sábado, 27 de agosto de 2016

La ciencia cuenta si se cuenta la ciencia (y IV)

REDEFINIENDO LA CIENCIA COMO TEMA DE ESCRITURA

(viene de la parte III)

Las fronteras reales son siempre difusas,
pero se hacen nítidas con solo imaginarlas.
Jorge Wagensberg


Deborah García Bello es química, profesora y excelente divulgadora, pero cuando contaba 15 años todos estos logros profesionales estaban por decidir. Su dilema comenzaba desde la base: ¿Debía estudiar Ciencias o Letras? La eterna dicotomía. Así que durante ese verano, tras darle muchas vueltas, finalmente lo tuvo claro.

Mi razonamiento quizá fue inmaduro, pero me ayudó a tomar una decisión: puedo seguir leyendo poesía, novela, yendo al teatro, viendo Arte, sin tener que estudiarlo, podré seguir disfrutando de ello, pero con la Ciencia no pasa eso, por mucho que lea por mi cuenta nunca sabré todo lo necesario como para sentirme a gusto […]

Argumentándose a sí misma, la suerte estaba echada. Estudiaría Ciencias. Aunque a Deborah este razonamiento le ayudó a definir su camino, a mí me ha generado cierta inquietud. La poesía, la novela, el teatro o la pintura pueden disfrutarse sin tener que estudiarlos, sin ser conocedores o iniciados. Pero la ciencia no se ajusta a ese modelo. Parece lógico porque el arte apela a nuestra emoción y a nuestra experiencia vital, mientras que la ciencia invoca nuestros conocimientos por lo que aquel que no los tenga o los haya olvidado, es fácil que se sienta excluido. De aquí a no considerar la ciencia parte de la cultura solo hay un paso.

Recurriendo ahora a mis propios recuerdos como estudiante, en una ocasión mi profesor de Ecología nos desmintió que la selva del Amazonas fuera uno de los pulmones del planeta, como suele decirse. Un bosque maduro como este consume por respiración tanto oxígeno como el que produce por fotosíntesis. Por lo tanto, es muy lícito defender la biodiversidad de este valioso ecosistema pero echando mano de argumentos válidos, no de mitos.



Lo mismo opino del anterior tuit que defienden la mayoría de los divulgadores. Crear una sociedad formada, competitiva y coherente depende, en primer lugar, de una educación formal que no está alcanzando de manera completa este triple objetivo. Y sin esta base la divulgación científica lo tiene difícil para alcanzarlo por sí sola. La divulgación de la ciencia es necesaria y merece ser defendida, pero no con argumentos que, hoy por hoy, son una esperanza más que un hecho.

Hay un aspecto que considero necesario para que este panorama pueda cambiar. Un buen comienzo para que los ciudadanos lleguen a asimilar la ciencia como parte integrante de la cultura requeriría, en mi opinión, abandonar el concepto de divulgación como cajón de sastre que categoriza y aísla todo lo que huele a ciencia accesible.

Expongo varios ejemplos de ello. En El País Semanal la escritora Rosa Montero nos habla de un proyecto del Instituto de Astrofísica de Canarias en el que ha tenido la oportunidad de participar, y en su libro de memorias La ridícula idea de no volver a verte nos cuenta el duelo vivido por la pérdida de su pareja en paralelo al de Marie Curie tras fallecer su esposo. A nadie se le ocurriría calificar estos textos como divulgación, a pesar de que contiene información relevante y accesible sobre ciencia o sus protagonistas.

En 2001 los químicos Carl Djerassi y Roald Hoffmann escribieron una obra de teatro sobre los descubridores del oxígeno, un encuentro ficticio entre los tres científicos y sus esposas en el marco de un hecho real de la historia de la Química. ¿Debe calificarse de divulgación? ¿Está más cerca de la ciencia o de la literatura? El propio Djerassi prefiere considerarse “contrabandista intelectual” que hablar de una obra didáctica o de divulgación: “Didáctico –es de decir, aburrido– suele ser el término más condenatorio que un crítico puede utilizar para ahuyentar a la audiencia potencial de una obra.” Jorge Wagensberg también prefiere hablar de “pensador intruso” a quien se atreve a pasar la frontera entre ciencias y humanidades.

¿Y una mujer que tiene un hijo aquejado de una enfermedad rara? Ha de aprender de genética para saber qué es un cariotipo o una dolencia autosómica recesiva. Y de estadística, para asimilar que el 70% de los casos quedan sin diagnosticar, o comprobar que es más probable estar afectado por una enfermedad rara que ganar la lotería de Navidad. Se hace experta en administraciones públicas para descubrir las ayudas a las que puede acogerse, y también en psicología para seguir adelante con su vida personal sin desmoronarse. Esta mujer ha ejercido de divulgadora consigo misma para adaptar estos conocimientos a su contexto. Y cuando le cuenta al público los pormenores de su día a día, ¿está haciendo divulgación para concienciar sobre las enfermedades raras o solo está contando su historia? ¿O está haciendo las dos cosas?

Desde luego, estos ejemplos tienen algo en común: emplear la emoción y las historias personales para contar sobre ciencia. Y contrasta claramente con el estilo generalmente empleado en los blogs de ciencia, a caballo entre lo didáctico y lo académico. En definitiva, la divulgación tiene que atreverse a ser intrusa y navegar mucho más por los dominios de la emoción y del uso literario del lenguaje, clave para crear una buena historia.


Divulgadores y escritores tienen en común el lenguaje, aunque hagan diferente uso de él. Los textos de escritores y de divulgadores se diferencian tanto en su producción como en su propósito. Los escritores (entiéndase de ficción) hablarán a sus lectores sobre temas y aspectos de la vida que, por su experiencia y vivencias, le resultan familiares. De hecho, como copia de la realidad que es, la literatura se distingue de la historia en que mientras esta cuenta lo que ha sucedido, aquella relata lo que podría suceder. Además, debe establecer un pacto ficcional, un acuerdo tácito mediante el cual el lector acepta introducirse en un mundo manifiestamente irreal, reservándose el derecho de emitir juicios sobre la verosimilitud de los hechos relatados.
Sin embargo, el pacto que sellan los divulgadores asegura al lector que serán fieles a una realidad muy concreta, la científica, que por otra parte trata de explicar aspectos ocultos o desconocidos para el destinatario de su narración. El divulgador también debe echar mano de un elemento ficcional, a pesar de que no debe distorsionar la ciencia que cuenta. Es la traducción al lenguaje común y a los sentidos, es la recreación y la puesta en un contexto diferente para la comprensión (y el disfrute) por parte del lector.



La literatura sabe contar la misma historia una y otra vez como si fuera nueva y original. La ciencia no cuenta historias pero se nutre cada vez de nuevos e insospechados temas. No es difícil imaginar el extraordinario potencial si se recurriera con mucha más frecuencia al mestizaje entre ambas.
Esto debe ir unido a un cambio de actitud para que el divulgador aspire a convertirse en escritor y considerarse como tal. Por supuesto que ser buen escritor es difícil y exige dedicación, pero se echa de menos que en la masa de autores de blogs de ciencia haya más escritores que aspiren a un estilo más cercano al de Oliver Sacks o Stephen J. Gould. Desde luego, no recordaríamos actualmente a Carl Sagan de haberse hecho conocido por llamar “magufos” a los creyentes en ovnis, o por escribir un post que relacionara la Mancha Roja de Júpiter, el sándwich americano y el collar de María Antonieta.

En septiembre de 2016 se cumplirán 3 años desde que inicié una propuesta, un lugar de encuentro entre ciencia y escritura creativa. Un curso virtual desde donde experimentar contando la ciencia desde múltiples puntos de vista y formas literarias como, por ejemplo, una ley física mediante un sciku (la versión científica del haiku japonés),

PRIMERA LEY DE KEPLER
El planeta se desplaza,
una gran elipse es su trayectoria;
el Sol, uno de sus focos.
Paloma Marín

o conocer a Giordano Bruno en un microrrelato,       

17 de febrero de 1600, en una plaza de Roma
Desde un campo habitado por mil flores poseo una vista privilegiada del Universo, donde no son una sino mil las estrellas que lo forman y los dioses que lo rigen. Siento el calor insoportable de cada uno de esos soles ardiendo bajo mis pies en forma de leños encendidos. Que este fuego que ahora prende sirva para grabar en la mente prójima el mayor de los legados. El vasto firmamento es la única hoguera que podrá aplacarme.
Miguel Á. Martín


o reflexionar sobre el modo de pensar de la ciencia.

Elogio a la duda
“El ignorante afirma y el sabio duda”, sentenciaba Aristóteles. “¿La duda? El principio de la sabiduría”, aseveró Descartes, aunque Borges la imaginó como “uno de los nombres de la inteligencia”. “Los ignorantes niegan o afirman rotundamente”, decía Voltaire remachado por Russell al sentenciar que “los ignorantes están completamente seguros y los instruidos llenos de dudas”.
Está claro que si no hay cierto escepticismo y vacilas, el interés por aclarar la cuestión desaparece. Cuando dudas, te cuestionas. Y si cuestionas, buscas y contrastas para al final hacerte preguntas. Sin darte cuenta has comenzado a emplear el método científico.
Cristina Sopena

La totalidad de los trabajos realizados por los alumnos de la 2ª edición de 2016 se encuentran en el ebook Ciencia en la palabra (epub) (pdf).

Va siendo hora de emplear lenguajes y estilos que hagan más justicia a las historias que conforman la ciencia, “porque las historias hacen que aquello que parece aburrido y difícil, que no tiene nada que ver conmigo, sí tenga que ver conmigo.
Cuando te cuentan historias te miran a los ojos, te tienen en cuenta”.


Referencias:

D. García Bello, Estudia esto porque tiene más salida, Dimetilsulfuro, 29/05/2015, http://naukas.com/2015/05/29/estudia-mas-salida

R. Montero, Mirar las estrellas, El País Semanal, 10/07/2016, http://elpaissemanal.elpais.com/columna/mirar-las-estrellas

C. Djerassi, La historia de la obra teatral “Oxígeno”, Revista Mètode, 2011, nº 69, p. 97-102.

P. Marín, M. Á. Martín, C. Sopena, Ciencia en la palabra, Escuela de Literatura Científica Creativa [ebook], 2016.

1 comentario:

  1. Excelente artículo José. No podría coincidir más. Una cosa es la divulgación científica que, sin dudas, es fundamental y que afortunadamente es un espacio con opciones excelentes, como el de revistas prestigiosas y sitios de internet muy cuidados. Pero la divulgación científica se ocupa fundamentalmente de noticias para un público que ya tiene un claro interés por la ciencia, sin acercarse, por lo general, a la frontera del arte, un espacio enorme, donde late la cultura humana y donde la ciencia es prácticamente una extranjera, una intrusa muy de vez en cuando, como bien decís vos.
    En mi opinión personal, para que la ciencia deje estar en una vereda separada hace falta no solo divulgación científica sino también integración científica, (o mestizaje, como dice Gustavo Schwartz), integración de la ciencia con la literatura, el humor, la pintura, etc, etc. ¿Cómo lograrlo? Difícil tarea, pero para empezar, tal vez sea necesario buscar un nombre más apropiado porque coincido en que “divulgación científica” efectivamente huele a academia y espanta, más que atrae, a potenciales interesados.
    ¡Te felicito por el blog!

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