cobaya que ha llegado a ingerir 68 pastillas diarias, aunque fueran de herbolario. En contraste, la ciencia tiene carácter provisional (que no caprichoso), es decir, saca conclusiones con las evidencias que puede obtener, y deja la puerta abierta a que nuevas evidencias la conduzcan a corregir o completar lo afirmado. De este modo, la ciencia nunca es temeraria ya que ni sostiene lo que no puede probar, ni mantiene verdades inamovibles.

Quizá, debido a una nostalgia ancestral, se haya visto usted impulsado a experimentar personalmente como se vio obligado a hacer el Homo erectus. Este noble antepasado descubrió, sin ser consciente, las reacciones de Maillard, responsables del color dorado, del sabor y de los aromas de los asados, deliciosa pitanza que gusta encajarse de vez en cuando. Pero además Homo erectus tuvo la misma inquietud viajera que usted al salir de su (nuestra) África natal para establecerse con bastante éxito en Asia oriental, sobre todo en China e Indonesia. Claro que no tuvo la suerte de toparse con ese hongo portentoso que usted consume desde la década de 1990, el Sumo Reishi, con el cual Homo erectus hubiera aspirado a acercar su esperanza de vida (entre los 30 y los 40 años) hasta los envidiables 80 años que usted luce. Digo yo que, por muchas propiedades que tenga el hongo de marras, también debe tener algo de mérito el triple bypass coronario que le practicaron hace 12 años.

Y hablando de esperanza de vida, no deja de sorprenderme que los japoneses no gozaran de mayor longevidad en un país de medicina milenaria. A principios del siglo XX aún no podían aspirar a vivir más que el Homo erectus, y lograron sobrepasar los 60 años en 1951. Imagino que para usted tiene una explicación muy sencilla: las bondades del Sumo Reishi estaban reservadas en exclusiva para el emperador y su familia.

No obstante, debo romper una lanza en su favor. Como cuenta —cuenta— en su libro
No soy médico, ni biólogo, ni divulgador científico, ni nada que guarde relación con esas profesiones. Soy, sólo, escritor, y todo lo que escribo es, para bien o para mal, literatura.

Avisa al lector de que su entretenida historia es sólo el relato de sus experiencias personales, narrativa autobiográfica de “andar, ver, escuchar y contar”. Esta advertencia dice mucho de usted. Normalmente, los charlatanes vendedores de panaceas y crecepelos no tienen la misma gentileza con sus potenciales víctimas.

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