viernes, 26 de octubre de 2007

La paciencia: transformadora del mundo


Existen varias definiciones que pueden aplicarse al término paciencia. Podríamos considerarla como la capacidad para soportar con resignación desgracias o infortunios. También podría aplicarse a la calma para realizar trabajos minuciosos o de mucho detalle, o a la persona con lentitud excesiva. Sin embargo, me quedaré con otra acepción de la palabra: tranquilidad para esperar.
En realidad, su origen viene del latín patior, páteris que significa padecer. De aquí que, en medicina, se denomine al enfermo (al que padece) como paciente.
Volviendo al significado de paciencia como "tranquilidad para esperar", me hice la siguiente pregunta: ¿cuánto hubo que esperar para que el mundo donde vivimos tuviera su aspecto actual? ¿Cuánto tiempo pensamos que fue necesario desde la formación de nuestro planeta hasta la aparición de la especie humana?
En el siglo XVII era comunmente aceptado que la Tierra tenía una antigüedad de uns 6000 años, a raíz de que el arzobispo irlandés James Ussher realizara un cálculo basado en la Biblia. Afirmó que el momento de la Creación tuvo lugar el 23 de octubre del 4004 a.C. Por esa misma época, el naturalista francés Georges Buffon trató de estimar la edad del planeta calculando el tiempo que tardaba en enfriarse una esfera caliente, trasladando el resultado a la Tierra desde su formación como una masa incandescente. La cifra se elevó hasta los 75000 años.
Fue el geólogo Charles Lyell al observar cómo, por ejemplo, terrenos que hoy estaban a 1000 metros de altitud, antiguamente se encontraban en el fondo del océano debido a los fosiles de conchas marinas hallados en ellos, se planteó que el relieve de la Tierra no sólo había experimentado grandes cambios desde su creación, sino que eran necesarios lapsos de tiempo mucho más largos para que estos cambios sucedieran. Para Lyell, las mismas modificaciones inapreciables que se dan en la actualidad, habían formado montañas donde antes había llanuras, y habían emergido tierras que antes estaban sumergidas.
Con el estudio de las rocas y los fosiles que contenían, Lyell estimó que la edad de la Tierra era de unos 600 millones de años.
Pero las cosas volverían a cambiar con el descubrimiento de la radiactividad. Los elementos radiactivos se convirtieron en herramientas muy eficaces para fechar la antigüedad de las rocas. Hubo que esperar hasta 1953 para que el geoquímico Clair Patterson pensara en analizar de esta manera los meteoritos caídos a la Tierra, al considerarlos material sobrante de la formación del sistema solar. Cuando Patterson obtuvo los primeros resultados, se puso tan nervioso que se dirigió al hospital por si estaba sufriendo un ataque al corazón: 4550 millones de años.
Finalmente, se situaba la edad de la Tierra en el lugar correcto, y se tenía testimonio del principal ingrediente para formar montañas y valles, o para separar continentes: la paciencia para que cambios imperceptibles logren acumular resultados apreciables. Si tenemos mucho tiempo disponible y se desea presenciar cómo se moldea nuestro mundo, sólo hemos de sentarnos y observar, eso sí, armados de mucha paciencia.

martes, 16 de octubre de 2007

La frontera infinita













En ocasiones, conseguimos que la fortuna nos roce con su velo sutil y encontramos un auténtico tesoro en forma de persona que se cruza en nuestro camino. Una persona que, poco a poco, va formando parte indisoluble de ti, con quien "lo mío" va dando paso a "lo nuestro". Un alma gemela con quien logras construir una nueva dimensión, donde todas las cosas cobran sentido entre ambos y donde las ilusiones e inquietudes se enriquecen al ser compartidas.
Un mundo en ciernes que adquiere su realidad al concebir esa nueva dimensión, más allá del espacio y el tiempo. Un lugar donde los pequeños detalles, casi infinitesimales, son los que trascienden con alma de infinito, para convertir ese mundo en todo un universo.
Algunas formas en las que la naturaleza se organiza, puede darnos un ejemplo sobre cómo apreciar nuevas dimensiones, cómo mediante detalles infinitesimales se construye algo inabarcable. Se conocen con el nombre de fractales.
De origen irregular y extraño, pero de peculiar belleza, son figuras que parecen escapar a nuestro sentido común. No pensamos muy a menudo en la manera en que se forma un copo de nieve, pues incluso bajo el microscopio su efímera existencia no logra revelarnos sus secretos más asombrosos. Construyamos uno de ellos conocido como copo de Koch, por el matemático que lo descubrió. Partiendo de un triángulo, se van añadiendo triángulos más pequeños en el centro de cada lado, repitiéndose este proceso indefinidamente. Finalmente, se consigue el ansiado copo de nieve que encierra una superficie limitada, pero con un perímetro tan intrincado que adquiere longitud infinita.
La hoja de un helecho también está gobernada por esta peculiar construcción, volviéndose autosemejante, pues cada subdivisión de la hoja se convierte en una reproducción exacta, a menor escala, de la hoja original.
Continuaremos desgranando este universo de nuevas dimensiones, de descubrimientos y autosemejanzas donde, como en el mundo de las emociones, el todo es más que la suma de dos partes, que se encuentran y se unen.
Enlace: Smart Planet

domingo, 7 de octubre de 2007

La inmortalidad de Henrietta Lacks

El pasado 4 de octubre se cumplieron 56 años del fallecimiento de una mujer que realizó una contribución de valor incalculable a la investigación médica. Se llamaba Henrietta Lacks. Residía junto a su marido y sus cinco hijos en Baltimore (EE.UU.), a donde se habían trasladado desde Virginia para que su esposo encontrara trabajo. Corría el año 1951 cuando, paralelamente a una manifestación en Nueva York pidiendo una cura para la poliomielitis, Henrietta acudió al hospital Jonhs Hopkins para someterse a una exploración ginecológica debido a las importantes hemorragias que sufría. Desgraciadamente, fue diagnosticada de un tumor en el útero que acabó con su vida ocho meses después. En el hospital habían extraído una muestra de células tumorales para realizar un cultivo con ellas y ser posteriormente estudiadas. Las características de estas células resultaron asombrosas. En los cultivos de laboratorio, las células humanas normales mueren tras haberse multiplicado unas 50 veces, debido al inevitable proceso de envejecimiento. Las células extraídas de Henrietta poseían un vigor sorprendente, conservando su capacidad de multiplicación de manera ilimitada. Eran, literalmente, inmortales.

Las células HeLa (denominadas así por las iniciales del nombre y apellido de Henrietta) fueron distribuyéndose por los laboratorios de todo el mundo que se dedicaban al estudio de las enfermedades mediante el cultivo de células. De hecho, el desarrollo de la tan deseada vacuna contra la poliomielitis, fue desarrollada mediante cultivos de células HeLa. Desde entonces, se han realizado y se realizan múltiples estudios médicos gracias a las células HeLa.

Que nuestro recuerdo y nuestro agradecimiento a Henrietta continúe eternamente vivo, de la misma manera que sigue viviendo esa valiosa porción de su persona que legó a toda la humanidad.