domingo, 6 de abril de 2014

¿Divulgación Científica? Ahora más que nunca (III)



¿Pensáis que la fábula de la 2ª parte de este post resulta inverosímil? En lo que se refiere a la violación de leyes naturales, como la gravitación o el segundo principio de la termodinámica, desde luego, pura fantasía. Pero si la trasladamos de contexto, no resulta tan increíble.
Todo comienza con la modificación o abolición de una ley. En el mundo de las finanzas, el principio del desastre comenzó con la supresión de la ley Glass-Steagall, en vigor desde el 16 de junio de 1933 (tras el crack de 1929), con la misión de mantener separadas las banca de depósito de la banca de inversión, de igual manera que los científicos tratan de mantener separadas la ciencia de la pseudociencia.
Eliminada esta primera traba, los ahorros de los ciudadanos dejaban de estar protegidos de la especulación. Los “alquimistas” financieros comenzaron a transformar los productos que manejaban, prometiendo la “transmutación en oro” mediante la “magia” del siglo XXI: dividendos de ensueño a través de finanzas herméticas y oscuras. A fin de cuentas, les interesaba dar la imagen de que la economía a gran escala es demasiado complicada para que el ciudadano de a pie pudiera comprenderla.
Y, desde luego, creían haber encontrado “la piedra filosofal” en el ámbito de las hipotecas. Eso sí que fue una auténtica abolición de las leyes de la Termodinámica: comenzaron a creer que era posible obtener beneficio de la nada y que, además, se incrementaba con el tiempo. Nadie en su sano juicio pensaría que un proceso así, que desvirtúa incluso las leyes naturales, pudiera sostenerse.
Y efectivamente, un día todo colapsó. Los arquitectos del desastre sólo tuvieron que sentarse a esperar que todo cayera. Ya ellos habían apostado a que ocurriría, para obtener una última ganancia de las pérdidas globales, como los científicos de la fábula. Desgraciadamente, no actuaron igual que éstos. Esas ganancias no iban a invertirse en una ciudad o un país que había aprendido la lección. En el mundo real, casi nadie ha aprendido la lección.

Sin embargo, algo muy grave había sucedido, y los ciudadanos necesitaban comprender cómo había sido posible. Todo tipo de obras de divulgación sobre economía abarrotaron los escaparates de las librerías: La crisis “para torpes”, Otra economía es posible…
¿Vamos a actuar siempre del mismo modo? Como ciudadanos razonables y racionales, ¿vamos a esperar a que sucedan desastres o disparates similares para informarnos sobre temas de ciencia que nos atañen tanto como nos afectan? Es un lujo que no podemos seguir permitiéndonos. Hay que tomar la iniciativa para crearnos un juicio crítico respecto a cuestiones de ciencia, antes de vernos sorprendidos por tergiversaciones de políticos o por sensacionalismos de medios de comunicación.
La ciencia sostenible no se logra sólo desde la economía, en forma de fondos que inviertan en ella. Se corona cuando llega a la sociedad como conocimiento que impulse a reflexionar sobre sus descubrimientos, sus repercusiones, sus controversias. Cuando hacemos nuestra su forma de pensamiento para que prejuicios, filias y fobias no enturbien los razonamientos.
Porque la ciencia es el mayor y más exitoso esfuerzo colectivo de la humanidad por comprender el mundo, sólo puedo decir: ¿divulgación científica? Ahora más que nunca.

sábado, 29 de marzo de 2014

¿Divulgación científica? Ahora más que nunca (II)



Casi puedo imaginarme, si en Indiana se hubiera aprobado el proyecto de ley (ver parte I del post), la cara de perplejidad de los trabajadores de la época al tratar de construir ruedas de carro, piedras de molino o toneles. No hubiera habido manera de conseguir algo perfectamente redondo con el nuevo valor de pi.
          Este ejemplo parece una caricatura de lo que sucede continuamente a nuestro alrededor, y que solemos denominar pseudociencia. Englobadas en este término se nos vienen a la mente multitud de creencias más o menos peculiares: astrología, homeopatía, medicina bioenergética, reiki… pero hay una de la que nunca sospecharíamos. Atrincherada tras un sofisticado aparato matemático, sus encorbatados y leales servidores modelan a voluntad sus pautas para desgracia del mundo entero: la economía moderna. Sobre ella, el físico y filósofo Mario Bunge afirma:

El fundador de la macroeconomía moderna, John Maynard Keynes, hizo una advertencia que se cita a menudo, pero a la que rara vez se atiende: “las ideas de los economistas y los filósofos políticos, tanto cuando son acertadas como cuando son erróneas, son más poderosas de lo que se cree habitualmente. En efecto, el mundo es gobernado por ellas y por casi nada más. Los hombres prácticos – quienes se creen libres de toda influencia intelectual – son, por lo general, esclavos de algún economista difunto”. La grave crisis económica que comenzó en septiembre de 2008 y tomó por sorpresa a todo el mundo – lo que incluye a cientos de miles de banqueros de inversiones, asesores financieros, ministros de finanzas, y profesores de economía, finanzas y administración del mundo – es un caso pertinente. Suscita la pregunta de si las ideas que guiaron a esos supuestos expertos son realmente científicas o, por el contrario, un revoltijo de semiciencia y pseudociencia.

Y la verdad es que la actividad financiera contemporánea tiene mucho de pseudociencia, no tanto por las actividades irresponsables y suicidas de los agentes financieros, sino por las reglas que pretendieron saltarse o manipular a su antojo.
En la primera parte de este post hablamos sobre la necesidad de que los políticos se dejaran asesorar más por los científicos. Imaginemos un caso en el que los científicos adoptaran las tácticas de economistas y brokers para “alterar las reglas” que estudian y conocen a la perfección: las leyes naturales.


La extraña quietud de Lipidia

Hace 52 años de la publicación de Primavera silenciosa, la obra de Rachel Carson que removió conciencias sobre el impacto ecológico del empleo de los plaguicidas, y que pronto se convirtió en uno de los libros de divulgación científica más influyentes. El primer capítulo de Primavera silenciosa tiene por título Una fábula para el día de mañana, un relato de una ciudad imaginaria dominada por una extraña quietud y sin atisbos de criatura viviente.
 Salvando las distancias, haré un modesto intento a través de una fábula, como Rachel Carson, para ilustrar esta desviación de la ciencia hacia “el lado oscuro”, con lo sucedido en una ciudad donde también acabó reinando un sospechoso silencio.
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En la ciudad de Lipidia, la prosperidad se mide en kilos. El peso de más que muestran orgullosos sus orondos habitantes es su seña de identidad. Los lípidos se encuentran en abundancia tanto en sus generosas carnes como en toda su gastronomía.
Los habitantes de Lipidia nunca tuvieron demasiada confianza en la medicina, pues todos estaban más que hartos de que los galenos les recomendaran insistentemente la necesidad de adelgazar.

- Un lipidio escuálido no puede ser feliz. ¡Esos matasanos no saben de lo que hablan! –comentaba en la calle un mofletudo caballero que desplazaba por la acera sus 180 kilos.

A decir verdad, tampoco tenían demasiada confianza en la química. En los mercados de la ciudad jamás entraban alimentos foráneos con todos esos “venenos” en forma de aditivos, y mucho menos los manipulados genéticamente.

- ¡Hasta ahí podríamos llegar! –decía una rolliza señora mientras recolectaba lechugas en su huerto- Esto sí que son productos naturales y sanos, sin porquerías químicas.

          Para ser sinceros, tampoco tenían mucha confianza en los físicos.

          - Esos no son de fiar –dice el alcalde, haciendo crujir el sillón del ayuntamiento bajo sus 150 kilos-. Nos insisten en que pongamos pararrayos en los edificios altos, como si eso fuera a servirnos de algo ante la furia de los cielos. ¡Que se dejen de pararrayos y nos quiten esas antenas que han puesto en la colina, que nos tienen enfermos a todos!

          Definitivamente, los lipidios no confiaban en nada que tuviera que ver con la ciencia. Estaban convencidos de que era algo que no les resolvía nada y les complicaba la vida. “Los científicos, poquitos y lejos”, se les oía decir con frecuencia.
          Hartos de ser ninguneados por los habitantes de Lipidia, urdieron un plan que habría de servirse del analfabetismo científico de éstos. Todo comenzaría con una estrategia para potenciar el avance y la innovación en la ciudad, y los lipidios tendrían que estar a la altura de la imagen que se debía ofrecer.
          Los científicos convocaron a los ciudadanos para comunicarles que ponían a su disposición, por un módico precio, un método de adelgazamiento que no precisa seguir ningún tipo de régimen. Solamente ingerir el contenido de una ampolla una vez al día.

          - Es una técnica revolucionaria –dijo uno de los expertos-. Hemos descubierto que la grasa, causante de la obesidad de todos nuestros convecinos, si se diluye un número muy elevado de veces, hace el efecto contrario y ayuda a adelgazar.

          Por primera vez, y sin que sirviera de precedente, todo el mundo escuchaba a los científicos sin pestañear, sin perderse un solo detalle de lo que decían. Los expertos les aseguraron que el tratamiento sería asequible para todos los bolsillos, y que comenzarían a notar sus efectos desde las primeras tomas.

          Lo que no dijeron fue la verdadera manera en que se produciría la disminución de peso. Después de haber preparado aquellas ampollas de alcohol, diluyendo unos gramos de tocino de cerdo hasta casi el infinito, se las vendieron a una población impaciente por notar el efecto en sus básculas. A partir del día siguiente, como habían acordado en la Academia de Ciencias, reducirían paulatinamente el valor de la aceleración de la gravedad, hasta ese momento fijado en 9,8 m/s2.

En un mes, los científicos habían descendido el valor hasta los 4,9. Los habitantes de Lipidia contemplaban con alborozo que todos habían reducido su peso exactamente a la mitad, sin que se les notara merma ni desmejoramiento en su aspecto físico. Estaban encantados. Era mucho más agradable presumir de peso ideal que de mostrar lorzas y michelines. Cajas y cajas de las ampollas milagrosas, con alcohol como único ingrediente, salían a espuertas para proporcionar cuantiosos beneficios a los científicos.

Pero esto era sólo el principio. El siguiente paso del plan afectaba a un asunto tan estratégico como la energía. De nuevo, en connivencia con la Academia de Ciencias, se organizó una asamblea extraordinaria para aprobar la próxima acción: abolir la segunda ley de la Termodinámica. De nuevo, se convocó a los exultantes lipidios para explicarles, en Román paladino, las consecuencias que traería esta abolición.

- Esta medida que acabamos de tomar por unanimidad significará el avance definitivo de nuestra ciudad hacia un futuro de progreso desconocido hasta entonces. La supresión de la segunda ley de la Termodinámica elimina la factura que nos imponía la naturaleza de manera inexorable, una tasa energética tan desproporcionada que ningún gobierno se atrevería a implantar.
Desde mañana, todas nuestras máquinas funcionarán sin requerir un aporte de energía continuo. Bastará un impulso inicial para que cualquier ingenio mecánico continúe funcionando por sí solo. Nuestros electrodomésticos podrán desconectarse de la red y seguirán funcionando; nuestros barcos y nuestros vehículos no dependerán más del petróleo pues obtendrán el calor necesario para sus motores del agua del mar o de la atmósfera. La era del movimiento perpetuo comienza en nuestra ciudad.

Los lipidios no salían de su asombro. Por fin los científicos servían para ofrecerles un futuro tan prometedor como nadie hubiera sospechado. No más facturas de electricidad, no más repostaje en la gasolinera… esto era el progreso en su grado máximo. Pero no todos los habitantes estaban tan contentos. Ante el anuncio hecho por la Academia de Ciencias, el pánico se desató entre los directivos de las compañías eléctricas y de las petroleras.
Esa misma noche, las acciones de las grandes empresas energéticas cayeron en picado. Las pérdidas eran monumentales. El mercado se inundó de acciones a la venta que perdían valor a cada hora, a cada minuto.

Al comenzar el nuevo día, el optimismo con el que amanecieron los lipidios fue desapareciendo cuando descubrieron que ningún artefacto mantenía su funcionamiento por sí solo, como les habían dicho los científicos. El silencio aplastante de la ciudad, con todas sus máquinas y vehículos detenidos, tenía como testigos a unos habitantes mudos y desorientados. Nadie recordaba una quietud como aquella, mientras en su mente bullían multitud de preguntas.

- ¿Habrán suprimido la abolición de la ley sin decirnos nada? ¿Será que han retrasado su entrada en vigor y continuamos sufriendo esa condenada segunda ley?

Confundidos, todos acudieron apresuradamente a primera hora de la mañana al salón de plenos del Ayuntamiento, donde les esperaban los nuevos y flamantes accionistas de las empresas energéticas: los miembros de la Academia de Ciencias. La liquidez obtenida por la venta de las ampollas homeopáticas se había convertido en una magnífica inversión.

Les explicaron que, en realidad, nadie había perdido un solo gramo de sus generosas figuras, y que todo había sido fruto de la manipulación de la ley de la gravedad... o de la manipulación que habían sufrido por su ignorancia científica.

A partir de aquel día, y con la humildad de la lección aprendida, los lipidios se interesaron mucho más por la ciencia y escuchaban con más atención a sus expertos. Al fin y al cabo, los considerables fondos que otorgarían las acciones a la Academia se emplearían para el avance y el beneficio de la ciudad, esta vez de verdad.

Eso sí, todos los habitantes se comprometieron a disciplinarse para adelgazar y a ser responsables con el consumo de energía porque en Lipidia, la ley de la gravedad y la segunda ley de la Termodinámica, volvieron a cumplirse sin excepción.


Fuente:
Las pseudociencias ¡vaya timo!, Mario Bunge, Laetoli, 2010.

lunes, 24 de marzo de 2014

¿DIVULGACIÓN CIENTÍFICA? AHORA MÁS QUE NUNCA (I)



- Nos falta conseguir un economista para presidente del Consejo Científico.
- Cuidado, hoy la economía es magia, por eso es el "saber" dominante. Un
  mago a cargo de la ciencia. Interesante.
Conversación entre dos usuarios de Twitter


Cuando la política se mete en asuntos de ciencia… malo, malo. Las decisiones que nuestros gobernantes toman a este respecto casi siempre resultan nefastas, y si resultan nefastas para la ciencia, lo son para el futuro, la innovación y la competitividad del país, temas que curiosamente se asoman a sus discursos con gran frecuencia.
          Y cuando afirmo que los políticos intentan “la cuadratura del círculo” con la ciencia, no me estoy refiriendo a que pretendan que se investigue más y mejor con cada vez menos recursos. Tampoco me refiero a su generosidad en formar a investigadores de primera línea para que deban marcharse a prestar sus valiosos servicios a otros países. No, no. Me refiero a la cuadratura del círculo propiamente dicha. Verán, les cuento.
          Resulta sorprendente para el no experto que construir, mediante regla y compás, un cuadrado con igual área que un círculo dado sea imposible. Hasta que el matemático Ferdinand Lindemann (1852 – 1939) demostró tal imposibilidad en 1882, se han registrado numerosos intentos para resolver el problema. El primero de ellos aparece en el Papiro Rhind junto a otros problemas matemáticos planteados hace 4.000 años. La naturaleza del número pi hace que no pueda ser representado ni mediante una fracción, ni empleando un método geométrico como el que permite obtener, por ejemplo, raíz de 2.


          Como se observa en la figura, si la diagonal de un cuadrado de lado 1 se traslada mediante compás a la recta real, se obtiene el valor de raíz de 2, como puede comprobarse mediante el teorema de Pitágoras
          En 1894, un médico rural aficionado a las matemáticas llamado Edwin J. Goodwin, decidió ignorar o no dar por buenos ni la demostración de Lindemann ni los cálculos del número pi de todos sus antecesores hasta llegar a Arquímedes. En un artículo publicado en The American Mathematical Monthly (sobre el que la revista declina toda responsabilidad), Goodwin realiza su particular cuadratura del círculo de la que se deducía que el valor de pi es 3,2. Este dislate no pasaría de un error anecdótico por parte de un aficionado a las matemáticas si no fuera por la segunda parte de la historia. Goodwin, satisfecho, registró su “descubrimiento”, pero quiso que los escolares de su estado natal, Indiana, se beneficiaran sin coste de su hallazgo. Tras hacerle llegar la idea al representante de la Asamblea legislativa, Taylor I. Record, éste presentó un proyecto de ley para la aprobación de la nueva “verdad matemática”. Con el visto bueno de la Comisión de Educación, pasó a votación en el Congreso que lo aprobó por unanimidad. El proyecto de ley 246 de 1897 sólo necesitaría la aprobación del Senado para establecer el nuevo valor de p en el Estado de Indiana.
          Por una afortunada casualidad, Clarence A. Waldo, profesor de matemáticas de la Universidad de Purdue, se encontraba en el Senado para gestionar el presupuesto de la Academia de Ciencias cuando se debatía el proyecto de ley sobre el número pi. Absolutamente horrorizado por la iniciativa, logró convencer a un grupo de senadores para que el proyecto no fuera aprobado.
          Podemos extraer como moraleja de este relato, que parece una fábula pero que es completamente real, que la ciencia está, entre otras cosas, para ayudar a los políticos en la toma de decisiones. Platón afirmaba que para un gobernante eran esenciales tanto las matemáticas como la filosofía. Y si el gobernante de turno sólo tiene formación en humanidades y una escasa formación científica (como suele ser en la inmensa mayoría de los casos) debería escuchar atentamente lo que los científicos pueden decirle. Manuel de León, director del Instituto de Ciencias Matemáticas del CSIC, comenta en su entrevista a El Confidencial que “debería ser casi obligatorio que la clase política se dejara asesorar más por los científicos”.

(continuará)

Fuentes:
Periódico El Confidencial, 4 de enero de 2014.

lunes, 24 de febrero de 2014

Operación Palace o una reflexión anticonspiranoica

Para empezar, me quedo con el artículo de Mariola Cubells Operación Palace: Évole sin miedo:

¿Qué hizo anoche Évole? Arriesgarse, innovar, usar la tele para bien, vapulear mentes aletargadas [...] provocar un debate necesario con nuevas maneras de hacer televisión. Hacernos pensar, hacernos rabiar, convulsionarnos, matar el aburrimiento [...]

Documental "Operación Palace"

Aunque Jordi Évole se inspirara en el documental-ficción Operación Luna, ya La Sexta había rodado Viva la República, una ucronía sobre el rumbo que podría haber tomado la historia de España si el bando republicano hubiera ganado la Guerra Civil. En esa ocasión no se organizó tanto revuelo como el que ha copado las redes sociales con la emisión de Operación Palace, aunque unas cuantas críticas y burlas sí que hubo.
 Documental "Operación Luna"

 Documental "Viva la República"

Y es al respecto de estas críticas que añado una reflexión más a las que me ha suscitado el documental sobre el 23-F. Me parece un terrible error calificar de "engaño" un ejercicio periodístico como éste. Estamos hartos que los políticos de turno mientan y "nos la metan doblada" y, en nuestra indignación, metemos en el mismo saco a otros gremios que nada tienen que ver con las promesas y los programas de los gobernantes. ¿Desde cuando recrear una ficción ha pasado de ser un género literario a un intento de embaucar y engañar a la población? ¿Por qué un periodista no puede hacer uso de este género como lo hace un escritor en una novela histórica?

Yo no compararía el documental Operación Palace con la adaptación que hizo para la radio Orson Welles de La guerra de los mundos en 1938. El documental, al fin y al cabo, se basa en hechos reales del pasado que se consideran bajo un punto de vista ficticio pero con cierta dosis de verosimilitud, algo bien distinto a horrorizar a la población de Nueva York con una invasión extraterrestre.

Orson Welles
Un comentario de Twitter retrotrae la polémica de este documental a la que levantó, en su momento, el film de Roberto Benigni La vida es bella, donde voces críticas similares se alzaron contra el uso del Holocausto para que una comedia hiciera caja. En mi modesta opinión, tanto película como documental merecen mi aprobación porque ambos poseen una cualidad poco frecuente: entretener a la vez que educar.


Cartel del film "La vida es bella"

Otro comentario de Twitter insiste en que Évole se equivoca si piensa que no sabemos reflexionar solitos. Pues la verdad es que hay muchos ciudadanos que no saben (o no se molestan) en reflexionar solitos. Y me refiero, por ejemplo, a esos padres "responsables" que se niegan a vacunar a sus hijos porque "han oído" que las vacunas provocan autismo. O a los "conspiranoicos" que insisten en que el viaje a la Luna fue una farsa, o que las estelas de condensación de los aviones son fumigaciones tóxicas (chemtrails) destinadas a controlar la natalidad, a propagar enfermedades o a causarnos mutaciones genéticas. O a los que compran productos cosméticos por un ojo de la cara que les prometen la activación de "los genes de juventud", pero les escandaliza que haya en el mercado tomates "transgénicos".

Para terminar, me quedo con el post de Juan Luis Sánchez A lo mejor "Operación Palace" no va del 23-F, y estoy absolutamente de acuerdo. Es posible que el fallido Golpe de Estado de 1981 sirva sólo de trama para abrir debate sobre otros asuntos: sobre saber ser críticos, en lugar de confundir ficción con engaño, mientras pasamos de puntillas junto a otras irracionalidades e incoherencias que sí necesitarían nuestra enérgica protesta. En definitiva, un toque de atención desde el mundo del periodismo hacia un deber de toda sociedad educada, racional y madura: saber tamizar la información para distinguir la veracidad de la charlatanería.

¡Olé por Évole, por su equipo y por todos los participantes en este documental!