lunes, 27 de octubre de 2014

Las ciencias se presentan en sociedad

En el archiconocido blog de José Manuel López Nicolás, Scientia, me topé en cierta ocasión con una entrada que solicitaba a la periodista y escritora Galiana lo siguiente:

“Señorita Galiana, ya que pierde su tiempo escribiendo sobre temáticas tan absurdas como las relaciones entre humanos, le propongo que se deje de emborronar folios y escriba sobre algo con más fundamento. Le sugiero (cuando un profesor te hace una sugerencia es casi como decir hazlo como yo te digo o atente a las consecuencias) que escriba sobre ciencia, pero CIENCIA, escrito con mayúsculas, porque así es como yo la entiendo”.

Galiana aceptó el reto, por supuesto, con un magnífico texto que podéis leer en esta entrada de Scientia. En forma de biografía de la Ciencia (en mayúsculas), me gustó mucho e inmediatamente lo tomé como modelo para un ejercicio dentro del Curso virtual de Literatura Científica Creativa que imparto. En este caso, propuse basarnos en el texto de Galiana para escribir una biografía similar pero de una disciplina científica en particular. He aquí tres ejercicios que describen sendas ciencias:





FILOSOFÍA NATURAL
 
Todo empezó de manera bastante prometedora. Tales comenzó a conocerme al dejar de lado lo mitológico y barajar la explicación racional del mundo. Aristarco me utilizó para que las apariencias no le engañaran, y concluyó que el Sol era el centro de la órbita terrestre. Leucipo y Demócrito profundizaron en mis premisas para imaginar las minúsculas partículas indivisibles que lo forman todo.

Mi nacimiento fue temprano y mis primeros años, vigorosos, pero me estanqué. Un estargirita llamado Aristóteles se hizo célebre por dejarme dormida durante siglos, empeñado en deducir mucho y medir poco. Devolvió la Tierra a la inmovilidad, encerrada en un universo finito y perfecto. Una prisión celeste para el pensamiento que condenó al olvido lo conquistado durante mi infancia.

Con la extensión del cristianismo por el Imperio romano, me exilié a tierras árabes, donde curaron mi maltrecha esencia. Su práctica del escepticismo y la observación ayudó a que recuperara mi antiguo esplendor.

De vuelta en Europa, me hice amiga de artistas y poetas, y mis seguidores aumentaron rápidamente. La gravitación y las leyes del movimiento fueron los primeros logros en mi honor después de tanto tiempo. Fueron tan revolucionarios que se me subieron a la cabeza, y pronto me diagnosticaron de positivismo.

Mis acólitos continuaron la labor con confianza creciente en mi método, hasta que a finales del siglo XIX estuve a punto de morir de éxito: todos mis principios habían sido desvelados, y apenas restaban unos pocos cabos sueltos. Mi destino desaparecer como ciencia.

Sin embargo, fue un espejismo que me transportó a una realidad opuesta a lo que siempre había defendido. La relatividad y la incertidumbre se instalaron amenazantes sobre el determinismo y la certeza a los que nunca he fallado. El negro inicio del siglo XX parecía no dar tregua cuando tuve que mostrar, en contra de mi conciencia, extravagancias como la dilatación del tiempo, partículas y ondas que cambiaban de identidad, energía “empaquetada” como si de átomos se tratara…

Pero tras tanta evidencia atentando contra la lógica y la certidumbre, se escondía una visión que ni yo misma, en mi versión clásica, podía siquiera imaginar. Adopté con ilusión mi nueva personalidad, aceptando que lo incierto forma también parte de mí. Este acto de humildad me ha traído considerables recompensas, como convertir el universo del estargirita, eterno y finito, en un cosmos con fecha de nacimiento e innumerables maravillas. Actualmente, mi trabajo más ambicioso me mantiene, literalmente, enterrada viva. En el silencio del subsuelo, mientras se suceden violentos y callados encuentros, mi fascinante historia se sigue escribiendo.

  

BIOLOGÍA

Mi historia marca la destrucción de un sueño. El origen divino de la vida me condicionó durante mucho tiempo, y la llegada de respuestas decepcionó a unos y maravilló a otros. Aunque existo desde antiguo, fui anónima hasta hace dos siglos, cuando dos naturalistas me pusieron el mismo nombre sin haberse puesto de acuerdo. Ya estaba en el ambiente que pronto conseguiría grandes avances.

Las criaturas más diminutas me ayudaron a mostrar que todos los seres poseen los mismos “ladrillos” y la misma manera de funcionar. Un viaje alrededor del mundo me llevó a sospechar que las especies cambian y que provienen unas de otras. Un huerto de guisantes me desveló el lenguaje con que se comunican las generaciones, y una fotografía robada, el esqueleto de ese vínculo.

Lamento que mi existencia despoje a la vida de esa condición especial. Todo lo que sois puede explicarse por una mezcla de azar, oportunidad, cooperación y supervivencia. Sí, sólo una mezcla. Pero una mezcla muy particular.



QUÍMICA

Nunca antes la codicia por el oro desembocó en un fin más noble. Nunca antes secretos mágicos habían transformado el ocultismo en conocimiento racional. Pasé mi juventud a ciegas, disolviendo, mezclando y calcinando cuanto encontraba en mi camino.

Matraces y retortas humeantes producían tintes, venenos y perfumes sin orden ni concierto, pero poco a poco fui madurando y logré que los espejismos fueran desapareciendo. Del flogisto al oxígeno, del pudin de pasas al átomo, de vitriolos y licores a moléculas y compuestos.

Aunque el verdadero golpe de timón vino de un barbudo profesor, aficionado a los solitarios, que tuve el placer de conocer. Retó a la materia a jugar a los naipes, hasta que ganó la partida de su vida. Las cartas se ordenaron en su mano, pero no quedó satisfecho, pues su oponente se había escondido algunas en la manga. Desde entonces sigo jugando partidas, hasta el día en que toda la baraja se muestre sobre la mesa.


Gracias, Galiana, por haber inspirado este ejercicio.

domingo, 26 de octubre de 2014

Historias de cronopios y espingorcios

Una ocurrencia, sin más, para unir en el papel y en el recuerdo a dos autores que crearon, en diferentes circunstancias, aventuras protagonizadas por unos entrañables seres. Julio Cortázar los vio por primera vez en 1952 en el entreacto de un concierto de Stravinski, cuando en su localidad de paraíso en el Teatro de los Campos Elíseos, sintió la presencia de unos personajes muy cómicos y de color verde llamados cronopios. Miguel de Guzmán conoció a los espingorcios durante el verano de 1980, mientras revisaba las pruebas de un libro de matemáticas, y cuyas historias fue relatando a sus hijos noche tras noche.

Y para que esta mezcla cumpla los cánones del surrealismo, he reunido a ambos personajes por primera vez para, además, ponerlos a hablar sobre cosas de ciencia. Cierto, miscelánea extraña donde las haya. Mea culpa

Con mi admiración y respeto hacia ambos creadores, visionarios e innovadores.




AMISTAD HOMEOPÁTICA

Un cronopio, verde y húmedo, acude a la consulta de un espingorcio, sapientísimo galeno. El paciente le cuenta que siente sus espinguillos decaídos, y que por la noche sufre pesadillas con terribles engendrigorcios.
El médico, que era moreno y rubio según como se le mirase, le receta una gota al día de placeborcio bobalicum, un remedio de su invención con la peculiaridad de que mayor efecto produce cuanto más diluido se tome. El cronopio se marcha sorprendido, pero al llegar a su casa echa una gota del remedio en el agua de la bañera, de la que toma un trago. Intranquilo, porque no le parece bastante diluido, lanza una gota en el agua de la piscina y toma un trago de esta. Siente que no surte el efecto deseado y tiene una mejor idea. Su vecino fama tiene una piscina enorme, que más que enorme es espectaculorcia. Y el cronopio le habla al fama del remedio, que le cede el honor de añadir la gota a su piscina. Desde ese día, se reúnen para charlar y tomar tragos de la piscina, haciéndose grandes amigos.
Cuando el remedio se agota, el cronopio acude a por más pero descubre que el espingorcio ha abandonado su consulta. Le cuentan que se lo llevó la policía. Quizá –piensa el cronopio- lo escoltarían a otra ciudad donde necesitaban el remedio con urgencia.
Decepcionado, el cronopio frecuenta cada vez menos la mansión del fama. Lamentablemente, el cronopio no sospecha que a medida que la amistad se diluye, no se hace más fuerte.



¿DE DÓNDE VENDRÉ?

Una mañana, tras levantarse del camastrorcio y estirar sus pirralcos, un cronopio se preguntó a sí mismo:
- ¿De dónde vendré? ¿Cómo apareció el primer cronopio en la tierra de los Carpecios?
Inquieto por la cuestión, fue a visitar a su amigo espingorcio, director del Museo de Cronopiología.
Hay varias teorías –respondió el director-. Al principio se creía que os había creado Cronos, el dios del tiempo. Después apareció la evolución, un largo y lento proceso que partió de primitivos globulillos hasta los cronopios actuales.
El cronopio dio un respingorcio e interrumpió. –Entonces, si la evolución continúa, ¿nos acabaremos convirtiendo en famas?
Me temo que la evolución no funciona así –contestó el espingorcio-. De todas formas, la teoría que cuenta con más aceptación dice que los cronopios aparecieron en este mundo en el intermedio de un concierto de Stravinski.
Al salir del museo, el cronopio corrió hacia una tienda de discos y compró uno del insigne compositor. Escucharlo le hará sentirse más cerca de sus orígenes.



EL OBSERVADOR

Ayer el cronopio se sentía onda.
- ¡Rotímpanos! –exclamó. Estaba disperso y desubicado, aunque este estado tiene sus ventajas. Consiguió entrar a la vez en el baño y en la cocina, para asearse y prepararse la comida simultáneamente. Terminó de barrer el salón y limpiar los cristales mientras tendía la ropa y tomaba un té.
Hoy el cronopio se siente partícula. - ¡Remoñobrón! –gruñó. Está más centrado pero no da abasto en las tareas domésticas. Si está en la cocina no puede limpiar su habitación; si barre el suelo no puede sentarse a comer. Mientras el cronopio se pregunta por qué hoy no se siente onda, un espingorcio indiscreto y de concorcios saltones sigue todos sus movimientos desde una ranura de su ventana.



RELATIVIDAD ALCAUCIL

Un cronopio leyó que el tiempo no transcurre siempre al mismo ritmo. Resulta que si nos movemos muy deprisa, el paso del tiempo se vuelve más lento.
Al cronopio no le gustaba la idea de tener que desplazarse a la velocidad del rayo para envejecer más despacio, así que inventó el reloj-alcachofa o alcaucil, que de una y otra manera puede y debe decirse.
El alcaucil marca la hora presente y todas las horas futuras con sus innumerables hojas. El cronopio saca cada vez una hoja que siempre da la hora justa, completando al día una vuelta de hojas. Si Foucault hubiera sido cronopio, habría colgado en el Panteón de París una alcachofa, no un péndulo.
Al sacar la última hoja y llegar al corazón, el tiempo se detiene. El cronopio se mantiene joven indefinidamente mientras se lo come con aceite, vinagre y sal. Pero la tentación de medir el tiempo es demasiado fuerte, y pone un nuevo reloj-alcaucil en el agujero de la pared.

miércoles, 4 de junio de 2014

El afinador de arena

Siempre me he preguntado la razón por la que el taller de un artesano suele estar, normalmente, en algún lugar recóndito. Nada de amplios locales, a nivel de la calle y con abundante luz natural. Un sótano semiescondido con entrada dificultosa parece ser lo ideal. Seguramente, esta tendencia por los lugares ocultos sea compartida por el hermetismo de los antiguos alquimistas, celosos custodios de los secretos de la materia y de su transmutación. Alfredo, el luthier, cumplía a rajatabla esta condición. En su claustrofóbica factoría se ponían en práctica técnicas ancestrales para arrancar de la materia la más sutil de sus capacidades: la producción de sonido armónico.



No era necesario internarse demasiado desde el umbral de la entrada para abarcar, en su totalidad, la cacofonía visual de aquel taller: listones, plantillas, esqueletos de violines, arcos y cuerdas forraban completamente las paredes. Poseía un microclima que era todo un desafío para el olfato. La distancia de unos pocos pasos podía suponer la diferencia entre la áspera volatilidad de los barnices y las aromáticas virutas de la madera de arce.

En un privilegiado rincón de la mesa de trabajo, habitado por gubias, punzones y sargentos, estaba lo que Alfredo llamaba “el área de afinación”, una singular estructura que sujetaba en horizontal y con las cuerdas hacia abajo el instrumento que se deseaba afinar. Cuando alguno pasaba por esta fase, mi visita al taller era obligada. No quería perderme detalle de ese enigmático proceso que comenzaba cuando Alfredo vertía un puñado de fina arena de sílice sobre la tapa posterior del violín. A continuación, tomaba un arco con el que frotaba cada una de las cuerdas para producir, literalmente, la radiografía sonora del instrumento. La arena se reordenaba de manera única ante cada vibración de las notas.

Si sonaba un La, por ejemplo, los diminutos granos se distribuían formando dos diagonales temblorosas. En el caso de que la nota fuera Fa, aparecían cuatro nítidos círculos, separados entre sí por dos líneas perpendiculares. Pero mi preferida era la figura que provocaba en la arena el Si bemol: una estrella de ocho puntas encerrada en un cuadrado.


Figuras de Chladni. Seis patrones de ordenamiento de la arena 
sobre una placa metálica, bajo distintas frecuencias de vibración.

Los años pasaron y la lejanía impuesta por las circunstancias me impidió seguir frecuentando el taller, y disfrutar en más ocasiones de la mágica danza de la arena. Finalmente, pude encontrar la oportunidad de volver a visitar a Alfredo, desgraciadamente ya en su última morada. Era justo que ofreciera un último homenaje a aquel luthier de manos callosas y hábiles que llenó de fascinación parte de mi adolescencia. Tras encontrar la lápida que guardaba sus restos, extraje de mi bolsillo un pequeño saquito que desanudé para derramar su contenido: finos granos de arena de sílice bailotearon sobre la oscura superficie marmórea mientras rellenaban las letras grabadas en la piedra, buscando cobijo en el nombre del artesano.

 Esta entrada participa en la Edición LIII del Carnaval de la Física, hospedado en esta ocasión por Vega 0.0