domingo, 27 de noviembre de 2016

El problema

Últimamente lo he visto apesadumbrado. Él, que siempre buscaba arañar cualquier instante para trabajar conmigo, se abandonó al hastío y a la melancolía. “¡Todo es geometría y número!”, solía decir con voz enérgica. Cualquier superficie era buena para garabatear curvas y ecuaciones. La pared del dormitorio, la arena de la playa o incluso una mesa en la casa de comidas, blanquecina de la tiza que materializaba sus pensamientos.

Solía pasear cabizbajo, inmerso en sus cálculos, hasta que algún paisano de Samos lo sacaba de su ensimismamiento.

—Pitágoras, tú siempre tan distraído. ¿Es que ya no conoces a los amigos?

Ahora apenas sale. Ya no le inspiran las sombras de los postes del puerto, ni los arcos del foro ni la fuente poligonal de la plaza. Nada lo animará hasta que no encuentre la solución a ese problema que lo obsesiona. Aunque no me está permitido hacerlo, no puedo soportar más su sufrimiento. Esta noche adoptaré la forma de musa y le susurraré en sueños la palabra mágica: hipotenusa.


Representación gráfica del Teorema de Pitágoras en la fachada del paraninfo de la Universidad de Zaragoza.

viernes, 7 de octubre de 2016

Edgar Allan Poe y su idilio con la ciencia

-En efecto, la ciencia divulgada, como se ha dado en llamar, aún tiene camino por recorrer. Los cronistas que della escriben no son más que escuderos a los ojos de algunos caballeros filósofos.

-Que no os ofenda tal consideración. Justicia les hacen llamándoles escuderos, pues no era otro que el buen Sancho quien debía sacar cordura y entendimiento de la tortuosa cabeza de su señor. Escuderos de clara pluma deben de ser para que leyéndolos, no padezca el vulgo la pérdida de juicio ante las incomprensibles jergas de los filósofos, como aconteciera a don Quijote con los intrincados libros de caballería. ¿Prometéis que estos cronistas velarán por el buen juicio de sus convecinos? [1]


19 de enero, 2:49 de la madrugada. Un hombre con abrigo largo y bastón de empuñadura dorada se adentra con sigilo en el cementerio de Baltimore. El truco para franquear la verja, cerrada a estas horas, le había funcionado una vez más. Como cada año, deposita tres rosas y una botella de coñac medio llena sobre los escalones de un cenotafio. En su base, asomando entre la nieve y en letras mayúsculas, se distingue el nombre del homenajeado, Edgar Allan Poe.



No sería posible comprender la obra de Poe sin entender su pasión por la ciencia y la influencia que tuvo sobre buena parte de su producción literaria. En particular, fue su padre adoptivo quien estimuló su atracción por la astronomía cuando le regaló un telescopio refractor al cumplir doce años.

Poe demuestra estar al día y poseer un buen nivel de conocimientos, lo que le permite emplear el lenguaje científico como recurso literario. Alcanza tal grado de verosimilitud que consigue hacer pasar hechos inventados como si fueran reales. En uno de ellos, narra la supuesta primera travesía de un dirigible cruzando el Atlántico. La noticia del extraordinario vuelo del Victoria se publicó en el New York Sun el 13 de abril de 1844.[2] Dos días después, una nota (seguramente del propio Poe) corregía la información que nadie pudo sospechar como errónea, dado lo impecable y realista de la descripción del aparato volador.

Otro de los usos insospechados que Poe haría de la ciencia se encuentra en el poema “Ulalume”:

Los cielos eran cenicientos y sombríos
[…]
era de noche en el solitario octubre.
[…]
El creciente diamantino de Astarté
claramente con el doble cuerno.
Y dije: “Es más tibia que Diana.
Resbala a través de un éter de suspiros
[…]
y ha venido más allá de las estrellas del León
para indicarnos el sendero de los cielos […].”

Ulalume evoca la pérdida del narrador por la muerte prematura de una hermosa mujer. Busca la sonoridad de los versos para intensificar los sentimientos de tristeza y angustia, por lo que emplea profusamente la aliteración, la repetición de sonidos de manera más o menos consecutiva, como en los versos

The skies they were ashen and sober […]
Of my most immemorial year

Pero el poema tiene otro sentido oculto, la interpretación científica. La alusión mitológica a Diana (diosa romana de la Luna) y a Astarté (la diosa que se asocia con Venus) no es casual. La mención en el poema del “doble cuerno” y del “creciente diamantino” implica que ambos astros se encuentran en fase creciente. Y además sitúa a Venus “más allá de las estrellas del León”, es decir, cruzando la constelación de Leo. Por tanto, ¿hubo alguna noche de 1847, año de publicación del poema, en la que coincidieran estos eventos astronómicos? La respuesta es asombrosamente afirmativa. La escena corresponde a poco antes del amanecer del 31 de octubre, la “noche en el solitario octubre” a la que alude el autor.

Poe se diferencia claramente de otros escritores contemporáneos al explicar en sus relatos el componente sorprendente de la ciencia, en lugar de recurrir a elementos fantásticos o sobrenaturales. Además, empleó la relación ciencia-literatura en ambas direcciones, ya que a veces quiso utilizar su maestría literaria para contribuir al conocimiento científico. Lamenta el excesivo empleo del análisis frío y objetivo para extraer conocimiento de la Naturaleza, concibiendo la ciencia como una actividad de creación en la que no puede prescindirse de la intuición, la imaginación y la creatividad.

Con este espíritu nace este texto, que tuvo su origen como contenido teórico del curso de Escritura científica creativa, una propuesta que aborda la narración de la ciencia a caballo entre la divulgación y la escritura creativa, sin olvidar el contexto histórico en el que los protagonistas afrontaron el desafío de dar a conocer el conocimiento científico.

Una historia poco conocida, plagada de pioneras y pioneros. Mujeres y hombres que decidieron que la ciencia no podía ser un conocimiento oculto y enigmático, solo en mano de élites ilustradas, sino que debía llegar al pueblo y difundirse en lengua vernácula. Desde los antiguos romanos, consumidores de filosofía griega en digeribles “píldoras”, pasando por una Edad Media no tan oscura, y por la aportación de la mujer bajo el simbólico personaje de “la Dama de Ciencia”, la divulgación de la ciencia esconde múltiples caras a medida que recorre épocas y continentes, tendencias y modas.

Nadie conoce el significado de la ofrenda que cada 19 de enero aparecía en la tumba de Edgar Allan Poe. Sucedió durante ocho décadas para finalizar en 2009. No obstante, me permito darle una interpretación libre. La construcción y la narración de la ciencia requiere de las tres rosas del conocimiento: el científico mediante observación y experimentación, el artístico como acto de creación, y el revelado con el concurso de la intuición y la imaginación. La botella de brandy medio llena (o medio vacía) nos sigue mostrando dos mundos unidos pero que se niegan a mezclarse: el contundente y destilado dominio de la ciencia con el etéreo y volátil ámbito de las letras. El primero en el fondo del recipiente, bien asentado; el segundo por encima con un aire "superior" pero amorfo. Si se destapa, el volátil se libera bruscamente y respira sin temer encorsetamientos; el destilado queda atrapado en una aparente inacción y monotonía. Pero el destilado se evapora poco a poco, degustando su libertad a pequeños sorbos. Ciencia y literatura pueden enriquecerse mutuamente y solo depende de que nos atrevamos a quitar el tapón.


[1] Fragmento de Años maravillosos, El Pintor de las Sombras [blog], 4 de junio de 2014,
 http://bit.ly/1W83mgb
[2] El primer vuelo transoceánico lo realizó el dirigible R34 en 1919.

Este texto corresponde a la introducción de "Escuderos de clara pluma. Una historia de la divulgación científica desde la antigua Roma hasta nuestros días"

jueves, 22 de septiembre de 2016

¿Qué tienen en común el burkini y la bandera europea?

Anteayer volvió a ocurrir. Tres mujeres fueron expulsadas de un centro deportivo de Granada por pretender bañarse en la piscina con un burkini. Los eufemismos, lo políticamente correcto o, simplemente, la estupidez con asuntos como estos me asquean. Hace décadas era un escándalo que una mujer hiciera topless en una playa y ahora que vaya “excesivamente” vestida.

 
El problema, por supuesto, es el origen religioso de la prenda, ideada en 2003 por la diseñadora australiana de origen libanés Aheda Zanetti. Al igual que ya ha sucedido con el uso del hiyab o velo islámico, su uso en Europa ha abierto polémica desde hace tiempo. Francia, el país de la UE con mayor porcentaje de población musulmana, ha prohibido desde 2004 el uso del velo en las escuelas públicas en virtud de la ley de símbolos religiosos. 

¿Ley de símbolos religiosos? Pues si se tuviera que aplicar con todas sus consecuencias saldría bastante mal parada la propia bandera de la UE. El encargado del diseño de la bandera europea, un pintor de Estrasburgo llamado Arsène Heitz, declaró haberse inspirado en un pasaje del Libro del Apocalipsis que dice: “Y apareció en el cielo un gran signo: una mujer revestida del Sol, con la Luna bajo sus pies y una corona de doce estrellas en su cabeza” (Ap 12:1). Para poner la guinda al diseño, la bandera azul con las doce estrellas fue aprobada por el Consejo de Europa el 8 de diciembre de 1955, festividad de la Inmaculada Concepción. Y por si esto fuera poco, el primer edificio público en el que ondeó la bandera el 21 de octubre de 1956 fue la Catedral de Estrasburgo.



La Inmaculada Concepción de la Rue de Bac en París,
con las doce estrellas sobre su cabeza.




















Yo voy a hacer mi propuesta desde el ámbito de la ciencia, desde el cual me causa cierta desazón que, por ejemplo, al datar fósiles haya que recurrir a fechas “antes de Cristo”. A decir verdad, la ciencia ya ha propuesto otra referencia para la datación sin necesidad de recurrir a hechos divinos. El origen para la datación se sitúa en el año 1950, y su elección no resulta arbitraria. 

En 1950 se establecieron las curvas de calibración para la datación por radiocarbono, y es una fecha inmediatamente anterior a las primeras pruebas atmosféricas de armas nucleares que alteraron las proporciones de isótopos en la atmósfera, incluido el carbono-14. De este modo, las fechas anteriores a 1950 se etiquetan con “antes del presente (AP), o en inglés "before present (BP)". La historia se repite, pues una de esas pruebas nucleares se realizó en el atolón de Bikini, que dio nombre desde entonces a ese otro traje de baño que también sufrió, en su momento, escándalo y prohibiciones.

Y me atrevería a ir un poco más allá adoptando la medida del tiempo propugnada durante la Revolución francesa: un calendario sin referencias religiosas o mitológicas y un reloj que marque las horas en base al Sistema Métrico Decimal


 
Meses del calendario republicano francés
que comenzó el 22 de septiembre de 1792 (año 1).


Reloj con esfera de 10 horas.




Por lo tanto la fecha de hoy, 22 de septiembre de 2016 a las 11:31 horas, se transformaría en 1 de vendimiario del año 225 (si os sentís revolucionarios) o del año 66 DP (después del presente) a las 4:80 horas.



Por cierto, el calendario republicano francés comienza con el equinoccio de otoño, así que aprovecho la ocasión para desearos ¡FELIZ AÑO NUEVO!

sábado, 27 de agosto de 2016

La ciencia cuenta si se cuenta la ciencia (y IV)

REDEFINIENDO LA CIENCIA COMO TEMA DE ESCRITURA

(viene de la parte III)

Las fronteras reales son siempre difusas,
pero se hacen nítidas con solo imaginarlas.
Jorge Wagensberg


Deborah García Bello es química, profesora y excelente divulgadora, pero cuando contaba 15 años todos estos logros profesionales estaban por decidir. Su dilema comenzaba desde la base: ¿Debía estudiar Ciencias o Letras? La eterna dicotomía. Así que durante ese verano, tras darle muchas vueltas, finalmente lo tuvo claro.

Mi razonamiento quizá fue inmaduro, pero me ayudó a tomar una decisión: puedo seguir leyendo poesía, novela, yendo al teatro, viendo Arte, sin tener que estudiarlo, podré seguir disfrutando de ello, pero con la Ciencia no pasa eso, por mucho que lea por mi cuenta nunca sabré todo lo necesario como para sentirme a gusto […]

Argumentándose a sí misma, la suerte estaba echada. Estudiaría Ciencias. Aunque a Deborah este razonamiento le ayudó a definir su camino, a mí me ha generado cierta inquietud. La poesía, la novela, el teatro o la pintura pueden disfrutarse sin tener que estudiarlos, sin ser conocedores o iniciados. Pero la ciencia no se ajusta a ese modelo. Parece lógico porque el arte apela a nuestra emoción y a nuestra experiencia vital, mientras que la ciencia invoca nuestros conocimientos por lo que aquel que no los tenga o los haya olvidado, es fácil que se sienta excluido. De aquí a no considerar la ciencia parte de la cultura solo hay un paso.

Recurriendo ahora a mis propios recuerdos como estudiante, en una ocasión mi profesor de Ecología nos desmintió que la selva del Amazonas fuera uno de los pulmones del planeta, como suele decirse. Un bosque maduro como este consume por respiración tanto oxígeno como el que produce por fotosíntesis. Por lo tanto, es muy lícito defender la biodiversidad de este valioso ecosistema pero echando mano de argumentos válidos, no de mitos.



Lo mismo opino del anterior tuit que defienden la mayoría de los divulgadores. Crear una sociedad formada, competitiva y coherente depende, en primer lugar, de una educación formal que no está alcanzando de manera completa este triple objetivo. Y sin esta base la divulgación científica lo tiene difícil para alcanzarlo por sí sola. La divulgación de la ciencia es necesaria y merece ser defendida, pero no con argumentos que, hoy por hoy, son una esperanza más que un hecho.

Hay un aspecto que considero necesario para que este panorama pueda cambiar. Un buen comienzo para que los ciudadanos lleguen a asimilar la ciencia como parte integrante de la cultura requeriría, en mi opinión, abandonar el concepto de divulgación como cajón de sastre que categoriza y aísla todo lo que huele a ciencia accesible.

Expongo varios ejemplos de ello. En El País Semanal la escritora Rosa Montero nos habla de un proyecto del Instituto de Astrofísica de Canarias en el que ha tenido la oportunidad de participar, y en su libro de memorias La ridícula idea de no volver a verte nos cuenta el duelo vivido por la pérdida de su pareja en paralelo al de Marie Curie tras fallecer su esposo. A nadie se le ocurriría calificar estos textos como divulgación, a pesar de que contiene información relevante y accesible sobre ciencia o sus protagonistas.

En 2001 los químicos Carl Djerassi y Roald Hoffmann escribieron una obra de teatro sobre los descubridores del oxígeno, un encuentro ficticio entre los tres científicos y sus esposas en el marco de un hecho real de la historia de la Química. ¿Debe calificarse de divulgación? ¿Está más cerca de la ciencia o de la literatura? El propio Djerassi prefiere considerarse “contrabandista intelectual” que hablar de una obra didáctica o de divulgación: “Didáctico –es de decir, aburrido– suele ser el término más condenatorio que un crítico puede utilizar para ahuyentar a la audiencia potencial de una obra.” Jorge Wagensberg también prefiere hablar de “pensador intruso” a quien se atreve a pasar la frontera entre ciencias y humanidades.

¿Y una mujer que tiene un hijo aquejado de una enfermedad rara? Ha de aprender de genética para saber qué es un cariotipo o una dolencia autosómica recesiva. Y de estadística, para asimilar que el 70% de los casos quedan sin diagnosticar, o comprobar que es más probable estar afectado por una enfermedad rara que ganar la lotería de Navidad. Se hace experta en administraciones públicas para descubrir las ayudas a las que puede acogerse, y también en psicología para seguir adelante con su vida personal sin desmoronarse. Esta mujer ha ejercido de divulgadora consigo misma para adaptar estos conocimientos a su contexto. Y cuando le cuenta al público los pormenores de su día a día, ¿está haciendo divulgación para concienciar sobre las enfermedades raras o solo está contando su historia? ¿O está haciendo las dos cosas?

Desde luego, estos ejemplos tienen algo en común: emplear la emoción y las historias personales para contar sobre ciencia. Y contrasta claramente con el estilo generalmente empleado en los blogs de ciencia, a caballo entre lo didáctico y lo académico. En definitiva, la divulgación tiene que atreverse a ser intrusa y navegar mucho más por los dominios de la emoción y del uso literario del lenguaje, clave para crear una buena historia.


Divulgadores y escritores tienen en común el lenguaje, aunque hagan diferente uso de él. Los textos de escritores y de divulgadores se diferencian tanto en su producción como en su propósito. Los escritores (entiéndase de ficción) hablarán a sus lectores sobre temas y aspectos de la vida que, por su experiencia y vivencias, le resultan familiares. De hecho, como copia de la realidad que es, la literatura se distingue de la historia en que mientras esta cuenta lo que ha sucedido, aquella relata lo que podría suceder. Además, debe establecer un pacto ficcional, un acuerdo tácito mediante el cual el lector acepta introducirse en un mundo manifiestamente irreal, reservándose el derecho de emitir juicios sobre la verosimilitud de los hechos relatados.
Sin embargo, el pacto que sellan los divulgadores asegura al lector que serán fieles a una realidad muy concreta, la científica, que por otra parte trata de explicar aspectos ocultos o desconocidos para el destinatario de su narración. El divulgador también debe echar mano de un elemento ficcional, a pesar de que no debe distorsionar la ciencia que cuenta. Es la traducción al lenguaje común y a los sentidos, es la recreación y la puesta en un contexto diferente para la comprensión (y el disfrute) por parte del lector.



La literatura sabe contar la misma historia una y otra vez como si fuera nueva y original. La ciencia no cuenta historias pero se nutre cada vez de nuevos e insospechados temas. No es difícil imaginar el extraordinario potencial si se recurriera con mucha más frecuencia al mestizaje entre ambas.
Esto debe ir unido a un cambio de actitud para que el divulgador aspire a convertirse en escritor y considerarse como tal. Por supuesto que ser buen escritor es difícil y exige dedicación, pero se echa de menos que en la masa de autores de blogs de ciencia haya más escritores que aspiren a un estilo más cercano al de Oliver Sacks o Stephen J. Gould. Desde luego, no recordaríamos actualmente a Carl Sagan de haberse hecho conocido por llamar “magufos” a los creyentes en ovnis, o por escribir un post que relacionara la Mancha Roja de Júpiter, el sándwich americano y el collar de María Antonieta.

En septiembre de 2016 se cumplirán 3 años desde que inicié una propuesta, un lugar de encuentro entre ciencia y escritura creativa. Un curso virtual desde donde experimentar contando la ciencia desde múltiples puntos de vista y formas literarias como, por ejemplo, una ley física mediante un sciku (la versión científica del haiku japonés),

PRIMERA LEY DE KEPLER
El planeta se desplaza,
una gran elipse es su trayectoria;
el Sol, uno de sus focos.
Paloma Marín

o conocer a Giordano Bruno en un microrrelato,       

17 de febrero de 1600, en una plaza de Roma
Desde un campo habitado por mil flores poseo una vista privilegiada del Universo, donde no son una sino mil las estrellas que lo forman y los dioses que lo rigen. Siento el calor insoportable de cada uno de esos soles ardiendo bajo mis pies en forma de leños encendidos. Que este fuego que ahora prende sirva para grabar en la mente prójima el mayor de los legados. El vasto firmamento es la única hoguera que podrá aplacarme.
Miguel Á. Martín


o reflexionar sobre el modo de pensar de la ciencia.

Elogio a la duda
“El ignorante afirma y el sabio duda”, sentenciaba Aristóteles. “¿La duda? El principio de la sabiduría”, aseveró Descartes, aunque Borges la imaginó como “uno de los nombres de la inteligencia”. “Los ignorantes niegan o afirman rotundamente”, decía Voltaire remachado por Russell al sentenciar que “los ignorantes están completamente seguros y los instruidos llenos de dudas”.
Está claro que si no hay cierto escepticismo y vacilas, el interés por aclarar la cuestión desaparece. Cuando dudas, te cuestionas. Y si cuestionas, buscas y contrastas para al final hacerte preguntas. Sin darte cuenta has comenzado a emplear el método científico.
Cristina Sopena

La totalidad de los trabajos realizados por los alumnos de la 2ª edición de 2016 se encuentran en el ebook Ciencia en la palabra (epub) (pdf).

Va siendo hora de emplear lenguajes y estilos que hagan más justicia a las historias que conforman la ciencia, “porque las historias hacen que aquello que parece aburrido y difícil, que no tiene nada que ver conmigo, sí tenga que ver conmigo.
Cuando te cuentan historias te miran a los ojos, te tienen en cuenta”.


Referencias:

D. García Bello, Estudia esto porque tiene más salida, Dimetilsulfuro, 29/05/2015, http://naukas.com/2015/05/29/estudia-mas-salida

R. Montero, Mirar las estrellas, El País Semanal, 10/07/2016, http://elpaissemanal.elpais.com/columna/mirar-las-estrellas

C. Djerassi, La historia de la obra teatral “Oxígeno”, Revista Mètode, 2011, nº 69, p. 97-102.

P. Marín, M. Á. Martín, C. Sopena, Ciencia en la palabra, Escuela de Literatura Científica Creativa [ebook], 2016.

La ciencia cuenta si se cuenta la ciencia (III)

CUÉNTAME HISTORIAS


 (viene de la parte II)

Las historias nos hacen querer ver el final, nos hacen acompañar al protagonista [...]. Porque las historias hacen que aquello que parece aburrido y difícil, que no tiene nada que ver conmigo, sí tenga que ver conmigo. Cuando te cuentan historias te miran a los ojos, te tienen en cuenta [...]. En el fondo, el contenido de las historias es siempre el mismo: quiénes somos y cómo es el mundo en donde estamos. En el fondo, la misión de las historias es siempre la misma: caminar juntos.
Eduardo Sáenz de Cabezón
matemático y monologuista científico,
en TEDxRíodelaPlataED


En la cena de clausura de un congreso de neurociencias a Oliver Sacks le tocó sentarse alejado de Francis Crick, como si las circunstancias quisieran confirmarle lo mítico e inaccesible que le parecía el codescubridor de la estructura del ADN. Sin embargo, durante el momento del café, Crick vino a sentarse a su lado y, sin mediar saludo alguno, le espetó: “Cuéntame historias”.

Oliver Sacks

Oliver Sacks perteneció a esa selecta y corta lista de científicos de letras para los que la escritura era tan necesaria como su investigación. Mi lista es aún más breve e incluye, además de a Sacks, los nombres de Stephen Jay Gould y Carl Sagan. No puede ser casualidad que sus respectivos campos de estudio (la mente, la evolución de la vida y el cosmos, respectivamente) sean los más apropiados para responder esas preguntas que subyacen en las historias: quiénes somos y cómo es el mundo en donde estamos.

Aunque con estilos de escritura muy característicos, los tres lograban con éxito el objetivo de fascinar al lector. Sacks se inspiraba en las anécdotas clínicas del siglo XIX, detalladas historias de casos de una época en que la narrativa tenía un papel central en las prácticas médicas. La primera vez que hojeó La mente de un mnemotécnico (1968), en la que Alexander Luria describe el caso de un paciente con una memoria prácticamente ilimitada, pensó que se trataba de una novela.

El estilo de Gould es otra cosa. De manera descarada, tomaba la capacidad de asombro del lector y la moldeaba para obtener el más irresistible de los anzuelos. El cebo tenía que ser variado, por supuesto, para asegurar un buen bocado y no unos tímidos mordiscos. Desde la hoja de parra con que se tapaban Adán y Eva hasta la historia del béisbol, cualquier aspecto inconexo se volvía relevante para la maravillosa historia que desgranaría a continuación.

Sagan podría haber pasado por discípulo de Plinio el Viejo. Ambos eran considerados bichos raros por esa intención "extravagante" de ofrecer una visión del conocimiento científico de modo interesante y atractivo. Sagan aceptó el desafío diecinueve siglos después que el naturalista romano, convirtiendo el cosmos en la historia más asombrosa que podríamos conocer.

Stephen Jay Gould

Carl Sagan


Sin embargo, tan ilustres escritores no estuvieron exentos de críticas por parte de sus colegas, dando por hecho que su mayor exposición mediática, su cercanía al público a través de sus obras, suponían automáticamente su menoscabo como científicos. A Sagan le llegaron a llamar “teatrero” y, aunque no fue el primero ni el último en recibir la descalificación de la comunidad científica, su apellido sirvió para acuñarla. La “saganización” es el sambenito que recae, en forma de sospecha, sobre un científico “demasiado popular”.

En este sentido también tendríamos que aprender de la historia. En 1699 el escritor y filósofo Bernard de Fontenelle mereció el nombramiento como secretario vitalicio de la Academia de Ciencias de París por su papel como “intérprete de los sabios”, dada su labor de vínculo entre ciencias y humanidades digna del Renacimiento. Sagan, sin embargo, vio desestimada su candidatura a la Academia Nacional de Ciencias estadounidense en 1992.

La versión actual de la “saganización” tiene incluso una forma de medirse denominado, entre bromas y veras, “índice Kardashian”. Según este ratio, si divides el número de seguidores en Twitter entre el número de citas a tus artículos científicos y el resultado es mayor que 5, eres un investigador “kardashiano” con mayor popularidad entre el público que entre la comunidad científica. No te extrañe que desde ese momento tus colegas te miren con cierto desdén. Esto puede parecer algo anecdótico pero no lo es. Una columna titulada “To tweet or not to tweet”, publicada en Science, cuenta el rechazo de un proyecto propuesto por el microbiólogo Jonathan Eisen porque “la elevada dedicación a su blog le dejaría sin el suficiente «ancho de banda» para acometer el proyecto en solitario”. La respuesta del evaluador me hace recordar que en el siglo XIX se prefería que un científico permaneciese soltero para centrar su dedicación al máximo. Ahora se le insinúa que los blogs y las redes sociales no son lugares recomendables para un científico serio, y parece que la recomendación se sigue al pie de la letra. Solo el 20% de los científicos con mayor número de citas tienen un perfil de Twitter identificable, y de los 45 científicos españoles más citados solo 7 poseen perfil en la red del pájaro azul.

Sin embargo, de cara a la galería se da otra imagen. Martin Rees, presidente de la Royal Society de 2005 a 2010, dice que “los investigadores necesitan implicarse más plenamente con el público. La Royal Society lo reconoce, y tiene gran interés en garantizar que ese diálogo sea útil y efectivo”.
En una encuesta realizada por la propia Royal Society, la mayoría de los científicos señalan que existen implicaciones sociales y éticas en su investigación que el público necesita conocer, y que tienen una responsabilidad primordial en comunicar las investigaciones y sus implicaciones al público no experto.

Comprobemos cómo están las cosas en Francia desde que surgiera, hace más de un siglo, el enfrentamiento entre popularizadores y académicos. En un estudio donde se encuestó a investigadores del CNRS (Centre National de la Recherche Scientifique), el equivalente al CSIC español, estos creen “de modo unánime que la popularización es un componente clave e inevitable del trabajo investigador”. Entre las motivaciones de los científicos está el deseo de informar al público, que se conozca su campo de estudio, estimular vocaciones en los estudiantes o explicar el uso de fondos públicos en la investigación.

Honorables intenciones que no se reflejan en la realidad. En el estudio francés hay detalles que hablan por sí solos como el informe de candidatura para Director de Investigación, donde apenas hay 9 líneas disponibles para resumir hasta 20 años de actividades de divulgación. Siguiendo con las conclusiones de este estudio, se desmienten algunos mitos que aún sostiene parte de la comunidad científica:

  • Mito 1: la popularización contribuye al detrimento en la cantidad y calidad del trabajo investigador. FALSO. Se ha comprobado que los científicos más activos en su labor divulgadora también son más activos académicamente.
  • Mito 2: la popularización es una ocupación de segunda categoría. FALSO. Se observa que los investigadores aumentan su actividad en divulgación a medida que ascienden en la carrera científica.
A pesar de evidencias como estas, no va a ser fácil que los científicos que sostienen estas creencias cambien de opinión. Qué extraño suena esto, ¿verdad? Científicos sosteniendo creencias. Sin embargo eso parece si el 20% de los científicos encuestados en la Royal Society siguen afirmando que aquellos que se involucran en la popularización son peor vistos por sus colegas. Por cierto, según sus biógrafos, Carl Sagan publicó a lo largo de su carrera (desde 1957 hasta diciembre de 1996) un promedio de un artículo con revisión por pares al mes. Queda claro que desde que se acuñó, la “saganización” o “efecto Sagan” no ha sido más que un espejismo.

Una preocupación de los científicos es que la sociedad no considera a la ciencia parte de la cultura. Mientras se considere a la divulgación una actividad marginal, y su ejercicio y la popularidad del investigador sean motivos de descrédito, los científicos no considerarán a los ciudadanos parte de “su” cultura


(continúa en parte IV)


Referencias:
 
J. A. Bustelo, Escuderos de clara pluma, Escuela de Literatura Científica Creativa, 2016 [ebook], p. 164. 

B. L. Benderly, To tweet or not to tweet? Science Careers, 02/10/2014, http://www.sciencemag.org/careers/2014/10/tweet-or-not-tweet 

P. Jensen, J. B. Rouquier, P. Kreimer, Y. Croissant, Scientists who engage with society perform better academically, Science and Public Policy, 2008, 35 (7), p. 527-541. 

L. Sapiña, La #ciencia en Twitter, Revista Mètode, Observatorio de las Dos Culturas, 26/09/2014, http://metode.cat/es/Observatorio-de-las-Dos-Culturas/La-ciencia-a-Twitter