viernes, 29 de enero de 2016

Cuando Einstein bajó a la caverna


En este mundo hay dos tiempos. Un tiempo mecánico y un tiempo corporal. El primero es tan rígido y metálico como un pesado péndulo de hierro que va y vuelve, va y vuelve, va y vuelve. El segundo gira y se ondula como un pez azul en una bahía. El primero es inflexible y predeterminado. El segundo elige el futuro a medida que transcurre.

"Sueños de Einstein", Alan Lightman.


 En los Alpes Marítimos, a unos 2.000 metros de altitud, existe una extensa red de galerías bajo el macizo del Monte Marguareis. En esta región, Michel Siffre comenzó a practicar la espeleología desde que era adolescente. En 1962, con 23 años, decidió estudiar un glaciar que su equipo había descubierto el año anterior en la gruta Scarasson, a 130 metros de profundidad.

Michel Siffre en su campamento de la gruta Scarasson.

 Aprovechando la estancia en la cueva, piensa realizar un experimento que arrojará luz sobre una ciencia emergente. La cronobiología, dedicada a la investigación de los ritmos biológicos, se encontraba en pleno desarrollo por su interés para los viajes espaciales. Michel decide finalmente pasar dos meses en la profunda sima para estudiar su ritmo vigilia-sueño en total aislamiento del exterior. Él mismo no se explica cómo se le pudo ocurrir algo semejante. Nadie hasta entonces había podido resistir más de unos pocos días, dos semanas en el mejor de los casos, en una cámara de aislamiento sin sufrir síntomas de depresión profunda y obligando a suspender la prueba. Sin embargo, pensaba que si el experimento tenía éxito, constituiría una gran aportación a este campo.

 La experiencia debía ser tan fiable como una diseñada por la NASA, pero preparada con el presupuesto y los medios a su alcance. El 17 de julio de 1962 entregó su reloj de pulsera e inició el descenso. Sin referencia temporal del exterior, su única comunicación con la superficie la realiza a través de un teléfono. Michel hará una llamada cada vez que se despierte, cuando coma y cuando se acueste, indicando cada vez la hora que él estima que puede ser. Al llegar al fondo, monta su tienda de campaña y su saco de dormir. La temperatura es de -0,5ºC y reina una humedad del 98%. Una vez instalado establece su primera comunicación:
- Aquí el fondo, aquí Michel.
- Aquí la superficie. Son las diez de la noche. Operación Tiempo en marcha.
  Tras una sola noche en la gruta, ya se encontraba desorientado. La humedad lo empapaba todo. Al tomarse la temperatura la lectura era de 34ºC, por lo que pensó que el termómetro estaba estropeado, cuando en realidad funcionaba perfectamente. Aunque dispone de un pequeño hornillo de gas, no se atreve a mantenerlo encendido mientras duerme por temor a intoxicarse con monóxido de carbono.
Todo a mi alrededor estaba absolutamente inmóvil. Lo único que se movía era el tiempo. Tiempo que intentaba medir cada día, sabiendo que fracasaba.
 Sus horas de sueño eran los únicos momentos de placer. En la absoluta oscuridad, tardaba unos minutos en darse cuenta que estaba realmente despierto. Encendía la linterna y giraba la manivela del teléfono. Su memoria le traiciona. Apenas puede recordar lo que había hecho un instante antes. Disponía de un pequeño tocadiscos, llegando a poner el mismo disco hasta diez veces. Trata de estimar el tiempo a través de sus sensaciones, según se sintiera cansado o hambriento, aunque sabe que entra en conflicto con su percepción.
La noche subterránea no es la noche cósmica. La opacidad es absoluta y aplastante. En este mundo de vacío sólo subsiste una cosa: mi pensamiento. ¿Permanecerá indefinidamente en esta nada?
 Finalmente, el experimento concluyó. Era 14 de septiembre. Llaman a Michel para comunicarle la noticia y éste no puede creerlo. Cree que desde la superficie le están gastando una broma, e incluso se irrita pensando que le están mintiendo para obligarlo a salir. Michel, según sus cálculos, piensa que es 20 de agosto. Su tiempo psicológico se ha desfasado nada menos que 25 días con respecto al calendario. ¿Cómo es posible? En unas circunstancias tan extremas, sería lógico pensar que el tiempo debía hacérsele sumamente largo.

Rescate de Michel Siffre tras finalizar el experimento.

 Sin embargo, cuando Michel cree que le resta casi otro mes de permanencia en la gruta, ya era el momento de salir. El tiempo real transcurría dos veces más deprisa del que Michel percibía. Su mente
parecía haberse insensibilizado por la monotonía de la vida subterránea y el descenso de la temperatura corporal. En su percepción, los días no habían durado más de 15 horas. Tras dos semanas en la gruta su organismo ya estaba completamente desincronizado. Tomaba el desayuno cuando eran las 7 de la tarde y se acostaba a última hora de la mañana.

 Su organismo, en absoluto aislamiento del ciclo de luz y oscuridad, se había comportado como un reloj de gran precisión, pero marcando una duración del día de unas 24 horas y 30 minutos. Esto significaba que en cada jornada el reloj interno de Michel se desfasaba media hora con respecto al horario en la superficie. Así, tras los dos meses de permanencia el desfase había logrado acumular 25 días. Este reloj biológico con su propio ritmo de 24 horas y media es el encargado de regular los ciclos del organismo con la alternancia de vigilia y sueño. Un tiempo variable en nuestro interior que transcurre a su propio ritmo, con independencia del marcado por los relojes.


Fuente: El gato y la pregunta

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