martes, 23 de febrero de 2016

En respuesta a "Ayuda al Método Científico"

Desde el blog Las letras de la ciencia nos escribe esta carta un compungido ser. El propio Método Científico, atribulado por las dudas, nos consulta si debería aceptar una oferta cinematográfica para darse a conocer, aunque teme que lo califiquen de frívolo cuando siempre ha luchado por el rigor y la objetividad. Con esta misiva intentaré orientarle.


Estimado Método Científico:


Vaya por delante el sincero aprecio que te tengo. Gracias a ti somos capaces de desentrañar los enigmas que nos rodean sin que nuestras percepciones, sesgos o prejuicios perturben las explicaciones sobre el mundo.

Tu tarea para generar conocimiento científico es indispensable, y no seré yo quien intente convencerte de que traiciones tu esencia. Pero hay seres humanos que no te conocen y muchos de los oyen hablar de ti, así, de sopetón, pensarán que eres un aguafiestas o un “friki”.

Pero no te desanimes, solo es cuestión de conocer algunos secretos sobre nosotros, y te contaré uno de los más importantes: nos encanta que nos cuenten historias. Verás, te pondré un ejemplo.

Un científico que siga estrictamente tus dictados se dispone a analizar una novela como Anna Karenina. Según tus normas, es necesario ser sucinto y preciso en las conclusiones, sin ambigüedades ni ornamentos innecesarios, con lo que escribiría algo así:


En este artículo se estudia el caso de Ana. Una mujer joven y hermosa, casada con un hombre mayor y adinerado. Se aporta como dato complementario que tiene un hijo.

Un día conoce a un militar de facciones armoniosas que la seduce. La mujer abandona a su familia y se fuga con el militar. Regresa tras un tiempo indeterminado para ver a su hijo, pero su marido no se lo permite. Tras muchos sinsabores y enfrentamientos con su familia, poco relevantes para este estudio, y al ambiente social en que se desenvuelve, el militar abandona a la joven objeto de análisis y ella se suicida.

Aunque las relaciones entre hombres y mujeres suelen ser de una complejidad que supera los objetivos de este estudio, se observa una fuerte correlación entre el abandono de Ana y su trágico desenlace.

Aconsejamos futuros estudios debido a que existe incertidumbre sobre la reproducibilidad del experimento en cuanto a la obtención de resultados coincidentes.


Estarás de acuerdo conmigo en que algo así no podría convertirse en una de las joyas de la literatura. ¿Por qué? Porque le falta una de las cosas que más interesa a los humanos: la emoción. Contar la ciencia significa añadir a los asombrosos resultados que tú consigues, estimado Método Científico, toda la historia del camino recorrido. El esfuerzo, la esperanza, los fracasos y, en definitiva, todo el contexto que rodea a los investigadores que lideras.

¿Por qué no poner a Mendeléiev, el padre de la tabla periódica, sobre el escenario de un teatro para que nos relate su logro? ¿O por qué no poner a Cervantes y Einstein a conversar y ver cuánto tienen en común? Si la mismísima Hypatia de Alejandría pasó por la gran pantalla mientras enseñaba en la Biblioteca del Serapeo, tú no puedes ser menos. Estimado Método Científico, acepta la oferta para esa peli y asómbranos con tu historia.

domingo, 14 de febrero de 2016

300 años no es nada

En 2016 se celebra el 400 aniversario de la muerte de Miguel de Cervantes, evento que ha venido a coincidir con la detección de un fenómeno predicho por Albert Einstein hace 100 años: las ondas gravitacionales.

Ambos hechos se encuentran separados en el tiempo exactamente 300 años, y esto no sería más que una mera casualidad si no fuera por otros dos momentos de sus vidas.

En 1605 Cervantes publica la primera edición de El Ingenioso Hidalgo don Quijote de la Mancha, y en el “annus mirabilis” de 1905 Einstein saca a la luz una memorable serie de artículos entre los que se encuentran el dedicado al efecto fotoeléctrico y el que desarrolla la teoría de la relatividad especial.

Se ve que le cogieron gusto a esto de distanciarse tres centurias, pues volvieron a repetir la treta. Mientras la segunda parte de don Quijote de la Mancha veía la luz en 1615, la teoría general de la relatividad era presentada por el físico alemán en 1915. Y digo “mientras” porque, parafraseando el tango relativista de Carlos Gardel, podemos decir que “300 años no es nada”. Permitamos, pues, este salto temporal e imaginemos cómo sería un encuentro entre los autores de tan universales obras, en la lengua y en la época de Cervantes:


Albert Einstein en 1935
Supuesto retrato de Miguel de Cervantes. Año 1600


CERVANTES.- Y dígame vuesa merced, ¿tan errado estaba ese maese Newton, que bien se asemeja con el pastor Grisóstomo por su sapiencia de las estrellas?

EINSTEIN.- ¡De parte a parte, don Miguel! Y gran congoja me produjo en el alma darme cuenta desto, que el bachiller don Isaac bien que estudió los cuerpos, tanto los de esta tierra como los de los cielos, y buena cuenta dio de todas las ciencias que fuera menester.

CERV.- A fe que si otro hubiera sido, yo mesmo daría por cierto que erais vos quien erraba, pues vuestras relatividades sí que parecían asunto de encantamiento, o fábulas para los pobres en erudición y doctrina.

EINS.- Hágome cargo, mi buen amigo, de vuestra pesadumbre, pero heme aquí que con gentil donaire me dispuse a poner orden en aquel entuerto, donde lo más enojoso que presentóseme fue la cuestión del tiempo.

CERV.- Pues más pasmado que temeroso quedeme ante tal desatino, que ya me figuraba el tiempo como barro de alfarero para ser moldeado como a uno le plazca.

EINS.- Que no os pese este hecho, pues el tiempo sólo muestra estas caprichosas andanzas cuando quien las experimenta se mueve con gran celeridad.

CERV.- ¿Estáis acaso diciéndome que los presurosos y los que de nervio tienen hecho el cuerpo, pueden sacar más provechosa industria? Mire vuesa merced que las prisas traen mucho desconcierto y poco acierto.

EINS.- No me refería a eso. La celeridad de la que hablo sólo puede compararse al movimiento de una centella. Ni la montura de vuestro célebre hidalgo se acercaría, a pleno galope, a la rapidez necesaria. Haría falta que don Quijote picara espuelas sobre otro tipo de rocín que, si me permitís bautizarlo, debiéramos llamar fotín. (1)

CERV.- ¿De qué jamelgo prodigioso me habláis, del que no he oído ni en todos los libros de caballería?

EINS.- A decir verdad, resulta de lo más esquivo. Pero las maravillas que se le atribuyen son incontables. Al emprender viaje con él, el tiempo discurre con lentitud pasmosa aunque nada hágalo sospechar. De aquesta guisa, podría ver envejecer a propios y extraños mientras mantiene vuesa merced su lozanía. ¡Un viaje en el tiempo, querido don Miguel!

CERV.- ¡Cuánto de mi agrado sería retornar al pasado a lomos de ese fotín! Me ocuparía en deshacer los gazapos en los que hice aventurarse a don Quijote. Recuerdo una vez, ante el inminente gobierno de la ínsula, después de que Sancho escribiera una carta a su mujer un veinte de julio, híceles retroceder a caballero y escudero a la víspera de San Juan, entrando en Barcelona.

EINS.- En realidad, ese gazapo no precisa enmienda. Permita usted que don Quijote viaje en el tiempo, si ello es menester para las aventuras que reclamen su gallarda atención. Ya que la ciencia determina la relatividad del tiempo, dejemos que don Quijote cambie rocín por fotín cuando le sea preciso.

CERV.- ¡Vuesa merced es un ladino! No seré yo quien niegue a don Quijote este beneficio por obra de vuestras relatividades, pero no bastará para domeñar otros deslices. ¿Cómo arreglaréis el entuerto según el cual, tras robarle Ginés de Pasamonte a Sancho su asno, reaparezca el jumento sin explicación como si de asunto de brujería se tratara?

EINS.- Tengo explicación para ello sin recurrir a brujería, y ahora mesmo os daré cuenta. Otro de los hallazgos de la moderna ciencia, que se ha dado en bautizar como cuantos, asevera que estos diminutos malandrines pueden desaparecer de un lugar para surgir en otro sin tener que atravesar el camino que los une. ¿Os imagináis que don Quijote no tuviese que vagar por peligrosas sendas entre entuerto y entuerto?

CERV.- Esto es más de lo que el magín me permite concebir. ¿Cómo puede albergar tanta maravilla algo tan minúsculo? Podría jurar que lo que contáis no son sino fantasías y leyendas.

EINS.- Así les parecía a los sabios, que no dejaban de frotarse los ojos ante tal desconcierto. Os aseguro, don Miguel, que es veraz todo cuanto os digo.

CERV.- Vaya por delante que os creo, don Alberto, aunque me sorprenda en grado sumo. ¿No tendréis más cuantos de esos para salir airoso de todos los gazapos que os presente?

EINS.- Pues aún habéis de descubrir más hechos asombrosos sobre los cuantos, y que explicarían otras aventuras del caballero andante. Cuando don Quijote veía los ejércitos de Alifanfarón y Pentapolín en combate, donde Sancho sólo vislumbraba rebaños de ovejas, o el yelmo de Mambrino como una vulgar bacía de barbero, no tenía por qué deberse a locura o encantamiento.

CERV.- ¡No es posible! ¿Cómo pretende la ciencia dar razón a lo que sólo puede ser fruto de un delirante hidalgo?

EINS.- Delirante es, sin duda, lo que os expongo. Y no os reprocharé que os mostréis incrédulo, si no lo estabais hasta ahora. Que al ir a averiguar qué suerte de misterio eran estos cuantos, hiciéronlos pasar por dos ranuras para determinar por cuál dellas pasaban. Y resulta que pasaban por las dos a la vez cuando los sabios no estaban vigilantes, y por una sola dellas cuando no quitábanles ojo de encima. Así que bien podían tener un aspecto cuando miraba don Quijote, y presentar otro ante los ojos de su fiel escudero.

CERV.- ¡Lo vuestro es serio, estimado don Alberto! No os ha bastado poner patas arriba toda la filosofía natural, que habéis creado un caballero andante relativista y cuántico. Y usando los argumentos de la ciencia de los cuantos, ¿no prueba esto, en el fondo, que don Quijote estaba loco y cuerdo a la vez?

EINS.- Querido amigo, en realidad conocéis más de la ciencia de lo que vos mesmo imagináis. Ni la paradoja del gato de Schrödinger tiene secretos para vuesa merced.

CERV.- A fe que no he oído hablar del felino de ese buen hombre que mencionáis, que sólo viene a mi mente la desigual batalla de don Quijote con aquel gato, que se le asió con uñas y dientes al rostro y a las narices, dejándole acribado el primero y no muy sanas las segundas. Y a todo esto, ¿no me estaréis dando gato por liebre con todo lo que me contáis?

EINS.- Tened por bueno todo lo que os he dicho, don Miguel, que aunque la ciencia tenga un nombre del que muchos no quieran acordarse, intenta desentrañar los misterios del mundo, dejarnos su filosofía en herencia, y mejorar la vida del ciudadano de a pie. ¿No podría afirmarse que la ciencia también profesa la caballería andante, aventurándose por lugares desconocidos y desfaciendo cuanto entuerto le salga al camino?

CERV.- Muy cierto es, que si adarga y rocín tenía don Quijote, no son menos el conocimiento y la curiosidad para tal empresa. ¿Y no sería menester que alguien tomara la pluma para contar las andanzas de esta clase de caballería, y así fueran conocidas por todo el vulgo?

EINS.- En efecto, la ciencia divulgada, como se ha dado en llamar, aún tiene camino por recorrer, aunque los cronistas que della escriben no son más que escuderos a los ojos de algunos caballeros filósofos.

CERV.- Que no os ofenda tal consideración. Justicia les hacen llamándoles escuderos, pues no era otro que el buen Sancho quien debía sacar cordura y entendimiento de la tortuosa cabeza de su señor. Escuderos de clara pluma deben de ser para que leyéndolos, no padezca el vulgo la pérdida de juicio ante las incomprensibles jergas de los filósofos, como aconteciera a don Quijote con los intrincados libros de caballería. ¿Prometéis que estos cronistas velarán por el buen juicio de sus convecinos?

EINS.- Os prometo que se hará lo mejor que se pueda. A los cronistas del vulgo les aguarda, en estos tiempos modernos, singular batalla con los pseudocaballeros y demás gente de baja estofa.

CERV.- A buen seguro que pluma y metáfora en ristre, harán honor a sus armas. Ea, pues. Hasta más ver, don Alberto.

EINS.- Hasta más ver, don Miguel.
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(1) Versión cervantina del cuanto de luz o fotón.

viernes, 12 de febrero de 2016

Día de Darwin. El hombre que nunca quería

El poeta y ensayista Hans Magnus Enzensberger dedicó un extenso poema a Charles Darwin, del que extraigo algunos fragmentos:

CHARLES ROBERT DARWIN (1809 - 1882)

El hombre que nunca quería.
Sentía mareos de pisar la Tierra.
“Genial”, “innovador”, “apabullante”, “un titán”:
él no quería. Desde un principio
se resistió por todos los medios.
Náuseas, migrañas, hipocondrías.

La escuela, simplemente en blanco
[…] No comprende las matemáticas,
no retiene los clásicos […]

Se supone que va a ser médico:
no puede ver la sangre.
Lo quieren meter a cura:
no sabe latín.
Un negado. De todo se desentiende,
vacila, elude consecuencias […]

Y su famosa vuelta al mundo: casi a contracorazón
casi por error. Yace a bordo […]
Vértigo, inapetencia.
Reúne pruebas, datos, muestras.
Las convicciones se las guarda.
Un buen día lee a Malthus

nace El origen de las especies, se desarrolla
“de manera natural”, irrefrenable,
una especie nueva de ideas […]

Despacho de Darwin en su residencia, conocida como Down House.

La publicación de sus ideas no era la única decisión que Darwin necesitaba sopesar con minuciosidad y de manera racional. Cuando comenzó a pensar en el matrimonio, elaboró una lista que reflejaran pros y contras.

Si no me caso:
  • Libertad para ir a donde uno quiera […] sin la obligación de visitar a parientes, ni ceder a todos los caprichos.
  • Poder elegir compañía, y de ésta, poca.
  • Ni gastos ni preocupaciones por los hijos.
  • Volverse gordo y ocioso.
Si me caso:
  • Niños (si Dios quiere)
  • Una compañera constante (y amiga en la vejez)
  • Los encantos de la música y la cháchara femenina. Éstas son cosas saludables, pero una pérdida de tiempo terrible.
  • ¡Por Dios!, resulta intolerable pensar en pasar la vida entera como una abeja obrera estéril, trabajando y trabajando, y después nada. No, eso no puede ser.
  • Piensa en lo que será tener una esposa cariñosa sentada en el sofá, con un buen fuego, libros y quizá música […]. Cásate, cásate, cásate.
Ante la “evidencia” que se había demostrado a sí mismo, ahora la cuestión era la búsqueda de una esposa adecuada, aunque dicha tarea no le llevaría mucho tiempo ya que había una persona que reunía todas las cualidades que buscaba: su prima hermana Emma Wedgwood. Un día en que Charles daba un paseo por el jardín de la casa de su tío, mientras pensaba en el “problema de las especies” (como solía llamar a sus reflexiones sobre la evolución), pudo oír que Emma interpretaba una pieza de piano: la Sonata en La menor K310 de Mozart. Envuelto por la deliciosa música, se acercó sentándose junto a ella y le pasó un brazo sobre los hombros. Intentó hablar con Emma, hilando algunas palabras atropelladas de lo que se supone era una declaración de amor. Entonces Emma lo interrumpió y le dijo: "Charlie, además de ser el hombre más honesto que he conocido, eres el más lento".

Quizá esta característica de Darwin fuera absolutamente necesaria para abordar un trabajo de semejante calibre como el que se propuso: el estudio de la evolución de las especies como uno de los procesos más exasperantemente lentos de la Biología. Sin prisas y sin dirección aparente, aspectos que también definían la vida del joven Darwin a ojos de los suyos.


Fuentes:
- Hans Magnus Enzensberger, Los elixires de la ciencia, Anagrama, Barcelona, 2002.
- Tim M. Berra, Darwin. La historia de un hombre extraordinario, Tusquets, Barcelona, 2009.

jueves, 11 de febrero de 2016

#WomenInSTEM: Marie Meurdrac. La química benévola

En el siglo XVII apareció el primer tratado de química escrito por una mujer, Marie Meurdrac. La chimie charitable et facile en faveur des dames se publicó en París en 1666.

Comenzó el tratado sólo por conservar sus conocimientos sobre técnicas y aparatos de laboratorio, metales, preparación de medicinas simples y cosméticos, pero se vio tentada de publicarlo pues, como afirma en el prólogo de su obra, si las mentes de las mujeres se cultivaran, igualarían las de los hombres:

Marie Meurdrac


Cuando inicié este pequeño tratado, fue únicamente para mi propia satisfacción, así como para no olvidar los conocimientos adquiridos a través de un largo trabajo y reiterados experimentos. No puedo ocultar mi satisfacción, viéndolo acabado mejor de lo que esperaba, y sintiendo la tentación de publicarlo. Tengo razones para sacarlo a la luz, y razones para mantenerlo oculto y evitar exponerlo a la censura general. En ese dilema he estado cerca de dos años, indecisa. Me convencí a mí misma que no era el menester de una mujer enseñar; que ella ha de permanecer en silencio, escuchar y aprender; sin dar testimonio de sus conocimientos. Que no le pertenece ofrecer una obra al público, y que esta reputación normalmente no es ventajosa, ya que los hombres menosprecian y censuran siempre lo que produce el espíritu de una mujer. Además, los secretos no han de divulgarse, y finalmente, es posible que a mi forma de escribir se le pueda hacer algún reproche.

Por otro lado, me siento orgullosa de no ser la primera en publicar algo. Los espíritus no tienen sexo, y si los de las mujeres se cultivaran como los de los hombres, y se emplease la misma cantidad de tiempo y esfuerzo en instruirlas, podrían igualarlos. Que nuestro siglo ha visto nacer mujeres para la prosa, la poesía, la lengua, la filosofía, y el mismo gobierno del Estado no cede un ápice a la suficiencia y capacidad de los hombres. Además, esta obra es útil por contener cantidad de remedios infalibles para la curación de enfermedades, para la conservación de la salud, y diversos secretos poco conocidos a favor de las damas, no sólo para conservar sino también para aumentar las ventajas que han recibido de la naturaleza; es minuciosa y enseña fielmente y de manera familiar a llevarlos a la práctica con facilidad, y que sería pecar contra la caridad ocultar estos conocimientos que Dios me ha dado, y que pueden ser provechosos para todo el mundo.

Este es el único motivo que me ha empujado a publicar este libro. Espero que el público lo acepte de buen grado, y que no se pare a juzgar la cortesía de mi estilo, sino el tema que trato, en cuanto a aprovechar mis preceptos y ser exactos en las operaciones que se molestará en practicar. Solicito esta gracia a los que tendrán a bien ensayarlos, y que se distribuyan libremente entre la gente pobre los remedios que he probado hasta la actualidad, ya que les enseño a prepararlos prácticamente sin gasto alguno. Y como es justo, finalmente, que saquen provecho de mis desvelos, les ruego por todo reconocimiento acordarse de mí cuando hagan caridad, y hacerme partícipe del mérito de sus buenas obras […]

En lo referente a las damas, se sentirán satisfechas de saber, sin tomarse la molestia en operaciones […], con el tiempo que necesitarían para ello […] y temiendo no tener éxito, yo me implicaré personalmente cuando me concedan el honor de comunicármelo, y tomaré cuidado de preparar yo misma lo que se desee que yo enseñe. He dividido este libro en seis partes: en la primera he tratado principios y operaciones, compuestos, recipientes, hornos, fuegos, características y pesos. En la segunda hablo de la virtud de los Simples, de sus preparaciones y de la manera de extraer las sales, las tinturas, las aguas y las esencias. La tercera trata de los animales; la cuarta, de los metales; la quinta, del modo de preparar los compuestos medicamentosos, con varios remedios todos experimentados; la sexta es a favor de las damas; en ella hablo de todas las cosas que llevan a conservar y mejorar la belleza. He hecho lo que ha estado en mi mano para darme a explicar claramente y facilitar las operaciones. No he querido guardarme mis conocimientos, y asegurar que todo lo que enseño es verídico, y que todas mis medicinas han sido experimentadas.


Fuente: Chimie charitable et facile en faveur des dames, 2ª edición, Lyon, 1680.

#WomenInSTEM: Mary Montagu. Pionera contra la viruela

Me figuro que imaginarás que te he entretenido hasta aquí con un relato que por lo menos ha recibido muchos aderezos de mi parte. ¡Se parece demasiado, dirás, a "Las mil y una noches" […]. Olvidas, mi querida hermana, que esos mismos cuentos fueron escritos por un autor de este país y, exceptuando los encantamientos, son una representación real de las costumbres de aquí.
The letters of Lady Mary Wortley Montagu


Mary Montagu (1689 - 1762), al modo de una "Marco Polo" dieciochesca, fue el primer occidental que visitó las habitaciones secretas de los harenes imperiales otomanos. En su correspondencia con familiares y amigos, esta aventurera británica describía ambientes cargados de exotismo y sensualidad. Su libro Cartas desde Estambul encantó a Voltaire e influyó en pintores como Ingres. Este último, sin haber pisado nunca Oriente, creó El baño turco inspirado en las descripciones de la viajera.

El baño turco (1862). Jean Auguste Dominique Ingres.

La ocasión de realizar este viaje llegó cuando Edward, su marido, fue nombrado embajador en la corte otomana. A Mary le pareció una oportunidad fascinante, a pesar de que a todos sus amigos les pareció una temeridad que acompañara a su esposo a esas tierras desconocidas.

A su llegada a Belgrado, recibió alojamiento en la residencia del efendi Ahmet Bey. Durante su estancia pudo disfrutar de su magnífica biblioteca, al tiempo que el efendi la iniciaba en poesía árabe y persa, y mantenían apasionadas discusiones hasta la madrugada.

En una carta a su amiga Sarah Chriswell, fechada el 1 de abril de 1717, escribe:

Las historias de peste tan espantosas que habéis oído tienen en realidad muy poco fundamento [...] A propósito de enfermedades os voy a contar algo por lo que estoy segura os darían ganas de estar aquí. La viruela, tan fatal y general entre nosotros, aquí es completamente inofensiva gracias a la invención de la inoculación, que es el término que usan. Hay una serie de mujeres ancianas que se dedican a efectuar la operación. Cada otoño, en el mes de septiembre que es cuando disminuye el calor, las personas se preguntan unas a otras si piensan que alguno de su familia va a tener la viruela. Con este propósito forman grupos y cuando se reúnen (quince o dieciséis) una anciana llega con una cáscara de nuez llena de materia del mejor tipo de viruela y pregunta qué venas te gustaría te abriera. Inmediatamente rasga y abre la que le has ofrecido con una aguja larga (que no produce más dolor que un rasguño) y pone en la vena tanto veneno como cabe en la punta de la aguja, y después venda la pequeña herida con un trozo hueco de la cáscara [...]
Los pacientes jóvenes o niños juegan juntos durante el resto del día y tienen perfecta salud hasta el octavo día. Entonces comienza a subirles la fiebre y están en cama durante dos días, a veces tres y… a los ocho días están como antes de su enfermedad. Cada año, miles de personas se someten a esta operación y el embajador francés dice que ellos toman la viruela como en otros países toman las aguas. No hay ejemplo de nadie que haya muerto en la operación y créeme estoy tan satisfecha con la seguridad del experimento que pretendo intentarlo en mi propio hijo […]
Soy lo suficientemente patriota como para tomarme el trabajo de poner de moda en Inglaterra este útil invento, y no dudaría en escribir a alguno de nuestros médicos si conociera a alguno que pensara tiene suficiente virtud para destruir una considerable parte de sus ganancias por el bien de la humanidad.
Lady Montagu no sólo hizo inocular a su hijo en Constantinopla, y a su hija al regresar a Inglaterra, sino que una vez allí consiguió que la princesa de Gales se nteresara por la práctica e hiciera inocular, con éxito, a sus propios hijos. Gracias a estos logros, la técnica de la inoculación se extendió rápidamente por toda Inglaterra, y fue sometida a prueba de la manera más rigurosa que la época permitía. Por ejemplo, a instancias del Colegio de Médicos de Londres se inoculó la viruela a seis reos, a cambio de conmutarles la pena de muerte, y a otros tantos huérfanos. A todos ellos se les puso en contacto con enfermos y no enfermaron. Todo ello siete décadas antes de que Edward Jenner desarrollara su vacuna antivariólica tras observar cómo quedaban inmunizados los granjeros que se exponían a una variante de la viruela más leve que sufrían las vacas. Además de la experimentación de la que fue objeto, la inoculación importada por Mary fue quizá el primer tratamiento que se enfrentó al análisis estadístico de sus resultados, cuarenta años antes de que los matemáticos Jean D’Alembert Y Daniel Bernoulli se ocuparan del análisis de datos en problemas médicos y biológicos.


Fuente: The letters of Lady Mary Wortley Montagu, Mrs. Hale (editor), Boston, 1869.