sábado, 27 de agosto de 2016

La ciencia cuenta si se cuenta la ciencia (I)

DIVULGADORES, POPULARIZADORES Y LA MADRE (FRANCIA) QUE LOS PARIÓ


¿Sirve de algo la divulgación científica?”, se pregunta Carlos Sabín que es “físico teórico, pero solo porque la poesía es más difícil y pagan menos”, como él mismo menciona en su perfil de Twitter.

Existe bastante consenso en que divulgar la ciencia contribuye a una sociedad más formada, con mayor juicio crítico y más capacidad para valorar las implicaciones de la ciencia y la tecnología actuales. No obstante, según este artículo del que Sabín se hace eco, las últimas noticias no son muy halagüeñas.

En las redes sociales hay un conflicto abierto, una “guerra fría” de difícil solución entre los que argumentan con evidencias científicas (los desenmascaradores) y los que dan crédito a posturas falaces o pseudocientíficas (los conspiranoicos), y la divulgación científica no solo no contribuye a resolverlo sino que lo vuelve más encarnizado. La interacción con el otro bando no convence, de modo que muy pocos son los que se atreven a cruzar la línea de fuego para acercarse al otro lado, y cuando se establece discusión solo sirve para que se reafirmen las posturas iniciales. Los responsables del estudio lo atribuyen a desconfianza en las instituciones, analfabetismo funcional (por ejemplo, incapacidad de comprender correctamente la información), prejuicios o a manejo de información falsa.

Esto parece confirmar una conclusión que se comenta con frecuencia: la divulgación tiene un público de personas ya iniciadas o interesadas en la ciencia, que disfruta con asiduidad de artículos, posts y libros, pero no está siendo eficaz para atraer a quien no esté previamente interesado en la ciencia ni en corregir creencias o actitudes pseudocientíficas.

La divulgación científica ha pasado por momentos críticos desde que en la Francia del siglo XIX surgió la figura del mediador entre la ciencia y el público, más como un suceso contingente que por una necesidad de alfabetización científica.


La dualidad de la popularización


La ciencia es como el Sol:
todo el mundo debe moverse cerca de ella
para sentir su calidez y su luz.
Louis Figuier, 1867

Así, de manera metafórica, el escritor y divulgador Louis Figuier expresa un credo y un proyecto: “todo el mundo” ha de estar involucrado e interesado en la ciencia. Numerosos intentos durante el siglo XIX se destinaron a alcanzar ese objetivo. Todos los medios existentes se movilizaron para “poner la ciencia al alcance de todos”. Conferencias, publicaciones, exhibiciones, museos, cine… La ciencia se adaptó a todos los gustos, bolsillos y condiciones, y se presentaba como algo práctico, útil, divertido, lúdico.

La popularización científica orientada a las masas se consideró como un raro elemento de consenso social en una época de regímenes políticos fluctuantes. De hecho, se convirtió en tema favorito de los movimientos socialistas franceses, y un aspecto importante en los trabajos de Auguste Comte, fundador del positivismo. Durante años Comte, graduado de la Escuela Politécnica, ofrecía un curso público y gratuito sobre astronomía popular, y desarrollaba su Curso de filosofía positiva como un instrumento para la educación social. Consideraba la difusión de la ciencia no solo como un deber filosófico para erradicar las concepciones teológicas y metafísicas que prosperaban, sino como una prioridad.

Por otro lado, el Instituto de Francia también pretendía extender la base social de la ciencia pero con una orientación diferente. Era la institución que tenía el poder de definir qué era ciencia legítima y excluir lo que se consideraba acientífico. Ejercía un cuasi-monopolio sobre la actividad científica y promovía su profesionalismo. Su política de apertura al público estaba centralizada en la figura de François Arago (el "Carl Sagan" decimonónico), que atraía a multitudes al anfiteatro del Observatorio con sus conferencias sobre astronomía.


De este modo, en Francia surgió desde el principio una ambigüedad fundamental sobre el concepto de difusión de la ciencia. La popularización científica se convirtió en un territorio ocupado por dos tipos de profesionales: por un lado científicos de la Academia; por el otro editores, periodistas y escritores.


Auguste Comte

 
François Arago



















Estos dos tipos de popularizadores solían estar en desacuerdo sobre la naturaleza de su tarea. Para los primeros consistía en propagar noticias de la esfera científica al público, difundiendo información y trasladando mensajes. Para los segundos, militantes de la ciencia popular, el objetivo era promover una cultura de la ciencia a todos los niveles de la sociedad, de modo que todo el mundo tuviera acceso a la mayoría de los avances del conocimiento y pudieran practicar investigación amateur.

Esta concepción democrática era criticada en muchos casos por la ciencia “oficial”. Comte, como pionero de la lucha antiacadémica, atacó abiertamente la ciencia practicada en la Escuela Politécnica y en el mundo académico. Según Comte, estos reputados establecimientos degeneraban las mentes por un exceso de especialización y un culto al análisis y al lenguaje críptico.

Sin embargo, este antiacademicismo no era una postura personal, y se volvió más virulento en el ámbito de la Medicina. El médico y fisiólogo François-Vincent Raspail, pionero de la teoría celular y autor de dos obras de divulgación que anticipaban la teoría microbiana, acusaba a las facultades de medicina de ser instituciones anacrónicas encerradas en sí mismas y con prácticas arcaicas. Tan interesado en las cuestiones sociales como en la ciencia, orientó su labor médica hacia las clases populares, las más castigadas por la enfermedad, como un medio de emancipación social de las masas.

También el astrónomo y popularizador Camille Flammarion denunciaba el arribismo de los científicos que acumulaban títulos y honores, explotando el trabajo de otros en aras del prestigio más que del progreso de la humanidad. Flammarion empleó una estrategia más simple y quizá más hábil que Raspail. De forma atrevida, invirtió la idea de que las ciencias progresaran necesariamente para volverse más especializadas y matemáticas, y afirmaba que cuanto más progresa la astronomía, más popular se vuelve:

Abandona el ámbito de las cifras y cobra vida. Nos llena de asombro ver el espectáculo de los cielos transfigurado. La ciencia de las estrellas deja de ser el confidente secreto de un pequeño número de expertos; penetra la mente de todos, ilumina la naturaleza.

Combinando la seducción con la contestación, Flammarion presentó la astronomía popular como la etapa definitiva del progreso, y haría lo posible para evitar que científicos anticuados lo desfiguraran con alambre de púas matemático.

Camille Flammarion
Así, el autor de ciencia popular abandonó la humilde posición de traductor o mediador entre científicos y público, para convertirse en pionero de una nueva racionalidad. ¿Era simplemente una fórmula retórica, un modo algo ingenuo de legitimar su actividad? Sea como fuere, Flammarion hizo todo lo posible para poner en práctica sus ideas. Con la construcción del Observatorio de Juvisy mediante lo que hoy llamaríamos crowdfunding, permitió de manera efectiva a los aficionados practicar astronomía fuera de las instituciones oficiales. Se constituyó así una red paralela a la de la ciencia académica, convertida más adelante en internacional con la apertura de numerosos observatorios Flammarion por todo el mundo.

Observatorio de Juvisy
Telescopio del Observatorio de Juvisy





























Por lo tanto la popularización de la ciencia, en plena expansión durante el siglo XIX, oscilaba entre dos funciones: ser portavoz de la ciencia “oficial” y a la vez ser su rival. Aunque ambos tipos de popularizadores compartían ciertas convicciones y tenían puntos de encuentro, la existencia de esta dualidad era patente.


La academia pone las cosas en su sitio


Se hacía necesario despojar de toda legitimidad las prácticas científicas de los aficionados para reservar el monopolio de la palabra científica a miembros diplomados de una institución científica reconocida. Con esta intención, al inicio del siglo XX comienza a imponerse un término de connotaciones claramente peyorativas que sustituiría al de popularización. El vocablo vulgarización mata dos pájaros de un tiro: desacredita a los defensores de la “ciencia popular” y declara al público como una masa amorfa e ignorante que recibe pasivamente la “buena nueva”. La alusión al Evangelio no es fortuita. La reminiscencia a la Vulgata de San Jerónimo, la traducción de la Biblia al latín ampliamente difundida, resulta clara.

En España era también usual el término vulgarización a principios del siglo XX,
que fue sustituido paulatinamente por el actual vocablo divulgación.

Es justamente esta referencia a la Vulgata la que dota de una misión definida a la vulgarización: la traducción al lenguaje común para propagar su mensaje. Una misión como servidor y no como rival de la palabra científica.

Pero los militantes de la popularización no tienen intención de convertirse en humildes traductores del discurso de los sabios, sino rivalizar con la ciencia académica. La ciencia popular no tiene por qué ser “el eco del mundo erudito”; más bien, se presenta como una ciencia alternativa, libre porque carece de la ortodoxia de la ciencia oficial.
En cambio, la vulgarización invita al público a “consumir” la ciencia en forma de revistas, libros o exhibiciones, y no a practicarla. De modo que este público debe ser atraído, seducido y fidelizado mediante múltiples estrategias que se apoyan sobre lo maravilloso, lo espectacular y lo lúdico.

Tras el fin de la Primera Guerra Mundial, la vulgarización se convirtió en una actividad profesional cuyo objetivo era exaltar las proezas de la ciencia más que esclarecerlas. La American Chemical Society, por ejemplo, se preocupaba en corregir la imagen de muerte asociada a la Química por la utilización de gases durante la guerra. La alianza entre periodistas y científicos se traduce en múltiples campañas destinadas a restaurar la confianza del público en la ciencia.

Las exposiciones en la década de 1930 dirigen un mensaje que forjará un cliché bien anclado: el progreso no se detiene. Testimonio de ello es el eslogan de la Exposición de Chicago de 1933: Science finds, Industry applies, Man adapts” (la ciencia descubre, la industria aplica y el hombre se adapta).

El público del siglo XX supuestamente no solo es pasivo y “carente de ciencia”, es además privado de emitir juicios sobre la actividad científica. Vive en otra esfera, otro mundo, el mundo de la opinión que obstaculiza a la ciencia.

Esta idea de ruptura sitúa a la mayoría de la población en el régimen de creencia, de lo irracional, mientras que la ciencia se torna cada vez más distante y lejana. El profano, privado de su facultad de juzgar en materia de ciencia, se ve condenado a vivir bajo la tutela de expertos y a no pensar por sí mismo. La vulgarización destierra el ideal del público ilustrado que caracterizaba el Siglo de las Luces.

Esta es la historia del conflicto entre popularizadores y académicos que se ha traducido, hasta la actualidad, en posturas encontradas entre ciencia y público.

(continúa en parte II)


Referencias:

C. Sabín, ¿Sirve de algo la divulgación científica? Investigación y Ciencia – SciLogs, 08/04/2016, http://www.investigacionyciencia.es/blogs/fisica-y-quimica/85/posts/sirve-de-algo-la-divulgacin-cientfica-14110

F. Zollo, A. Bessi, M. del Vicario, A. Scala, G. Calderelli, L. Shekhtman, S. Havlin, W. Quattrociocchi. Debunking in a World of Tribes. arXiv preprint arXiv:1510.04267, 2015.


B. Bensaude-Vincent, L. Libbrecht, A public for science. The rapid growth of popularization in nineteenth century France, Réseaux, 1995, vol. 3, nº 1, p. 75-92.

B. Bensaude-Vincent, Splendeur et décadence de la vulgarisation scientifique, Questions de communication, 2010, nº 17, p. 19-32. http://questionsdecommunication.revues.org/368

3 comentarios:

  1. Hola, José Antonio. Me ha gustado el artículo,es muy interesante. Pero solo una pequeña reflexión q me ha surgido: hoy en día, a diferencia de lo q ocurría en el s.XIX, "el gran público", es decir, la sociedad, al menos una buena parte e ella (aunque es cierto q cada vez menos, con la políticas de un govierno q no hace otra cosa q privatizar la universidad...), tiene acceso a la educación y la opción de poder acceder a la ciencia, no sólo a recibir informaciones al respeto. Por lo tanto, hoy en día no creo q se pueda culpar a la sociedad científica de querer mantenerse al margen o de querer ser el club de unos pocos elegidos. Hoy en día, creo q deberíamos buscar otros culpables...
    Un saludo.

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    1. Hola, Laura, muchas gracias por tu comentario. Estoy de acuerdo contigo en que actualmente la sociedad tiene mayor responsabilidad en cuanto a mostrar interés y un papel más activo en el acceso a la ciencia. Uno de los estereotipos que se mantienen es la consideración del conocimiento científico como "saber elitista" solo apto para iniciados. Por ello, los ciudadanos siguen sin representarse la ciencia como una manifestación más de la cultura.

      Sin embargo, el juego de "élites" hoy en día es más complejo que, simplemente, pensar en una comunidad científica encerrada en su jaula de oro. Echa un vistazo, por ejemplo, al artículo "La élite de las dos culturas" de Deborah García Bello:
      http://culturacientifica.com/2016/11/18/la-elite-las-dos-culturas/

      Un saludo.

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  2. Si, estoy de acuerdo contingo. Justamente hace nada he empezado a "trabajar" en un artículo sobre "ciencias y letras" (de momento solo he mirado un poco lo que había sobre el tema y he leído el ensayo "the two cultures" de cp snow), porque precisamente la ciencia sigue sin considerarse cultura. Es un tema del que se podría habalar mucho (y del que debe hablarse mucho, creo). Así que muchas gracias por el enlace.

    Saludos.

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