jueves, 22 de septiembre de 2016

¿Qué tienen en común el burkini y la bandera europea?

Anteayer volvió a ocurrir. Tres mujeres fueron expulsadas de un centro deportivo de Granada por pretender bañarse en la piscina con un burkini. Los eufemismos, lo políticamente correcto o, simplemente, la estupidez con asuntos como estos me asquean. Hace décadas era un escándalo que una mujer hiciera topless en una playa y ahora que vaya “excesivamente” vestida.

 
El problema, por supuesto, es el origen religioso de la prenda, ideada en 2003 por la diseñadora australiana de origen libanés Aheda Zanetti. Al igual que ya ha sucedido con el uso del hiyab o velo islámico, su uso en Europa ha abierto polémica desde hace tiempo. Francia, el país de la UE con mayor porcentaje de población musulmana, ha prohibido desde 2004 el uso del velo en las escuelas públicas en virtud de la ley de símbolos religiosos. 

¿Ley de símbolos religiosos? Pues si se tuviera que aplicar con todas sus consecuencias saldría bastante mal parada la propia bandera de la UE. El encargado del diseño de la bandera europea, un pintor de Estrasburgo llamado Arsène Heitz, declaró haberse inspirado en un pasaje del Libro del Apocalipsis que dice: “Y apareció en el cielo un gran signo: una mujer revestida del Sol, con la Luna bajo sus pies y una corona de doce estrellas en su cabeza” (Ap 12:1). Para poner la guinda al diseño, la bandera azul con las doce estrellas fue aprobada por el Consejo de Europa el 8 de diciembre de 1955, festividad de la Inmaculada Concepción. Y por si esto fuera poco, el primer edificio público en el que ondeó la bandera el 21 de octubre de 1956 fue la Catedral de Estrasburgo.



La Inmaculada Concepción de la Rue de Bac en París,
con las doce estrellas sobre su cabeza.




















Yo voy a hacer mi propuesta desde el ámbito de la ciencia, desde el cual me causa cierta desazón que, por ejemplo, al datar fósiles haya que recurrir a fechas “antes de Cristo”. A decir verdad, la ciencia ya ha propuesto otra referencia para la datación sin necesidad de recurrir a hechos divinos. El origen para la datación se sitúa en el año 1950, y su elección no resulta arbitraria. 

En 1950 se establecieron las curvas de calibración para la datación por radiocarbono, y es una fecha inmediatamente anterior a las primeras pruebas atmosféricas de armas nucleares que alteraron las proporciones de isótopos en la atmósfera, incluido el carbono-14. De este modo, las fechas anteriores a 1950 se etiquetan con “antes del presente (AP), o en inglés "before present (BP)". La historia se repite, pues una de esas pruebas nucleares se realizó en el atolón de Bikini, que dio nombre desde entonces a ese otro traje de baño que también sufrió, en su momento, escándalo y prohibiciones.

Y me atrevería a ir un poco más allá adoptando la medida del tiempo propugnada durante la Revolución francesa: un calendario sin referencias religiosas o mitológicas y un reloj que marque las horas en base al Sistema Métrico Decimal


 
Meses del calendario republicano francés
que comenzó el 22 de septiembre de 1792 (año 1).


Reloj con esfera de 10 horas.




Por lo tanto la fecha de hoy, 22 de septiembre de 2016 a las 11:31 horas, se transformaría en 1 de vendimiario del año 225 (si os sentís revolucionarios) o del año 66 DP (después del presente) a las 4:80 horas.



Por cierto, el calendario republicano francés comienza con el equinoccio de otoño, así que aprovecho la ocasión para desearos ¡FELIZ AÑO NUEVO!

sábado, 27 de agosto de 2016

La ciencia cuenta si se cuenta la ciencia (y IV)

REDEFINIENDO LA CIENCIA COMO TEMA DE ESCRITURA

(viene de la parte III)

Las fronteras reales son siempre difusas,
pero se hacen nítidas con solo imaginarlas.
Jorge Wagensberg


Deborah García Bello es química, profesora y excelente divulgadora, pero cuando contaba 15 años todos estos logros profesionales estaban por decidir. Su dilema comenzaba desde la base: ¿Debía estudiar Ciencias o Letras? La eterna dicotomía. Así que durante ese verano, tras darle muchas vueltas, finalmente lo tuvo claro.

Mi razonamiento quizá fue inmaduro, pero me ayudó a tomar una decisión: puedo seguir leyendo poesía, novela, yendo al teatro, viendo Arte, sin tener que estudiarlo, podré seguir disfrutando de ello, pero con la Ciencia no pasa eso, por mucho que lea por mi cuenta nunca sabré todo lo necesario como para sentirme a gusto […]

Argumentándose a sí misma, la suerte estaba echada. Estudiaría Ciencias. Aunque a Deborah este razonamiento le ayudó a definir su camino, a mí me ha generado cierta inquietud. La poesía, la novela, el teatro o la pintura pueden disfrutarse sin tener que estudiarlos, sin ser conocedores o iniciados. Pero la ciencia no se ajusta a ese modelo. Parece lógico porque el arte apela a nuestra emoción y a nuestra experiencia vital, mientras que la ciencia invoca nuestros conocimientos por lo que aquel que no los tenga o los haya olvidado, es fácil que se sienta excluido. De aquí a no considerar la ciencia parte de la cultura solo hay un paso.

Recurriendo ahora a mis propios recuerdos como estudiante, en una ocasión mi profesor de Ecología nos desmintió que la selva del Amazonas fuera uno de los pulmones del planeta, como suele decirse. Un bosque maduro como este consume por respiración tanto oxígeno como el que produce por fotosíntesis. Por lo tanto, es muy lícito defender la biodiversidad de este valioso ecosistema pero echando mano de argumentos válidos, no de mitos.



Lo mismo opino del anterior tuit que defienden la mayoría de los divulgadores. Crear una sociedad formada, competitiva y coherente depende, en primer lugar, de una educación formal que no está alcanzando de manera completa este triple objetivo. Y sin esta base la divulgación científica lo tiene difícil para alcanzarlo por sí sola. La divulgación de la ciencia es necesaria y merece ser defendida, pero no con argumentos que, hoy por hoy, son una esperanza más que un hecho.

Hay un aspecto que considero necesario para que este panorama pueda cambiar. Un buen comienzo para que los ciudadanos lleguen a asimilar la ciencia como parte integrante de la cultura requeriría, en mi opinión, abandonar el concepto de divulgación como cajón de sastre que categoriza y aísla todo lo que huele a ciencia accesible.

Expongo varios ejemplos de ello. En El País Semanal la escritora Rosa Montero nos habla de un proyecto del Instituto de Astrofísica de Canarias en el que ha tenido la oportunidad de participar, y en su libro de memorias La ridícula idea de no volver a verte nos cuenta el duelo vivido por la pérdida de su pareja en paralelo al de Marie Curie tras fallecer su esposo. A nadie se le ocurriría calificar estos textos como divulgación, a pesar de que contiene información relevante y accesible sobre ciencia o sus protagonistas.

En 2001 los químicos Carl Djerassi y Roald Hoffmann escribieron una obra de teatro sobre los descubridores del oxígeno, un encuentro ficticio entre los tres científicos y sus esposas en el marco de un hecho real de la historia de la Química. ¿Debe calificarse de divulgación? ¿Está más cerca de la ciencia o de la literatura? El propio Djerassi prefiere considerarse “contrabandista intelectual” que hablar de una obra didáctica o de divulgación: “Didáctico –es de decir, aburrido– suele ser el término más condenatorio que un crítico puede utilizar para ahuyentar a la audiencia potencial de una obra.” Jorge Wagensberg también prefiere hablar de “pensador intruso” a quien se atreve a pasar la frontera entre ciencias y humanidades.

¿Y una mujer que tiene un hijo aquejado de una enfermedad rara? Ha de aprender de genética para saber qué es un cariotipo o una dolencia autosómica recesiva. Y de estadística, para asimilar que el 70% de los casos quedan sin diagnosticar, o comprobar que es más probable estar afectado por una enfermedad rara que ganar la lotería de Navidad. Se hace experta en administraciones públicas para descubrir las ayudas a las que puede acogerse, y también en psicología para seguir adelante con su vida personal sin desmoronarse. Esta mujer ha ejercido de divulgadora consigo misma para adaptar estos conocimientos a su contexto. Y cuando le cuenta al público los pormenores de su día a día, ¿está haciendo divulgación para concienciar sobre las enfermedades raras o solo está contando su historia? ¿O está haciendo las dos cosas?

Desde luego, estos ejemplos tienen algo en común: emplear la emoción y las historias personales para contar sobre ciencia. Y contrasta claramente con el estilo generalmente empleado en los blogs de ciencia, a caballo entre lo didáctico y lo académico. En definitiva, la divulgación tiene que atreverse a ser intrusa y navegar mucho más por los dominios de la emoción y del uso literario del lenguaje, clave para crear una buena historia.


Divulgadores y escritores tienen en común el lenguaje, aunque hagan diferente uso de él. Los textos de escritores y de divulgadores se diferencian tanto en su producción como en su propósito. Los escritores (entiéndase de ficción) hablarán a sus lectores sobre temas y aspectos de la vida que, por su experiencia y vivencias, le resultan familiares. De hecho, como copia de la realidad que es, la literatura se distingue de la historia en que mientras esta cuenta lo que ha sucedido, aquella relata lo que podría suceder. Además, debe establecer un pacto ficcional, un acuerdo tácito mediante el cual el lector acepta introducirse en un mundo manifiestamente irreal, reservándose el derecho de emitir juicios sobre la verosimilitud de los hechos relatados.
Sin embargo, el pacto que sellan los divulgadores asegura al lector que serán fieles a una realidad muy concreta, la científica, que por otra parte trata de explicar aspectos ocultos o desconocidos para el destinatario de su narración. El divulgador también debe echar mano de un elemento ficcional, a pesar de que no debe distorsionar la ciencia que cuenta. Es la traducción al lenguaje común y a los sentidos, es la recreación y la puesta en un contexto diferente para la comprensión (y el disfrute) por parte del lector.



La literatura sabe contar la misma historia una y otra vez como si fuera nueva y original. La ciencia no cuenta historias pero se nutre cada vez de nuevos e insospechados temas. No es difícil imaginar el extraordinario potencial si se recurriera con mucha más frecuencia al mestizaje entre ambas.
Esto debe ir unido a un cambio de actitud para que el divulgador aspire a convertirse en escritor y considerarse como tal. Por supuesto que ser buen escritor es difícil y exige dedicación, pero se echa de menos que en la masa de autores de blogs de ciencia haya más escritores que aspiren a un estilo más cercano al de Oliver Sacks o Stephen J. Gould. Desde luego, no recordaríamos actualmente a Carl Sagan de haberse hecho conocido por llamar “magufos” a los creyentes en ovnis, o por escribir un post que relacionara la Mancha Roja de Júpiter, el sándwich americano y el collar de María Antonieta.

En septiembre de 2016 se cumplirán 3 años desde que inicié una propuesta, un lugar de encuentro entre ciencia y escritura creativa. Un curso virtual desde donde experimentar contando la ciencia desde múltiples puntos de vista y formas literarias como, por ejemplo, una ley física mediante un sciku (la versión científica del haiku japonés),

PRIMERA LEY DE KEPLER
El planeta se desplaza,
una gran elipse es su trayectoria;
el Sol, uno de sus focos.
Paloma Marín

o conocer a Giordano Bruno en un microrrelato,       

17 de febrero de 1600, en una plaza de Roma
Desde un campo habitado por mil flores poseo una vista privilegiada del Universo, donde no son una sino mil las estrellas que lo forman y los dioses que lo rigen. Siento el calor insoportable de cada uno de esos soles ardiendo bajo mis pies en forma de leños encendidos. Que este fuego que ahora prende sirva para grabar en la mente prójima el mayor de los legados. El vasto firmamento es la única hoguera que podrá aplacarme.
Miguel Á. Martín


o reflexionar sobre el modo de pensar de la ciencia.

Elogio a la duda
“El ignorante afirma y el sabio duda”, sentenciaba Aristóteles. “¿La duda? El principio de la sabiduría”, aseveró Descartes, aunque Borges la imaginó como “uno de los nombres de la inteligencia”. “Los ignorantes niegan o afirman rotundamente”, decía Voltaire remachado por Russell al sentenciar que “los ignorantes están completamente seguros y los instruidos llenos de dudas”.
Está claro que si no hay cierto escepticismo y vacilas, el interés por aclarar la cuestión desaparece. Cuando dudas, te cuestionas. Y si cuestionas, buscas y contrastas para al final hacerte preguntas. Sin darte cuenta has comenzado a emplear el método científico.
Cristina Sopena

La totalidad de los trabajos realizados por los alumnos de la 2ª edición de 2016 se encuentran en el ebook Ciencia en la palabra (epub) (pdf).

Va siendo hora de emplear lenguajes y estilos que hagan más justicia a las historias que conforman la ciencia, “porque las historias hacen que aquello que parece aburrido y difícil, que no tiene nada que ver conmigo, sí tenga que ver conmigo.
Cuando te cuentan historias te miran a los ojos, te tienen en cuenta”.


Referencias:

D. García Bello, Estudia esto porque tiene más salida, Dimetilsulfuro, 29/05/2015, http://naukas.com/2015/05/29/estudia-mas-salida

R. Montero, Mirar las estrellas, El País Semanal, 10/07/2016, http://elpaissemanal.elpais.com/columna/mirar-las-estrellas

C. Djerassi, La historia de la obra teatral “Oxígeno”, Revista Mètode, 2011, nº 69, p. 97-102.

P. Marín, M. Á. Martín, C. Sopena, Ciencia en la palabra, Escuela de Literatura Científica Creativa [ebook], 2016.

La ciencia cuenta si se cuenta la ciencia (III)

CUÉNTAME HISTORIAS


 (viene de la parte II)

Las historias nos hacen querer ver el final, nos hacen acompañar al protagonista [...]. Porque las historias hacen que aquello que parece aburrido y difícil, que no tiene nada que ver conmigo, sí tenga que ver conmigo. Cuando te cuentan historias te miran a los ojos, te tienen en cuenta [...]. En el fondo, el contenido de las historias es siempre el mismo: quiénes somos y cómo es el mundo en donde estamos. En el fondo, la misión de las historias es siempre la misma: caminar juntos.
Eduardo Sáenz de Cabezón
matemático y monologuista científico,
en TEDxRíodelaPlataED


En la cena de clausura de un congreso de neurociencias a Oliver Sacks le tocó sentarse alejado de Francis Crick, como si las circunstancias quisieran confirmarle lo mítico e inaccesible que le parecía el codescubridor de la estructura del ADN. Sin embargo, durante el momento del café, Crick vino a sentarse a su lado y, sin mediar saludo alguno, le espetó: “Cuéntame historias”.

Oliver Sacks

Oliver Sacks perteneció a esa selecta y corta lista de científicos de letras para los que la escritura era tan necesaria como su investigación. Mi lista es aún más breve e incluye, además de a Sacks, los nombres de Stephen Jay Gould y Carl Sagan. No puede ser casualidad que sus respectivos campos de estudio (la mente, la evolución de la vida y el cosmos, respectivamente) sean los más apropiados para responder esas preguntas que subyacen en las historias: quiénes somos y cómo es el mundo en donde estamos.

Aunque con estilos de escritura muy característicos, los tres lograban con éxito el objetivo de fascinar al lector. Sacks se inspiraba en las anécdotas clínicas del siglo XIX, detalladas historias de casos de una época en que la narrativa tenía un papel central en las prácticas médicas. La primera vez que hojeó La mente de un mnemotécnico (1968), en la que Alexander Luria describe el caso de un paciente con una memoria prácticamente ilimitada, pensó que se trataba de una novela.

El estilo de Gould es otra cosa. De manera descarada, tomaba la capacidad de asombro del lector y la moldeaba para obtener el más irresistible de los anzuelos. El cebo tenía que ser variado, por supuesto, para asegurar un buen bocado y no unos tímidos mordiscos. Desde la hoja de parra con que se tapaban Adán y Eva hasta la historia del béisbol, cualquier aspecto inconexo se volvía relevante para la maravillosa historia que desgranaría a continuación.

Sagan podría haber pasado por discípulo de Plinio el Viejo. Ambos eran considerados bichos raros por esa intención "extravagante" de ofrecer una visión del conocimiento científico de modo interesante y atractivo. Sagan aceptó el desafío diecinueve siglos después que el naturalista romano, convirtiendo el cosmos en la historia más asombrosa que podríamos conocer.

Stephen Jay Gould

Carl Sagan


Sin embargo, tan ilustres escritores no estuvieron exentos de críticas por parte de sus colegas, dando por hecho que su mayor exposición mediática, su cercanía al público a través de sus obras, suponían automáticamente su menoscabo como científicos. A Sagan le llegaron a llamar “teatrero” y, aunque no fue el primero ni el último en recibir la descalificación de la comunidad científica, su apellido sirvió para acuñarla. La “saganización” es el sambenito que recae, en forma de sospecha, sobre un científico “demasiado popular”.

En este sentido también tendríamos que aprender de la historia. En 1699 el escritor y filósofo Bernard de Fontenelle mereció el nombramiento como secretario vitalicio de la Academia de Ciencias de París por su papel como “intérprete de los sabios”, dada su labor de vínculo entre ciencias y humanidades digna del Renacimiento. Sagan, sin embargo, vio desestimada su candidatura a la Academia Nacional de Ciencias estadounidense en 1992.

La versión actual de la “saganización” tiene incluso una forma de medirse denominado, entre bromas y veras, “índice Kardashian”. Según este ratio, si divides el número de seguidores en Twitter entre el número de citas a tus artículos científicos y el resultado es mayor que 5, eres un investigador “kardashiano” con mayor popularidad entre el público que entre la comunidad científica. No te extrañe que desde ese momento tus colegas te miren con cierto desdén. Esto puede parecer algo anecdótico pero no lo es. Una columna titulada “To tweet or not to tweet”, publicada en Science, cuenta el rechazo de un proyecto propuesto por el microbiólogo Jonathan Eisen porque “la elevada dedicación a su blog le dejaría sin el suficiente «ancho de banda» para acometer el proyecto en solitario”. La respuesta del evaluador me hace recordar que en el siglo XIX se prefería que un científico permaneciese soltero para centrar su dedicación al máximo. Ahora se le insinúa que los blogs y las redes sociales no son lugares recomendables para un científico serio, y parece que la recomendación se sigue al pie de la letra. Solo el 20% de los científicos con mayor número de citas tienen un perfil de Twitter identificable, y de los 45 científicos españoles más citados solo 7 poseen perfil en la red del pájaro azul.

Sin embargo, de cara a la galería se da otra imagen. Martin Rees, presidente de la Royal Society de 2005 a 2010, dice que “los investigadores necesitan implicarse más plenamente con el público. La Royal Society lo reconoce, y tiene gran interés en garantizar que ese diálogo sea útil y efectivo”.
En una encuesta realizada por la propia Royal Society, la mayoría de los científicos señalan que existen implicaciones sociales y éticas en su investigación que el público necesita conocer, y que tienen una responsabilidad primordial en comunicar las investigaciones y sus implicaciones al público no experto.

Comprobemos cómo están las cosas en Francia desde que surgiera, hace más de un siglo, el enfrentamiento entre popularizadores y académicos. En un estudio donde se encuestó a investigadores del CNRS (Centre National de la Recherche Scientifique), el equivalente al CSIC español, estos creen “de modo unánime que la popularización es un componente clave e inevitable del trabajo investigador”. Entre las motivaciones de los científicos está el deseo de informar al público, que se conozca su campo de estudio, estimular vocaciones en los estudiantes o explicar el uso de fondos públicos en la investigación.

Honorables intenciones que no se reflejan en la realidad. En el estudio francés hay detalles que hablan por sí solos como el informe de candidatura para Director de Investigación, donde apenas hay 9 líneas disponibles para resumir hasta 20 años de actividades de divulgación. Siguiendo con las conclusiones de este estudio, se desmienten algunos mitos que aún sostiene parte de la comunidad científica:

  • Mito 1: la popularización contribuye al detrimento en la cantidad y calidad del trabajo investigador. FALSO. Se ha comprobado que los científicos más activos en su labor divulgadora también son más activos académicamente.
  • Mito 2: la popularización es una ocupación de segunda categoría. FALSO. Se observa que los investigadores aumentan su actividad en divulgación a medida que ascienden en la carrera científica.
A pesar de evidencias como estas, no va a ser fácil que los científicos que sostienen estas creencias cambien de opinión. Qué extraño suena esto, ¿verdad? Científicos sosteniendo creencias. Sin embargo eso parece si el 20% de los científicos encuestados en la Royal Society siguen afirmando que aquellos que se involucran en la popularización son peor vistos por sus colegas. Por cierto, según sus biógrafos, Carl Sagan publicó a lo largo de su carrera (desde 1957 hasta diciembre de 1996) un promedio de un artículo con revisión por pares al mes. Queda claro que desde que se acuñó, la “saganización” o “efecto Sagan” no ha sido más que un espejismo.

Una preocupación de los científicos es que la sociedad no considera a la ciencia parte de la cultura. Mientras se considere a la divulgación una actividad marginal, y su ejercicio y la popularidad del investigador sean motivos de descrédito, los científicos no considerarán a los ciudadanos parte de “su” cultura


(continúa en parte IV)


Referencias:
 
J. A. Bustelo, Escuderos de clara pluma, Escuela de Literatura Científica Creativa, 2016 [ebook], p. 164. 

B. L. Benderly, To tweet or not to tweet? Science Careers, 02/10/2014, http://www.sciencemag.org/careers/2014/10/tweet-or-not-tweet 

P. Jensen, J. B. Rouquier, P. Kreimer, Y. Croissant, Scientists who engage with society perform better academically, Science and Public Policy, 2008, 35 (7), p. 527-541. 

L. Sapiña, La #ciencia en Twitter, Revista Mètode, Observatorio de las Dos Culturas, 26/09/2014, http://metode.cat/es/Observatorio-de-las-Dos-Culturas/La-ciencia-a-Twitter

La ciencia cuenta si se cuenta la ciencia (II)

CUALQUIER TIEMPO PASADO...

 (viene de la parte I)

Con anterioridad a la aparición del mediador entre ciencia y público en Francia durante el siglo XIX, ha habido momentos pioneros o contestatarios con el statu quo de la época como demuestran varios ejemplos.

A partir del siglo II a.C. cada vez era más frecuente que eruditos griegos se instalaran en Roma. La avidez por el conocimiento era un fenómeno que se generalizaba con rapidez. El nivel del discurso, así como la lengua en que se expresaba, difería según las pretensiones. El estudioso romano que quisiera continuar hasta el más alto nivel lo habría de hacer en griego. El latín se empleaba cuando era necesario transmitir la cultura griega a una audiencia que requería una versión más ligera y popular, centrándose en las ideas esenciales: es la primera vez que se establecen las bases de la divulgación científica, tendencia que siguieron filósofos como Posidonio de Apamea, Cicerón o Lucrecio.

En España, 18 años antes de la publicación de la primera parte de El Ingenioso Hidalgo don Quijote de la Mancha, hace su aparición un controvertido libro firmado por Oliva Sabuco de Nantes, natural de Alcaraz (Albacete). Su enigmático y orgulloso prólogo dice venir “a poner fin a las lagunas de la ciencia” (y de la medicina en particular, dominada por el galenismo) a través de un consejo que también daría don Quijote a Sancho: el arte del conocimiento de sí mismo. El título de la obra tampoco deja indiferente a nadie: Nueva filosofía de la naturaleza del hombre no conocida ni alcanzada de los grandes filósofos antiguos, la cual mejora la vida y salud humana. Un libro revolucionario, que merecería ser conocido como “El Quijote de la medicina”, en el que Oliva Sabuco plantea ideas tan modernas como los síntomas del estrés o las enfermedades psicosomáticas.

Nueva Filosofía (1587), obra de Oliva Sabuco

Oliva Sabuco



















También en España, hacia finales del siglo XVII, surgió un movimiento previo a la Ilustración muy crítico con el atraso científico del país. Reunidos en tertulias bajo el mecenazgo de nobles y clérigos con mentalidad preilustrada, eran conocidos de manera peyorativa como novatores por la vehemencia con que abogaban por la renovación de la ciencia en España, dominada por el escolasticismo y el aristotelismo y aislada de la ciencia europea.

Más adelante, sobre todo en Londres, el siglo XVIII vivió simultáneamente el auge de la popularización de la ciencia y la aparición de su público por excelencia, la clase media (sí, la misma que se ha encargado de apuntillar la crisis económica). Este nuevo tejido social acogerá con avidez libros, cursos y conferencias sobre la “filosofía del Sr. Newton” y la nueva ciencia “mecánica y experimental”. Muchos ofrecían charlas itinerantes con experimentos en vivo en las coffee houses, las pioneras de los cafés científicos. Algunos historiadores consideran que estas “universidades de a penique”, como se las conocía, contribuyeron en buena parte al avance científico e industrial del momento. Después, entre finales del siglo XIX y principios del XX (como señalo en la primera parte del post) el mundo académico toma para sí en exclusiva la comunicación de la ciencia, desprestigiando al popularizador y relegando al público a posiciones de pasividad e ignorancia.

La ciencia comenzó como una actividad amateur, y buena parte de las iniciativas de popularización las realizaron personas externas al ámbito académico. Otro notable ejemplo es el de Michael Faraday. A pesar de la escasa educación formal que recibió, su empleo como aprendiz de encuadernador le permitió acceder a numerosas obras científicas, entre ellas el texto de divulgación Conversations on Chemistry de Jane Marcet (también autodidacta). Con el tiempo, pasó de frecuentar las conferencias del químico Humphry Davy (convirtiéndose en su asistente) a impartir conferencias él mismo que se convirtieron en memorables. Su serie de seis charlas, conocida como La Historia Química de una Vela, fueron impartidas en la Royal Institution todas las navidades durante 35 años.

Michael Faraday

En el fondo, esa intención dudosa, ese antiacademicismo de los popularizadores en la Francia del siglo XIX dibujaba un propósito más ambicioso que el de la divulgación científica del siglo XX: que los ciudadanos no fueran meros receptores de las noticias o explicaciones que el mundo académico tuviera a bien transmitirle, sino regresar a la condición de participantes activos en la asimilación y apropiación del conocimiento científico.

(continúa en parte III)

Referencias:
 
J. A. Bustelo, Escuderos de clara pluma, Escuela de Literatura Científica Creativa, 2016 [ebook], p. 16, 123.

Á. Bernardo, El problema de la ciencia en España tiene más de 300 años, Hipertextual, 11/08/2015, https://hipertextual.com/2015/08/ciencia-en-espana-historia

J. Ordoñez, A. Elena, La Ciencia y su público: perspectivas históricas, CSIC, 1990, Madrid, p. 169-173.

La ciencia cuenta si se cuenta la ciencia (I)

DIVULGADORES, POPULARIZADORES Y LA MADRE (FRANCIA) QUE LOS PARIÓ


¿Sirve de algo la divulgación científica?”, se pregunta Carlos Sabín que es “físico teórico, pero solo porque la poesía es más difícil y pagan menos”, como él mismo menciona en su perfil de Twitter.

Existe bastante consenso en que divulgar la ciencia contribuye a una sociedad más formada, con mayor juicio crítico y más capacidad para valorar las implicaciones de la ciencia y la tecnología actuales. No obstante, según este artículo del que Sabín se hace eco, las últimas noticias no son muy halagüeñas.

En las redes sociales hay un conflicto abierto, una “guerra fría” de difícil solución entre los que argumentan con evidencias científicas (los desenmascaradores) y los que dan crédito a posturas falaces o pseudocientíficas (los conspiranoicos), y la divulgación científica no solo no contribuye a resolverlo sino que lo vuelve más encarnizado. La interacción con el otro bando no convence, de modo que muy pocos son los que se atreven a cruzar la línea de fuego para acercarse al otro lado, y cuando se establece discusión solo sirve para que se reafirmen las posturas iniciales. Los responsables del estudio lo atribuyen a desconfianza en las instituciones, analfabetismo funcional (por ejemplo, incapacidad de comprender correctamente la información), prejuicios o a manejo de información falsa.

Esto parece confirmar una conclusión que se comenta con frecuencia: la divulgación tiene un público de personas ya iniciadas o interesadas en la ciencia, que disfruta con asiduidad de artículos, posts y libros, pero no está siendo eficaz para atraer a quien no esté previamente interesado en la ciencia ni en corregir creencias o actitudes pseudocientíficas.

La divulgación científica ha pasado por momentos críticos desde que en la Francia del siglo XIX surgió la figura del mediador entre la ciencia y el público, más como un suceso contingente que por una necesidad de alfabetización científica.


La dualidad de la popularización


La ciencia es como el Sol:
todo el mundo debe moverse cerca de ella
para sentir su calidez y su luz.
Louis Figuier, 1867

Así, de manera metafórica, el escritor y divulgador Louis Figuier expresa un credo y un proyecto: “todo el mundo” ha de estar involucrado e interesado en la ciencia. Numerosos intentos durante el siglo XIX se destinaron a alcanzar ese objetivo. Todos los medios existentes se movilizaron para “poner la ciencia al alcance de todos”. Conferencias, publicaciones, exhibiciones, museos, cine… La ciencia se adaptó a todos los gustos, bolsillos y condiciones, y se presentaba como algo práctico, útil, divertido, lúdico.

La popularización científica orientada a las masas se consideró como un raro elemento de consenso social en una época de regímenes políticos fluctuantes. De hecho, se convirtió en tema favorito de los movimientos socialistas franceses, y un aspecto importante en los trabajos de Auguste Comte, fundador del positivismo. Durante años Comte, graduado de la Escuela Politécnica, ofrecía un curso público y gratuito sobre astronomía popular, y desarrollaba su Curso de filosofía positiva como un instrumento para la educación social. Consideraba la difusión de la ciencia no solo como un deber filosófico para erradicar las concepciones teológicas y metafísicas que prosperaban, sino como una prioridad.

Por otro lado, el Instituto de Francia también pretendía extender la base social de la ciencia pero con una orientación diferente. Era la institución que tenía el poder de definir qué era ciencia legítima y excluir lo que se consideraba acientífico. Ejercía un cuasi-monopolio sobre la actividad científica y promovía su profesionalismo. Su política de apertura al público estaba centralizada en la figura de François Arago (el "Carl Sagan" decimonónico), que atraía a multitudes al anfiteatro del Observatorio con sus conferencias sobre astronomía.


De este modo, en Francia surgió desde el principio una ambigüedad fundamental sobre el concepto de difusión de la ciencia. La popularización científica se convirtió en un territorio ocupado por dos tipos de profesionales: por un lado científicos de la Academia; por el otro editores, periodistas y escritores.


Auguste Comte

 
François Arago



















Estos dos tipos de popularizadores solían estar en desacuerdo sobre la naturaleza de su tarea. Para los primeros consistía en propagar noticias de la esfera científica al público, difundiendo información y trasladando mensajes. Para los segundos, militantes de la ciencia popular, el objetivo era promover una cultura de la ciencia a todos los niveles de la sociedad, de modo que todo el mundo tuviera acceso a la mayoría de los avances del conocimiento y pudieran practicar investigación amateur.

Esta concepción democrática era criticada en muchos casos por la ciencia “oficial”. Comte, como pionero de la lucha antiacadémica, atacó abiertamente la ciencia practicada en la Escuela Politécnica y en el mundo académico. Según Comte, estos reputados establecimientos degeneraban las mentes por un exceso de especialización y un culto al análisis y al lenguaje críptico.

Sin embargo, este antiacademicismo no era una postura personal, y se volvió más virulento en el ámbito de la Medicina. El médico y fisiólogo François-Vincent Raspail, pionero de la teoría celular y autor de dos obras de divulgación que anticipaban la teoría microbiana, acusaba a las facultades de medicina de ser instituciones anacrónicas encerradas en sí mismas y con prácticas arcaicas. Tan interesado en las cuestiones sociales como en la ciencia, orientó su labor médica hacia las clases populares, las más castigadas por la enfermedad, como un medio de emancipación social de las masas.

También el astrónomo y popularizador Camille Flammarion denunciaba el arribismo de los científicos que acumulaban títulos y honores, explotando el trabajo de otros en aras del prestigio más que del progreso de la humanidad. Flammarion empleó una estrategia más simple y quizá más hábil que Raspail. De forma atrevida, invirtió la idea de que las ciencias progresaran necesariamente para volverse más especializadas y matemáticas, y afirmaba que cuanto más progresa la astronomía, más popular se vuelve:

Abandona el ámbito de las cifras y cobra vida. Nos llena de asombro ver el espectáculo de los cielos transfigurado. La ciencia de las estrellas deja de ser el confidente secreto de un pequeño número de expertos; penetra la mente de todos, ilumina la naturaleza.

Combinando la seducción con la contestación, Flammarion presentó la astronomía popular como la etapa definitiva del progreso, y haría lo posible para evitar que científicos anticuados lo desfiguraran con alambre de púas matemático.

Camille Flammarion
Así, el autor de ciencia popular abandonó la humilde posición de traductor o mediador entre científicos y público, para convertirse en pionero de una nueva racionalidad. ¿Era simplemente una fórmula retórica, un modo algo ingenuo de legitimar su actividad? Sea como fuere, Flammarion hizo todo lo posible para poner en práctica sus ideas. Con la construcción del Observatorio de Juvisy mediante lo que hoy llamaríamos crowdfunding, permitió de manera efectiva a los aficionados practicar astronomía fuera de las instituciones oficiales. Se constituyó así una red paralela a la de la ciencia académica, convertida más adelante en internacional con la apertura de numerosos observatorios Flammarion por todo el mundo.

Observatorio de Juvisy
Telescopio del Observatorio de Juvisy





























Por lo tanto la popularización de la ciencia, en plena expansión durante el siglo XIX, oscilaba entre dos funciones: ser portavoz de la ciencia “oficial” y a la vez ser su rival. Aunque ambos tipos de popularizadores compartían ciertas convicciones y tenían puntos de encuentro, la existencia de esta dualidad era patente.


La academia pone las cosas en su sitio


Se hacía necesario despojar de toda legitimidad las prácticas científicas de los aficionados para reservar el monopolio de la palabra científica a miembros diplomados de una institución científica reconocida. Con esta intención, al inicio del siglo XX comienza a imponerse un término de connotaciones claramente peyorativas que sustituiría al de popularización. El vocablo vulgarización mata dos pájaros de un tiro: desacredita a los defensores de la “ciencia popular” y declara al público como una masa amorfa e ignorante que recibe pasivamente la “buena nueva”. La alusión al Evangelio no es fortuita. La reminiscencia a la Vulgata de San Jerónimo, la traducción de la Biblia al latín ampliamente difundida, resulta clara.

En España era también usual el término vulgarización a principios del siglo XX,
que fue sustituido paulatinamente por el actual vocablo divulgación.

Es justamente esta referencia a la Vulgata la que dota de una misión definida a la vulgarización: la traducción al lenguaje común para propagar su mensaje. Una misión como servidor y no como rival de la palabra científica.

Pero los militantes de la popularización no tienen intención de convertirse en humildes traductores del discurso de los sabios, sino rivalizar con la ciencia académica. La ciencia popular no tiene por qué ser “el eco del mundo erudito”; más bien, se presenta como una ciencia alternativa, libre porque carece de la ortodoxia de la ciencia oficial.
En cambio, la vulgarización invita al público a “consumir” la ciencia en forma de revistas, libros o exhibiciones, y no a practicarla. De modo que este público debe ser atraído, seducido y fidelizado mediante múltiples estrategias que se apoyan sobre lo maravilloso, lo espectacular y lo lúdico.

Tras el fin de la Primera Guerra Mundial, la vulgarización se convirtió en una actividad profesional cuyo objetivo era exaltar las proezas de la ciencia más que esclarecerlas. La American Chemical Society, por ejemplo, se preocupaba en corregir la imagen de muerte asociada a la Química por la utilización de gases durante la guerra. La alianza entre periodistas y científicos se traduce en múltiples campañas destinadas a restaurar la confianza del público en la ciencia.

Las exposiciones en la década de 1930 dirigen un mensaje que forjará un cliché bien anclado: el progreso no se detiene. Testimonio de ello es el eslogan de la Exposición de Chicago de 1933: Science finds, Industry applies, Man adapts” (la ciencia descubre, la industria aplica y el hombre se adapta).

El público del siglo XX supuestamente no solo es pasivo y “carente de ciencia”, es además privado de emitir juicios sobre la actividad científica. Vive en otra esfera, otro mundo, el mundo de la opinión que obstaculiza a la ciencia.

Esta idea de ruptura sitúa a la mayoría de la población en el régimen de creencia, de lo irracional, mientras que la ciencia se torna cada vez más distante y lejana. El profano, privado de su facultad de juzgar en materia de ciencia, se ve condenado a vivir bajo la tutela de expertos y a no pensar por sí mismo. La vulgarización destierra el ideal del público ilustrado que caracterizaba el Siglo de las Luces.

Esta es la historia del conflicto entre popularizadores y académicos que se ha traducido, hasta la actualidad, en posturas encontradas entre ciencia y público.

(continúa en parte II)


Referencias:

C. Sabín, ¿Sirve de algo la divulgación científica? Investigación y Ciencia – SciLogs, 08/04/2016, http://www.investigacionyciencia.es/blogs/fisica-y-quimica/85/posts/sirve-de-algo-la-divulgacin-cientfica-14110

F. Zollo, A. Bessi, M. del Vicario, A. Scala, G. Calderelli, L. Shekhtman, S. Havlin, W. Quattrociocchi. Debunking in a World of Tribes. arXiv preprint arXiv:1510.04267, 2015.


B. Bensaude-Vincent, L. Libbrecht, A public for science. The rapid growth of popularization in nineteenth century France, Réseaux, 1995, vol. 3, nº 1, p. 75-92.

B. Bensaude-Vincent, Splendeur et décadence de la vulgarisation scientifique, Questions de communication, 2010, nº 17, p. 19-32. http://questionsdecommunication.revues.org/368