miércoles, 30 de marzo de 2016

Rachel Carson - El sentido del asombro

Una científica que tenía que pasar forzosamente por esta sección de Escritura científica creativa es, a mi parecer, Rachel Carson (1907 - 1964). Su activismo y su bella prosa pusieron la nota de atención sobre la influencia medioambiental de la actividad humana. Aunque su obra más conocida e influyente es Primavera silenciosa (1962), hoy me detendré en uno de sus libros menos conocidos, El sentido del asombro (1965), publicado póstumamente.

El libro contiene reflexiones y experiencias mientras cuidaba a su sobrino Roger, partiendo de lo que ella más amaba para entretener al pequeño: los bosques y el mar de Maine.


Una tormentosa noche de otoño cuando mi sobrino Roger tenía unos veinte meses le envolví con una manta y lo llevé a la playa en la oscuridad lluviosa. Allí fuera, justo a la orilla de lo que no podíamos ver, donde enormes olas tronaban, tenuemente percibimos vagas formas blancas que resonaban y gritaban y nos arrojaban puñados de espuma. Reímos juntos de pura alegría. Él, un bebé conociendo por primera vez el salvaje tumulto del océano. Yo, con la sal de la mitad de mi vida de amor al mar.

Cuando Roger me ha visitado en Maine y hemos paseado por esos bosques no he hecho el menor esfuerzo consciente en nombrar plantas o animales ni en explicárselas […]. Más tarde me ha sorprendido cómo permanecen en su memoria cuando le enseño diapositivas […]. Estoy segura de que ninguna instrucción podría haber inculcado los nombres tan firmemente como tan sólo yendo por el bosque con la camaradería de dos amigos […]. De la misma manera, Roger aprendió sobre las conchas en mi pequeño triángulo de arena que bien podría pasar por playa […]. Cuando tenía sólo un año y medio, las llamaba igardos (bígaros), ichinos (buccinos), ojijones (mejillones) sin saber cómo sucedió, puesto que nunca traté de enseñárselas.


El mundo de los niños es fresco y nuevo, lleno de asombro y emoción. Es una lástima que para la mayoría de nosotros esa mirada clara, que es un verdadero instinto para lo que es bello y que inspira admiración, se debilite e incluso se pierda antes de hacernos adultos […]. Si yo tuviera influencia sobre el hada madrina, aquella que se supone preside el nacimiento de los niños, le pediría que le concediera a cada niño de este mundo el don del sentido del asombro tan indestructible que le durara toda la vida, como un inagotable antídoto contra el aburrimiento, el desencanto de años posteriores y la estéril preocupación de problemas artificiales.


Fuente:  Rachel Carson, El sentido del asombro, Ediciones Encuentro, 2012.

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