viernes, 1 de abril de 2016

Érase una vez... un teatro en Budapest

Soy de los que piensa que la ciencia está en el aire. La sociedad, a fuerza de oír determinados términos científicos que se ponen de moda, acaba por asimilar de modo inconsciente ese nuevo vocabulario. Esto debió ocurrirle a la cantante Rosa López en una entrevista que le hicieron en Londres, durante la celebración del 60 aniversario del Festival de Eurovisión. El periodista le pregunta si ha tenido tiempo de visitar la ciudad, y Rosa responde que había ido a Trafalgar Square y "desde allí, por lo menos, he visto el Big Bang de lejos".

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¿Qué darían los cosmólogos de todo el mundo por haber estado en el lugar de Rosa López? ¡Stephen Hawking hubiera empeñado hasta su sintetizador de voz por ver el Big Bang aunque fuera de lejos! ¿Se trató de un simple lapsus verbal, una confusión al referirse al famoso reloj de la torre del Palacio de Westminster? Yo me siento tentado a pensar que ese término de la "gran explosión" que dio origen a nuestro universo, se coló en la mente de Rosa porque se encontraba en su inconsciente, en un rincón donde se albergan las palabras científicas que se oyen con frecuencia en los medios, pero de las que no se suele comprender su significado y trascendencia.

La divulgación científica pone su empeño en paliar esta situación dentro de una sociedad influenciada más que nunca por una ciencia que en bastantes ocasiones es ignorada a pesar de que nos rodea, deformada por un títular impactante o prostituida por una publicidad engañosa.

En algunas ocasiones me han llegado a plantear por qué no se divulgan, como la ciencia, representaciones artísticas como la pintura abstracta o la música clásica. Estaría justificado ya que obras como una pintura de Miró o una ópera de Verdi son manifestaciones de la cultura no fácilmente asimiladas por todos. Sin embargo, hay una diferencia fundamental que nos señala el físico y divulgador Jorge Wagensberg:
La ciencia hace inteligibles ciertas complejidades, mientras que el arte transmite complejidades ininteligibles. La ciencia puede comprender sin necesidad de intuir. El arte puede intuir sin necesidad de comprender.
No obstante, el arte puede popularizarse para acercarlo a la sociedad. Es el caso de Ramón Gener, un barítono que conduce el programa This is Opera, que intenta esto con el belcanto.

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En el programa dedicado a La Traviata Gener comenta, por ejemplo, que el personaje de Violetta Valéry está inspirado en una mujer real llamada Alphonsine Plessis, una famosa cortesana de París. El estreno de la ópera resultó un estrepitoso fracaso porque no recreaba lugares o tiempos remotos (como era costumbre en la época), sino la sociedad del momento, donde la protagonista era una prostituta tan contemporánea que, a buen seguro, muchos de los hombres que se encontraban entre el público habrían contratado sus servicios.

Con toda probabilidad, la persona que asistiera a una representación de La Traviata tras conocer la historia que esconde, le permitiría disfrutar de una experiencia diferente. Con todo ello, el arte no requiere necesariamente de popularización porque no busca la comprensión del espectador. El arte es una experiencia sensitiva que va directa a la emoción y que estimula la vivencia particular de cada uno. La ciencia, sin embargo, sí que busca explicar y comprender hasta la obtención de conclusiones compartidas por todos.

Pero este contraste entre arte y ciencia no debe convertirlos en antagonistas, aunque este veredicto sea el más usual. La confluencia entre ambos campos es más necesaria que nunca y abre nuevas posibilidades para llegar al público. Una de las iniciativas pioneras en este sentido tuvo lugar en Hungría durante la primavera de 1897. El Teatro de la Ópera de Budapest se prepara para una cita poco habitual. Los organizadores querían comprobar si el lugar donde se representaban obras de Mozart y Verdi era adecuado para divulgar la ciencia.

Vista desde el patio de butacas del Teatro Urania.

La obra se llamaba Excursión a la Luna y en ella se describía el astro, su influencia sobre las mareas y su participación en los eclipses. El público no quedó especialmente sorprendido pero habían conseguido llamar su atención. Unos meses después decidieron fundar una sociedad llamada Teatro Científico Urania, cuyo acta de fundación comienza así:

El Teatro Urania tiene como objetivo convertirse en un lugar donde enseñen los científicos, se deleiten los artistas, se inspiren los escritores y se ennoblezcan sus semejantes, además de fomentar el espíritu de interconexión y la pertenencia a una comunidad.
Debido a la naturaleza de las demandas del alma humana, no debemos ignorar o menospreciar la belleza del conocimiento sino al contrario, la aprovecharemos para despertar el interés genuino a través del cual extender dicho conocimiento.
El Urania no puede aspirar a ser un lugar de exploración profunda de ningún tema individual, sino que desarrollará el interés por la verdad y la comprensión. Donde este interés arraigue, la búsqueda de una comprensión más profunda se desarrollará por sí misma, de manera tan natural como la primavera que hace florecer la vida.

En el teatro ha sido particularmente fecunda la divulgación de la Química. Una de las más conocidas es la obra Oxígeno, escrita por el Premio Nobel de Química Roald Hoffmann y por uno de los artífices de la píldora anticonceptiva, Carl Djerassi. En la obra se plantea conceder un Premio Nobel Retroactivo al descubridor del oxígeno, uno de los hallazgos fundamentales de la historia de la Química. Carl Scheele (un boticario sueco), Joseph Priestley (un clérigo inglés) y Antoine Lavoisier (un químico francés) son los candidatos, y todos parecen tener méritos similares. ¿Quién debía ser el galardonado? ¿El primero en obtener el gas, quien lo publicó antes que los otros, o quien realmente comprendió lo que había descubierto?

Una escena en la que discuten Priestley, Scheele y Lavoisier.

Cartel de la obra Oxígeno.




















Otra obra ambientada en la Química es la creada por Antonio Marchal, profesor de la Universidad de Jaén, títulada Estáis hechos unos elementos. En ella, una joven estudiante, cansada de estudiar horas y horas la tabla periódica, se queda dormida. Y a través de un sueño van apareciendo los personajes que han tenido relacióncon el descubrimiento de algún elemento químico. Desde San Alberto Magno, descubridor del arsénico, hasta Marie Curie, descubridora de los radiactivos radio y polonio, pasando por algunos españoles: los riojanos hermanos Elhuyar que descubrieron el wolframio, y Antonio de Ulloa, marino sevillano que encontró el platino en la región del Chocó (Colombia). En el minuto 9:28 del vídeo expresa claramente la dificultad del descubrimiento: ¡Qué trabajito nos costó extraerlo, mi "arma"!


El hecho de que la relación ciencia-artes escénicas tenga "química" parece algo más que un juego de palabras. Puede ser una interacción muy eficaz y con gran aceptación por parte del público. Iniciativas que se han extendido por otras ramas de la ciencia son las conferencias teatralizadas del Institut de Ciència i Teatre (INCITE) o los Discurshow del biólogo y divulgador Xurxo Mariño. Y por seguir con los juegos de palabras, ¿cuánto quedará por descubrir detrás del telón?



miércoles, 30 de marzo de 2016

Rachel Carson - El sentido del asombro

Una científica que tenía que pasar forzosamente por esta sección de Escritura científica creativa es, a mi parecer, Rachel Carson (1907 - 1964). Su activismo y su bella prosa pusieron la nota de atención sobre la influencia medioambiental de la actividad humana. Aunque su obra más conocida e influyente es Primavera silenciosa (1962), hoy me detendré en uno de sus libros menos conocidos, El sentido del asombro (1965), publicado póstumamente.

El libro contiene reflexiones y experiencias mientras cuidaba a su sobrino Roger, partiendo de lo que ella más amaba para entretener al pequeño: los bosques y el mar de Maine.


Una tormentosa noche de otoño cuando mi sobrino Roger tenía unos veinte meses le envolví con una manta y lo llevé a la playa en la oscuridad lluviosa. Allí fuera, justo a la orilla de lo que no podíamos ver, donde enormes olas tronaban, tenuemente percibimos vagas formas blancas que resonaban y gritaban y nos arrojaban puñados de espuma. Reímos juntos de pura alegría. Él, un bebé conociendo por primera vez el salvaje tumulto del océano. Yo, con la sal de la mitad de mi vida de amor al mar.

Cuando Roger me ha visitado en Maine y hemos paseado por esos bosques no he hecho el menor esfuerzo consciente en nombrar plantas o animales ni en explicárselas […]. Más tarde me ha sorprendido cómo permanecen en su memoria cuando le enseño diapositivas […]. Estoy segura de que ninguna instrucción podría haber inculcado los nombres tan firmemente como tan sólo yendo por el bosque con la camaradería de dos amigos […]. De la misma manera, Roger aprendió sobre las conchas en mi pequeño triángulo de arena que bien podría pasar por playa […]. Cuando tenía sólo un año y medio, las llamaba igardos (bígaros), ichinos (buccinos), ojijones (mejillones) sin saber cómo sucedió, puesto que nunca traté de enseñárselas.


El mundo de los niños es fresco y nuevo, lleno de asombro y emoción. Es una lástima que para la mayoría de nosotros esa mirada clara, que es un verdadero instinto para lo que es bello y que inspira admiración, se debilite e incluso se pierda antes de hacernos adultos […]. Si yo tuviera influencia sobre el hada madrina, aquella que se supone preside el nacimiento de los niños, le pediría que le concediera a cada niño de este mundo el don del sentido del asombro tan indestructible que le durara toda la vida, como un inagotable antídoto contra el aburrimiento, el desencanto de años posteriores y la estéril preocupación de problemas artificiales.


Fuente:  Rachel Carson, El sentido del asombro, Ediciones Encuentro, 2012.

jueves, 24 de marzo de 2016

Darwin escribe un whatsapp

Estrenamos nueva sección en el blog. En ella iré publicando aquellos textos que fusionen ciencia y escritura creativa: ficción divulgativa o basada en la ciencia, microrrelatos, cartas y scikus (la versión científica del haiku japonés).

La primera publicación es un diálogo que emplea una conocidísima aplicación para smartphones. El autor de El origen de las especies se ha atrevido con ella para contarme su desasosiego.




Notas:

- El obispo autor del sarcástico comentario fue Samuel Wilberforce

- El paleontólogo Vladimir Kovalevsky, esposo de la célebre matemática Sofia Kovalevskaya, tradujo al menos tres de los trabajos de Darwin. Gracias a su febril dedicación, la versión rusa de La variación de los animales y las plantas bajo domesticación apareció antes que la versión inglesa original. Se cuenta que el matrimonio Kovalevsky transportó las pruebas de El origen del hombre atravesando las líneas durante la Guerra franco-prusiana de 1870.

- Carl Correns, simultáneamente a Hugo de Vries, redescubrió las leyes de la herencia en 1900, y recriminó a De Vries haber omitido la referencia al trabajo de Gregor Mendel. En el último año de su vida, Correns decidió hacer pública su homosexualidad y escribir el libro citado.

martes, 23 de febrero de 2016

En respuesta a "Ayuda al Método Científico"

Desde el blog Las letras de la ciencia nos escribe esta carta un compungido ser. El propio Método Científico, atribulado por las dudas, nos consulta si debería aceptar una oferta cinematográfica para darse a conocer, aunque teme que lo califiquen de frívolo cuando siempre ha luchado por el rigor y la objetividad. Con esta misiva intentaré orientarle.


Estimado Método Científico:


Vaya por delante el sincero aprecio que te tengo. Gracias a ti somos capaces de desentrañar los enigmas que nos rodean sin que nuestras percepciones, sesgos o prejuicios perturben las explicaciones sobre el mundo.

Tu tarea para generar conocimiento científico es indispensable, y no seré yo quien intente convencerte de que traiciones tu esencia. Pero hay seres humanos que no te conocen y muchos de los oyen hablar de ti, así, de sopetón, pensarán que eres un aguafiestas o un “friki”.

Pero no te desanimes, solo es cuestión de conocer algunos secretos sobre nosotros, y te contaré uno de los más importantes: nos encanta que nos cuenten historias. Verás, te pondré un ejemplo.

Un científico que siga estrictamente tus dictados se dispone a analizar una novela como Anna Karenina. Según tus normas, es necesario ser sucinto y preciso en las conclusiones, sin ambigüedades ni ornamentos innecesarios, con lo que escribiría algo así:


En este artículo se estudia el caso de Ana. Una mujer joven y hermosa, casada con un hombre mayor y adinerado. Se aporta como dato complementario que tiene un hijo.

Un día conoce a un militar de facciones armoniosas que la seduce. La mujer abandona a su familia y se fuga con el militar. Regresa tras un tiempo indeterminado para ver a su hijo, pero su marido no se lo permite. Tras muchos sinsabores y enfrentamientos con su familia, poco relevantes para este estudio, y al ambiente social en que se desenvuelve, el militar abandona a la joven objeto de análisis y ella se suicida.

Aunque las relaciones entre hombres y mujeres suelen ser de una complejidad que supera los objetivos de este estudio, se observa una fuerte correlación entre el abandono de Ana y su trágico desenlace.

Aconsejamos futuros estudios debido a que existe incertidumbre sobre la reproducibilidad del experimento en cuanto a la obtención de resultados coincidentes.


Estarás de acuerdo conmigo en que algo así no podría convertirse en una de las joyas de la literatura. ¿Por qué? Porque le falta una de las cosas que más interesa a los humanos: la emoción. Contar la ciencia significa añadir a los asombrosos resultados que tú consigues, estimado Método Científico, toda la historia del camino recorrido. El esfuerzo, la esperanza, los fracasos y, en definitiva, todo el contexto que rodea a los investigadores que lideras.

¿Por qué no poner a Mendeléiev, el padre de la tabla periódica, sobre el escenario de un teatro para que nos relate su logro? ¿O por qué no poner a Cervantes y Einstein a conversar y ver cuánto tienen en común? Si la mismísima Hypatia de Alejandría pasó por la gran pantalla mientras enseñaba en la Biblioteca del Serapeo, tú no puedes ser menos. Estimado Método Científico, acepta la oferta para esa peli y asómbranos con tu historia.

domingo, 14 de febrero de 2016

300 años no es nada

En 2016 se celebra el 400 aniversario de la muerte de Miguel de Cervantes, evento que ha venido a coincidir con la detección de un fenómeno predicho por Albert Einstein hace 100 años: las ondas gravitacionales.

Ambos hechos se encuentran separados en el tiempo exactamente 300 años, y esto no sería más que una mera casualidad si no fuera por otros dos momentos de sus vidas.

En 1605 Cervantes publica la primera edición de El Ingenioso Hidalgo don Quijote de la Mancha, y en el “annus mirabilis” de 1905 Einstein saca a la luz una memorable serie de artículos entre los que se encuentran el dedicado al efecto fotoeléctrico y el que desarrolla la teoría de la relatividad especial.

Se ve que le cogieron gusto a esto de distanciarse tres centurias, pues volvieron a repetir la treta. Mientras la segunda parte de don Quijote de la Mancha veía la luz en 1615, la teoría general de la relatividad era presentada por el físico alemán en 1915. Y digo “mientras” porque, parafraseando el tango relativista de Carlos Gardel, podemos decir que “300 años no es nada”. Permitamos, pues, este salto temporal e imaginemos cómo sería un encuentro entre los autores de tan universales obras, en la lengua y en la época de Cervantes:


Albert Einstein en 1935
Miguel de Cervantes. Retrato de 1600



CERVANTES.- Y dígame vuesa merced, ¿tan errado estaba ese maese Newton, que bien se asemeja con el pastor Grisóstomo por su sapiencia de las estrellas?

EINSTEIN.- ¡De parte a parte, don Miguel! Y gran congoja me produjo en el alma darme cuenta desto, que el bachiller don Isaac bien que estudió los cuerpos, tanto los de esta tierra como los de los cielos, y buena cuenta dio de todas las ciencias que fuera menester.

CERV.- A fe que si otro hubiera sido, yo mesmo daría por cierto que erais vos quien erraba, pues vuestras relatividades sí que parecían asunto de encantamiento, o fábulas para los pobres en erudición y doctrina.

EINS.- Hágome cargo, mi buen amigo, de vuestra pesadumbre, pero heme aquí que con gentil donaire me dispuse a poner orden en aquel entuerto, donde lo más enojoso que presentóseme fue la cuestión del tiempo.

CERV.- Pues más pasmado que temeroso quedeme ante tal desatino, que ya me figuraba el tiempo como barro de alfarero para ser moldeado como a uno le plazca.

EINS.- Que no os pese este hecho, pues el tiempo sólo muestra estas caprichosas andanzas cuando quien las experimenta se mueve con gran celeridad.

CERV.- ¿Estáis acaso diciéndome que los presurosos y los que de nervio tienen hecho el cuerpo, pueden sacar más provechosa industria? Mire vuesa merced que las prisas traen mucho desconcierto y poco acierto.

EINS.- No me refería a eso. La celeridad de la que hablo sólo puede compararse al movimiento de una centella. Ni la montura de vuestro célebre hidalgo se acercaría, a pleno galope, a la rapidez necesaria. Haría falta que don Quijote picara espuelas sobre otro tipo de rocín que, si me permitís bautizarlo, debiéramos llamar fotín. (1)

CERV.- ¿De qué jamelgo prodigioso me habláis, del que no he oído ni en todos los libros de caballería?

EINS.- A decir verdad, resulta de lo más esquivo. Pero las maravillas que se le atribuyen son incontables. Al emprender viaje con él, el tiempo discurre con lentitud pasmosa aunque nada hágalo sospechar. De aquesta guisa, podría ver envejecer a propios y extraños mientras mantiene vuesa merced su lozanía. ¡Un viaje en el tiempo, querido don Miguel!

CERV.- ¡Cuánto de mi agrado sería retornar al pasado a lomos de ese fotín! Me ocuparía en deshacer los gazapos en los que hice aventurarse a don Quijote. Recuerdo una vez, ante el inminente gobierno de la ínsula, después de que Sancho escribiera una carta a su mujer un veinte de julio, híceles retroceder a caballero y escudero a la víspera de San Juan, entrando en Barcelona.

EINS.- En realidad, ese gazapo no precisa enmienda. Permita usted que don Quijote viaje en el tiempo, si ello es menester para las aventuras que reclamen su gallarda atención. Ya que la ciencia determina la relatividad del tiempo, dejemos que don Quijote cambie rocín por fotín cuando le sea preciso.

CERV.- ¡Vuesa merced es un ladino! No seré yo quien niegue a don Quijote este beneficio por obra de vuestras relatividades, pero no bastará para domeñar otros deslices. ¿Cómo arreglaréis el entuerto según el cual, tras robarle Ginés de Pasamonte a Sancho su asno, reaparezca el jumento sin explicación como si de asunto de brujería se tratara?

EINS.- Tengo explicación para ello sin recurrir a brujería, y ahora mesmo os daré cuenta. Otro de los hallazgos de la moderna ciencia, que se ha dado en bautizar como cuantos, asevera que estos diminutos malandrines pueden desaparecer de un lugar para surgir en otro sin tener que atravesar el camino que los une. ¿Os imagináis que don Quijote no tuviese que vagar por peligrosas sendas entre entuerto y entuerto?

CERV.- Esto es más de lo que el magín me permite concebir. ¿Cómo puede albergar tanta maravilla algo tan minúsculo? Podría jurar que lo que contáis no son sino fantasías y leyendas.

EINS.- Así les parecía a los sabios, que no dejaban de frotarse los ojos ante tal desconcierto. Os aseguro, don Miguel, que es veraz todo cuanto os digo.

CERV.- Vaya por delante que os creo, don Alberto, aunque me sorprenda en grado sumo. ¿No tendréis más cuantos de esos para salir airoso de todos los gazapos que os presente?

EINS.- Pues aún habéis de descubrir más hechos asombrosos sobre los cuantos, y que explicarían otras aventuras del caballero andante. Cuando don Quijote veía los ejércitos de Alifanfarón y Pentapolín en combate, donde Sancho sólo vislumbraba rebaños de ovejas, o el yelmo de Mambrino como una vulgar bacía de barbero, no tenía por qué deberse a locura o encantamiento.

CERV.- ¡No es posible! ¿Cómo pretende la ciencia dar razón a lo que sólo puede ser fruto de un delirante hidalgo?

EINS.- Delirante es, sin duda, lo que os expongo. Y no os reprocharé que os mostréis incrédulo, si no lo estabais hasta ahora. Que al ir a averiguar qué suerte de misterio eran estos cuantos, hiciéronlos pasar por dos ranuras para determinar por cuál dellas pasaban. Y resulta que pasaban por las dos a la vez cuando los sabios no estaban vigilantes, y por una sola dellas cuando no quitábanles ojo de encima. Así que bien podían tener un aspecto cuando miraba don Quijote, y presentar otro ante los ojos de su fiel escudero.

CERV.- ¡Lo vuestro es serio, estimado don Alberto! No os ha bastado poner patas arriba toda la filosofía natural, que habéis creado un caballero andante relativista y cuántico. Y usando los argumentos de la ciencia de los cuantos, ¿no prueba esto, en el fondo, que don Quijote estaba loco y cuerdo a la vez?

EINS.- Querido amigo, en realidad conocéis más de la ciencia de lo que vos mesmo imagináis. Ni la paradoja del gato de Schrödinger tiene secretos para vuesa merced.

CERV.- A fe que no he oído hablar del felino de ese buen hombre que mencionáis, que sólo viene a mi mente la desigual batalla de don Quijote con aquel gato, que se le asió con uñas y dientes al rostro y a las narices, dejándole acribado el primero y no muy sanas las segundas. Y a todo esto, ¿no me estaréis dando gato por liebre con todo lo que me contáis?

EINS.- Tened por bueno todo lo que os he dicho, don Miguel, que aunque la ciencia tenga un nombre del que muchos no quieran acordarse, intenta desentrañar los misterios del mundo, dejarnos su filosofía en herencia, y mejorar la vida del ciudadano de a pie. ¿No podría afirmarse que la ciencia también profesa la caballería andante, aventurándose por lugares desconocidos y desfaciendo cuanto entuerto le salga al camino?

CERV.- Muy cierto es, que si adarga y rocín tenía don Quijote, no son menos el conocimiento y la curiosidad para tal empresa. ¿Y no sería menester que alguien tomara la pluma para contar las andanzas de esta clase de caballería, y así fueran conocidas por todo el vulgo?

EINS.- En efecto, la ciencia divulgada, como se ha dado en llamar, aún tiene camino por recorrer, aunque los cronistas que della escriben no son más que escuderos a los ojos de algunos caballeros filósofos.

CERV.- Que no os ofenda tal consideración. Justicia les hacen llamándoles escuderos, pues no era otro que el buen Sancho quien debía sacar cordura y entendimiento de la tortuosa cabeza de su señor. Escuderos de clara pluma deben de ser para que leyéndolos, no padezca el vulgo la pérdida de juicio ante las incomprensibles jergas de los filósofos, como aconteciera a don Quijote con los intrincados libros de caballería. ¿Prometéis que estos cronistas velarán por el buen juicio de sus convecinos?

EINS.- Os prometo que se hará lo mejor que se pueda. A los cronistas del vulgo les aguarda, en estos tiempos modernos, singular batalla con los pseudocaballeros y demás gente de baja estofa.

CERV.- A buen seguro que pluma y metáfora en ristre, harán honor a sus armas. Ea, pues. Hasta más ver, don Alberto.

EINS.- Hasta más ver, don Miguel.
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(1) Versión cervantina del cuanto de luz o fotón.