miércoles, 4 de junio de 2014

El afinador de arena

Siempre me he preguntado la razón por la que el taller de un artesano suele estar, normalmente, en algún lugar recóndito. Nada de amplios locales, a nivel de la calle y con abundante luz natural. Un sótano semiescondido con entrada dificultosa parece ser lo ideal. Seguramente, esta tendencia por los lugares ocultos sea compartida por el hermetismo de los antiguos alquimistas, celosos custodios de los secretos de la materia y de su transmutación. Alfredo, el luthier, cumplía a rajatabla esta condición. En su claustrofóbica factoría se ponían en práctica técnicas ancestrales para arrancar de la materia la más sutil de sus capacidades: la producción de sonido armónico.



No era necesario internarse demasiado desde el umbral de la entrada para abarcar, en su totalidad, la cacofonía visual de aquel taller: listones, plantillas, esqueletos de violines, arcos y cuerdas forraban completamente las paredes. Poseía un microclima que era todo un desafío para el olfato. La distancia de unos pocos pasos podía suponer la diferencia entre la áspera volatilidad de los barnices y las aromáticas virutas de la madera de arce.

En un privilegiado rincón de la mesa de trabajo, habitado por gubias, punzones y sargentos, estaba lo que Alfredo llamaba “el área de afinación”, una singular estructura que sujetaba en horizontal y con las cuerdas hacia abajo el instrumento que se deseaba afinar. Cuando alguno pasaba por esta fase, mi visita al taller era obligada. No quería perderme detalle de ese enigmático proceso que comenzaba cuando Alfredo vertía un puñado de fina arena de sílice sobre la tapa posterior del violín. A continuación, tomaba un arco con el que frotaba cada una de las cuerdas para producir, literalmente, la radiografía sonora del instrumento. La arena se reordenaba de manera única ante cada vibración de las notas.

Si sonaba un La, por ejemplo, los diminutos granos se distribuían formando dos diagonales temblorosas. En el caso de que la nota fuera Fa, aparecían cuatro nítidos círculos, separados entre sí por dos líneas perpendiculares. Pero mi preferida era la figura que provocaba en la arena el Si bemol: una estrella de ocho puntas encerrada en un cuadrado.


Figuras de Chladni. Seis patrones de ordenamiento de la arena 
sobre una placa metálica, bajo distintas frecuencias de vibración.


Los años pasaron y la lejanía impuesta por las circunstancias me impidió seguir frecuentando el taller, y disfrutar en más ocasiones de la mágica danza de la arena. Finalmente, pude encontrar la oportunidad de volver a visitar a Alfredo, desgraciadamente ya en su última morada. Era justo que ofreciera un último homenaje a aquel luthier de manos callosas y hábiles que llenó de fascinación parte de mi adolescencia. Tras encontrar la lápida que guardaba sus restos, extraje de mi bolsillo un pequeño saquito que desanudé para derramar su contenido: finos granos de arena de sílice bailotearon sobre la oscura superficie marmórea mientras rellenaban las letras grabadas en la piedra, buscando cobijo en el nombre del artesano.
 

Años maravillosos


Exactamente 300 años son los que separan destacables momentos de dos conocidas figuras; una del mundo de las letras, del ámbito de la ciencia la otra. En 1605 Miguel de Cervantes publica la primera edición de El Ingenioso Hidalgo don Quijote de la Mancha, y en el “annus mirabilis” de 1905 Albert Einstein saca a la luz una memorable serie de artículos entre los que se encuentran el dedicado al efecto fotoeléctrico y el que desarrolla la teoría de la relatividad especial.
Pero se ve que le cogieron gusto a esto de distanciarse tres centurias, pues volvieron a repetir la treta. Mientras la segunda parte de don Quijote de la Mancha veía la luz en 1615, la teoría general de la relatividad era presentada por el físico alemán en 1915. Y digo “mientras” porque, parafraseando el tango relativista de Carlos Gardel, podemos decir que “300 años no es nada”. Permitamos, pues, este salto temporal e imaginemos cómo sería un encuentro entre los autores de tan universales obras, en la lengua y en la época de Cervantes:


Albert Einstein en 1935
Supuesto retrato de Miguel de Cervantes. Año 1600




















CERVANTES.- Y dígame vuesa merced, ¿tan errado estaba ese maese Newton, que bien se asemeja con el pastor Grisóstomo por su sapiencia de las estrellas?

EINSTEIN.- ¡De parte a parte, don Miguel! Y gran congoja me produjo en el alma darme cuenta desto, que el bachiller don Isaac bien que estudió los cuerpos, tanto los de esta tierra como los de los cielos, y buena cuenta dio de todas las ciencias que fuera menester.

CERV.- A fe que si otro hubiera sido, yo mesmo daría por cierto que erais vos quien erraba, pues vuestras relatividades sí que parecían asunto de encantamiento, o fábulas para los pobres en erudición y doctrina.

EINS.- Hágome cargo, mi buen amigo, de vuestra pesadumbre, pero heme aquí que con gentil donaire me dispuse a poner orden en aquel entuerto, donde lo más enojoso que presentóseme fue la cuestión del tiempo.

CERV.- Pues más pasmado que temeroso quedeme ante tal desatino, que ya me figuraba el tiempo como barro de alfarero para ser moldeado como a uno le plazca.

EINS.- Que no os pese este hecho, pues el tiempo sólo muestra estas caprichosas andanzas cuando quien las experimenta se mueve con gran celeridad.

CERV.- ¿Estáis acaso diciéndome que los presurosos y los que de nervio tienen hecho el cuerpo, pueden sacar más provechosa industria? Mire vuesa merced que las prisas traen mucho desconcierto y poco acierto.

EINS.- No me refería a eso. La celeridad de la que hablo sólo puede compararse al movimiento de una centella. Ni la montura de vuestro célebre hidalgo se acercaría, a pleno galope, a la rapidez necesaria. Haría falta que don Quijote picara espuelas sobre otro tipo de rocín que, si me permitís bautizarlo, debiéramos llamar fotín. (1)

CERV.- ¿De qué jamelgo prodigioso me habláis, del que no he oído ni en todos los libros de caballería?

EINS.- A decir verdad, resulta de lo más esquivo. Pero las maravillas que se le atribuyen son incontables. Al emprender viaje con él, el tiempo discurre con lentitud pasmosa aunque nada hágalo sospechar. De aquesta guisa, podría ver envejecer a propios y extraños mientras mantiene vuesa merced su lozanía. ¡Un viaje en el tiempo, querido don Miguel!

CERV.- ¡Cuánto de mi agrado sería retornar al pasado a lomos de ese fotín! Me ocuparía en deshacer los gazapos en los que hice aventurarse a don Quijote. Recuerdo una vez, ante el inminente gobierno de la ínsula, después de que Sancho escribiera una carta a su mujer un veinte de julio, híceles retroceder a caballero y escudero a la víspera de San Juan, entrando en Barcelona.

EINS.- En realidad, ese gazapo no precisa enmienda. Permita usted que don Quijote viaje en el tiempo, si ello es menester para las aventuras que reclamen su gallarda atención. Ya que la ciencia determina la relatividad del tiempo, dejemos que don Quijote cambie rocín por fotín cuando le sea preciso.

CERV.- ¡Vuesa merced es un ladino! No seré yo quien niegue a don Quijote este beneficio por obra de vuestras relatividades, pero no bastará para domeñar otros deslices. ¿Cómo arreglaréis el entuerto según el cual, tras robarle Ginés de Pasamonte a Sancho su asno, reaparezca el jumento sin explicación como si de asunto de brujería se tratara?

EINS.- Tengo explicación para ello sin recurrir a brujería, y ahora mesmo os daré cuenta. Otro de los hallazgos de la moderna ciencia, que se ha dado en bautizar como cuantos, asevera que estos diminutos malandrines pueden desaparecer de un lugar para surgir en otro sin tener que atravesar el camino que los une. ¿Os imagináis que don Quijote no tuviese que vagar por peligrosas sendas entre entuerto y entuerto?

CERV.- Esto es más de lo que el magín me permite concebir. ¿Cómo puede albergar tanta maravilla algo tan minúsculo? Podría jurar que lo que contáis no son sino fantasías y leyendas.
EINS.- Así les parecía a los sabios, que no dejaban de frotarse los ojos ante tal desconcierto. Os aseguro, don Miguel, que es veraz todo cuanto os digo.

CERV.- Vaya por delante que os creo, don Alberto, aunque me sorprenda en grado sumo. ¿No tendréis más cuantos de esos para salir airoso de todos los gazapos que os presente?

EINS.- Pues aún habéis de descubrir más hechos asombrosos sobre los cuantos, y que explicarían otras aventuras del caballero andante. Cuando don Quijote veía los ejércitos de Alifanfarón y Pentapolín en combate, donde Sancho sólo vislumbraba rebaños de ovejas, o el yelmo de Mambrino como una vulgar bacía de barbero, no tenía por qué deberse a locura o encantamiento.

CERV.- ¡No es posible! ¿Cómo pretende la ciencia dar razón a lo que sólo puede ser fruto de un ingenioso pero delirante hidalgo?

EINS.- Delirante es, sin duda, lo que os expongo. Y no os reprocharé que os mostréis incrédulo, si no lo estabais hasta ahora. Que al ir a averiguar qué suerte de misterio eran estos cuantos, hiciéronlos pasar por dos ranuras para determinar por cuál dellas pasaban. Y resulta que pasaban por las dos a la vez cuando los sabios no estaban vigilantes, y por una sola dellas cuando no quitábanles ojo de encima. Así que bien podían tener un aspecto cuando miraba don Quijote, y presentar otro ante los ojos de su fiel escudero.

CERV.- ¡Lo vuestro es serio, estimado don Alberto! No os ha bastado poner patas arriba toda la filosofía natural, que habéis creado un caballero andante relativista y cuántico. Y usando los argumentos de la ciencia de los cuantos, ¿no prueba esto, en el fondo, que don Quijote estaba loco y cuerdo a la vez?

EINS.- Querido amigo, en realidad conocéis más de la ciencia de lo que vos mesmo imagináis. Ni la paradoja del gato de Schrödinger tiene secretos para vuesa merced.

CERV.- A fe que no he oído hablar del felino de ese buen hombre que mencionáis, que sólo viene a mi mente la desigual batalla de don Quijote con aquel gato, que se le asió con uñas y dientes al rostro y a las narices, dejándole acribado el primero y no muy sanas las segundas. Y a todo esto, ¿no me estaréis dando gato por liebre con todo lo que me contáis?

EINS.- Tened por bueno todo lo que os he dicho, don Miguel, que aunque la ciencia tenga un nombre del que muchos no quieran acordarse, intenta desentrañar los misterios del mundo, dejarnos su filosofía en herencia, y mejorar la vida del ciudadano de a pie. ¿No podría afirmarse que la ciencia también profesa la caballería andante, aventurándose por lugares desconocidos y desfaciendo cuanto entuerto le salga al camino?

CERV.- Muy cierto es, que si adarga y rocín tenía don Quijote, no son menos el conocimiento y la curiosidad para tal empresa. ¿Y no sería menester que alguien tomara la pluma para contar las andanzas de esta clase de caballería, y así fueran conocidas por todo el vulgo?

EINS.- En efecto, la ciencia divulgada, como se ha dado en llamar, aún tiene camino por recorrer. Los cronistas que della escriben no son más que escuderos a los ojos de algunos caballeros filósofos.

CERV.- Que no os ofenda tal consideración. Justicia les hacen llamándoles escuderos, pues no era otro que el buen Sancho quien debía sacar cordura y entendimiento de la tortuosa cabeza de su señor. Escuderos de clara pluma deben de ser para que leyéndolos, no padezca el vulgo la pérdida de juicio ante las incomprensibles jergas de los filósofos, como aconteciera a don Quijote con los intrincados libros de caballería. ¿Prometéis que estos cronistas velarán por el buen juicio de sus convecinos?

EINS.- Os prometo que se hará lo mejor que se pueda. A los cronistas del vulgo les aguarda, en estos tiempos modernos, singular batalla con los pseudocaballeros y demás gente de baja estofa.

CERV.- A buen seguro que pluma y metáfora en ristre, harán honor a sus armas. Ea, pues. Hasta más ver, don Alberto.

EINS.- Hasta más ver, don Miguel.
———————————————————-
(1) Versión cervantina del cuanto de luz o fotón.