domingo, 26 de octubre de 2014

Historias de cronopios y espingorcios

Una ocurrencia, sin más, para unir en el papel y en el recuerdo a dos autores que crearon, en diferentes circunstancias, aventuras protagonizadas por unos entrañables seres. Julio Cortázar los vio por primera vez en 1952 en el entreacto de un concierto de Stravinski, cuando en su localidad de paraíso en el Teatro de los Campos Elíseos, sintió la presencia de unos personajes muy cómicos y de color verde llamados cronopios. Miguel de Guzmán conoció a los espingorcios durante el verano de 1980, mientras revisaba las pruebas de un libro de matemáticas, y cuyas historias fue relatando a sus hijos noche tras noche.

Y para que esta mezcla cumpla los cánones del surrealismo, he reunido a ambos personajes por primera vez para, además, ponerlos a hablar sobre cosas de ciencia. Cierto, miscelánea extraña donde las haya. Mea culpa

Con mi admiración y respeto hacia ambos creadores, visionarios e innovadores.




AMISTAD HOMEOPÁTICA

Un cronopio, verde y húmedo, acude a la consulta de un espingorcio, sapientísimo galeno. El paciente le cuenta que siente sus espinguillos decaídos, y que por la noche sufre pesadillas con terribles engendrigorcios.
El médico, que era moreno y rubio según como se le mirase, le receta una gota al día de placeborcio bobalicum, un remedio de su invención con la peculiaridad de que mayor efecto produce cuanto más diluido se tome. El cronopio se marcha sorprendido, pero al llegar a su casa echa una gota del remedio en el agua de la bañera, de la que toma un trago. Intranquilo, porque no le parece bastante diluido, lanza una gota en el agua de la piscina y toma un trago de esta. Siente que no surte el efecto deseado y tiene una mejor idea. Su vecino fama tiene una piscina enorme, que más que enorme es espectaculorcia. Y el cronopio le habla al fama del remedio, que le cede el honor de añadir la gota a su piscina. Desde ese día, se reúnen para charlar y tomar tragos de la piscina, haciéndose grandes amigos.
Cuando el remedio se agota, el cronopio acude a por más pero descubre que el espingorcio ha abandonado su consulta. Le cuentan que se lo llevó la policía. Quizá –piensa el cronopio- lo escoltarían a otra ciudad donde necesitaban el remedio con urgencia.
Decepcionado, el cronopio frecuenta cada vez menos la mansión del fama. Lamentablemente, el cronopio no sospecha que a medida que la amistad se diluye, no se hace más fuerte.



¿DE DÓNDE VENDRÉ?

Una mañana, tras levantarse del camastrorcio y estirar sus pirralcos, un cronopio se preguntó a sí mismo:
- ¿De dónde vendré? ¿Cómo apareció el primer cronopio en la tierra de los Carpecios?
Inquieto por la cuestión, fue a visitar a su amigo espingorcio, director del Museo de Cronopiología.
Hay varias teorías –respondió el director-. Al principio se creía que os había creado Cronos, el dios del tiempo. Después apareció la evolución, un largo y lento proceso que partió de primitivos globulillos hasta los cronopios actuales.
El cronopio dio un respingorcio e interrumpió. –Entonces, si la evolución continúa, ¿nos acabaremos convirtiendo en famas?
Me temo que la evolución no funciona así –contestó el espingorcio-. De todas formas, la teoría que cuenta con más aceptación dice que los cronopios aparecieron en este mundo en el intermedio de un concierto de Stravinski.
Al salir del museo, el cronopio corrió hacia una tienda de discos y compró uno del insigne compositor. Escucharlo le hará sentirse más cerca de sus orígenes.



EL OBSERVADOR

Ayer el cronopio se sentía onda.
- ¡Rotímpanos! –exclamó. Estaba disperso y desubicado, aunque este estado tiene sus ventajas. Consiguió entrar a la vez en el baño y en la cocina, para asearse y prepararse la comida simultáneamente. Terminó de barrer el salón y limpiar los cristales mientras tendía la ropa y tomaba un té.
Hoy el cronopio se siente partícula. - ¡Remoñobrón! –gruñó. Está más centrado pero no da abasto en las tareas domésticas. Si está en la cocina no puede limpiar su habitación; si barre el suelo no puede sentarse a comer. Mientras el cronopio se pregunta por qué hoy no se siente onda, un espingorcio indiscreto y de concorcios saltones sigue todos sus movimientos desde una ranura de su ventana.



RELATIVIDAD ALCAUCIL

Un cronopio leyó que el tiempo no transcurre siempre al mismo ritmo. Resulta que si nos movemos muy deprisa, el paso del tiempo se vuelve más lento.
Al cronopio no le gustaba la idea de tener que desplazarse a la velocidad del rayo para envejecer más despacio, así que inventó el reloj-alcachofa o alcaucil, que de una y otra manera puede y debe decirse.
El alcaucil marca la hora presente y todas las horas futuras con sus innumerables hojas. El cronopio saca cada vez una hoja que siempre da la hora justa, completando al día una vuelta de hojas. Si Foucault hubiera sido cronopio, habría colgado en el Panteón de París una alcachofa, no un péndulo.
Al sacar la última hoja y llegar al corazón, el tiempo se detiene. El cronopio se mantiene joven indefinidamente mientras se lo come con aceite, vinagre y sal. Pero la tentación de medir el tiempo es demasiado fuerte, y pone un nuevo reloj-alcaucil en el agujero de la pared.

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