domingo, 8 de mayo de 2016

Las ciencias se presentan en sociedad

En el archiconocido blog de José Manuel López Nicolás, Scientia, me topé en cierta ocasión con una entrada que solicitaba a la periodista y escritora Galiana lo siguiente:

“Señorita Galiana, ya que pierde su tiempo escribiendo sobre temáticas tan absurdas como las relaciones entre humanos, le propongo que se deje de emborronar folios y escriba sobre algo con más fundamento. Le sugiero (cuando un profesor te hace una sugerencia es casi como decir hazlo como yo te digo o atente a las consecuencias) que escriba sobre ciencia, pero CIENCIA, escrito con mayúsculas, porque así es como yo la entiendo”.

Galiana aceptó el reto, por supuesto, con un magnífico texto que podéis leer en esta entrada de Scientia. En forma de autobiografía de la Ciencia (en mayúsculas), me gustó mucho e inmediatamente lo tomé como modelo para un ejercicio dentro del curso de Escritura Científica Creativa que imparto. En este caso, propuse basarnos en el texto de Galiana para escribir una biografía similar pero de una disciplina científica en particular. He aquí dos ejercicios que describen sendas ciencias:


  

BIOLOGÍA

Mi historia marca la destrucción de un sueño. El origen divino de la vida me condicionó durante mucho tiempo, y la llegada de respuestas decepcionó a unos y maravilló a otros. Aunque existo desde antiguo, fui anónima hasta hace dos siglos, cuando dos naturalistas me pusieron el mismo nombre sin haberse puesto de acuerdo. Ya estaba en el ambiente que pronto conseguiría grandes avances.

Las criaturas más diminutas me ayudaron a mostrar que todos los seres poseen los mismos “ladrillos” y la misma manera de funcionar. Un viaje alrededor del mundo me llevó a sospechar que las especies cambian y que provienen unas de otras. Un huerto de guisantes me desveló el lenguaje con que se comunican las generaciones, y una fotografía robada, el esqueleto de ese vínculo.

Lamento que mi existencia despoje a la vida de esa condición especial. Todo lo que sois puede explicarse por una mezcla de azar, oportunidad, cooperación y supervivencia. Sí, sólo una mezcla. Pero una mezcla muy particular.



QUÍMICA

Nunca antes la codicia por el oro desembocó en un fin más noble. Nunca antes secretos mágicos habían transformado el ocultismo en conocimiento racional. Pasé mi juventud a ciegas, disolviendo, mezclando y calcinando cuanto encontraba en mi camino.

Matraces y retortas humeantes producían tintes, venenos y perfumes sin orden ni concierto, pero poco a poco fui madurando y logré que los espejismos fueran desapareciendo. Del flogisto al oxígeno, del pudin de pasas al átomo, de vitriolos y licores a moléculas y compuestos.

Aunque el verdadero golpe de timón vino de un barbudo profesor, aficionado a los solitarios, que tuve el placer de conocer. Retó a la materia a jugar a los naipes, hasta que ganó la partida de su vida. Las cartas se ordenaron en su mano, pero no quedó satisfecho, pues su oponente se había escondido algunas en la manga. Desde entonces sigo jugando partidas, hasta el día en que toda la baraja se muestre sobre la mesa.


Gracias, Galiana, por haber inspirado este ejercicio.

sábado, 7 de mayo de 2016

Jitanjáforas y jergas científicas

Los sonidos emitidos por las aves constituyen, en varios aspectos, la analogía más cercana al lenguaje”, escribió Charles Darwin en su obra El origen del hombre (1871) al observar cómo los seres humanos aprendían a hablar.

El idioma, especulaba el naturalista, podría haber tenido su origen en el canto de las aves, que habría dado lugar “a las palabras que expresan diversas emociones complejas”.

El hecho extraordinario sucedió en algún momento hace entre 80.000 y 50.000 años, cuando los seres humanos fuimos capaces de fusionar la cualidad de expresión del canto de las aves y los mensajes cortos y audibles de los primates.  Dos tipos de comunicación en una forma única y sofisticada de lenguaje.

Y como las palabras son las que conservan y transmiten las ideas, resulta que no se puede perfeccionar la lengua sin perfeccionar la ciencia, ni la ciencia sin la lengua; y por muy ciertos que fueran los hechos, por muy justas las ideas que los originaron, solamente transmitiríamos impresiones falsas si no tuviéramos expresiones exactas para nombrarlos.
Antoine Lavoisier, Tratado elemental de química (1789)

Con esta necesidad surge mucho más recientemente el lenguaje científico, un sistema que permite conocer y comunicar nuevos conceptos con la mayor objetividad y precisión posibles. No obstante, el lenguaje de la ciencia se nutre del lenguaje común para la creación de sus vocablos. Cuando Robert Hooke observó al microscopio un fragmento de corcho observó numerosas celdillas (cellulae en latín), que le inspiraron para bautizar como célula a la unidad fundamental de todo ser vivo. Y cuando Karl von Nägeli empleó un microscopio más potente para observar el interior de las células, encontró una estructura que se teñía con intensidad a la que llamó, literalmente, “cuerpo que se colorea”: cromosoma, el custodio y transmisor de la herencia genética.

Los términos científicos también surgen en base a ideas establecidas, circunstancia que en ocasiones ha jugado malas pasadas. El átomo (del griego, indivisible) adquirió su denominación muchos siglos antes de que se constatara que, en realidad, puede dividirse en sus partículas elementales. O cuando el propio Lavoisier llamó oxígeno (del griego, generador de ácidos) al gas que interviene en la respiración, se pensaba erróneamente que todos los ácidos lo contenían.

De esta manera, la invención de palabras se da tanto en ciencia como en literatura. En la primera por la necesidad de describir nuevas ideas y hallazgos; en la segunda, como recurso lúdico y para enfatizar ciertos efectos fónicos.


Con palabras inventadas se construyen las jitanjáforas, nombre acuñado por el poeta mexicano Alfonso Reyes para definir un enunciado compuesto por palabras carentes de significado. En Rayuela, Julio Cortázar incluye esta para describir una escena erótica: 

Apenas él le amalaba el noema, a ella se le agolpaba el clémiso y caían en hidromurias, en salvajes ambonios, en sustalos exasperantes. Cada vez que él procuraba relamar las incopelusas, se enredaba en un grimado quejumbroso y tenía que envulsionarse de cara al nóvalo, sintiendo cómo poco a poco las arnillas se espejunaban, se iban apeltronando, reduplimiendo, hasta quedar tendido como el trimalciato de ergomanina al que se le han dejado caer unas fílulas de cariaconcia.

Mientras que si empleamos jerga científica para describir lo que ocurre al cortar una cebolla, podríamos obtener algo así:

Cuando el filo extrusado al cromo-vanadio se inserta en la crasa epidermis del bulbo, el espécimen del género Allium prepara su respuesta química a la incisiva invasión de sus células. Un aerosol de ácido pirúvico alcanza su córnea, y con la complicidad catalítica de la aliinasa, la caballería de sulfóxidos lanza su ataque pungente valiéndose de inexorables hidrólisis. El indefenso acuchillador sucumbe ante tsunamis oculares que rebosan la pleamar de su conjuntiva, batiéndose en retirada ante la incapacitante ametropía acuosa.

viernes, 1 de abril de 2016

Érase una vez... un teatro en Budapest

Soy de los que piensa que la ciencia está en el aire. La sociedad, a fuerza de oír determinados términos científicos que se ponen de moda, acaba por asimilar de modo inconsciente ese nuevo vocabulario. Esto debió ocurrirle a la cantante Rosa López en una entrevista que le hicieron en Londres, durante la celebración del 60 aniversario del Festival de Eurovisión. El periodista le pregunta si ha tenido tiempo de visitar la ciudad, y Rosa responde que había ido a Trafalgar Square y "desde allí, por lo menos, he visto el Big Bang de lejos".

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¿Qué darían los cosmólogos de todo el mundo por haber estado en el lugar de Rosa López? ¡Stephen Hawking hubiera empeñado hasta su sintetizador de voz por ver el Big Bang aunque fuera de lejos! ¿Se trató de un simple lapsus verbal, una confusión al referirse al famoso reloj de la torre del Palacio de Westminster? Yo me siento tentado a pensar que ese término de la "gran explosión" que dio origen a nuestro universo, se coló en la mente de Rosa porque se encontraba en su inconsciente, en un rincón donde se albergan las palabras científicas que se oyen con frecuencia en los medios, pero de las que no se suele comprender su significado y trascendencia.

La divulgación científica pone su empeño en paliar esta situación dentro de una sociedad influenciada más que nunca por una ciencia que en bastantes ocasiones es ignorada a pesar de que nos rodea, deformada por un títular impactante o prostituida por una publicidad engañosa.

En algunas ocasiones me han llegado a plantear por qué no se divulgan, como la ciencia, representaciones artísticas como la pintura abstracta o la música clásica. Estaría justificado ya que obras como una pintura de Miró o una ópera de Verdi son manifestaciones de la cultura no fácilmente asimiladas por todos. Sin embargo, hay una diferencia fundamental que nos señala el físico y divulgador Jorge Wagensberg:
La ciencia hace inteligibles ciertas complejidades, mientras que el arte transmite complejidades ininteligibles. La ciencia puede comprender sin necesidad de intuir. El arte puede intuir sin necesidad de comprender.
No obstante, el arte puede popularizarse para acercarlo a la sociedad. Es el caso de Ramón Gener, un barítono que conduce el programa This is Opera, que intenta esto con el belcanto.

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En el programa dedicado a La Traviata Gener comenta, por ejemplo, que el personaje de Violetta Valéry está inspirado en una mujer real llamada Alphonsine Plessis, una famosa cortesana de París. El estreno de la ópera resultó un estrepitoso fracaso porque no recreaba lugares o tiempos remotos (como era costumbre en la época), sino la sociedad del momento, donde la protagonista era una prostituta tan contemporánea que, a buen seguro, muchos de los hombres que se encontraban entre el público habrían contratado sus servicios.

Con toda probabilidad, la persona que asistiera a una representación de La Traviata tras conocer la historia que esconde, le permitiría disfrutar de una experiencia diferente. Con todo ello, el arte no requiere necesariamente de popularización porque no busca la comprensión del espectador. El arte es una experiencia sensitiva que va directa a la emoción y que estimula la vivencia particular de cada uno. La ciencia, sin embargo, sí que busca explicar y comprender hasta la obtención de conclusiones compartidas por todos.

Pero este contraste entre arte y ciencia no debe convertirlos en antagonistas, aunque este veredicto sea el más usual. La confluencia entre ambos campos es más necesaria que nunca y abre nuevas posibilidades para llegar al público. Una de las iniciativas pioneras en este sentido tuvo lugar en Hungría durante la primavera de 1897. El Teatro de la Ópera de Budapest se prepara para una cita poco habitual. Los organizadores querían comprobar si el lugar donde se representaban obras de Mozart y Verdi era adecuado para divulgar la ciencia.

Vista desde el patio de butacas del Teatro Urania.

La obra se llamaba Excursión a la Luna y en ella se describía el astro, su influencia sobre las mareas y su participación en los eclipses. El público no quedó especialmente sorprendido pero habían conseguido llamar su atención. Unos meses después decidieron fundar una sociedad llamada Teatro Científico Urania, cuyo acta de fundación comienza así:

El Teatro Urania tiene como objetivo convertirse en un lugar donde enseñen los científicos, se deleiten los artistas, se inspiren los escritores y se ennoblezcan sus semejantes, además de fomentar el espíritu de interconexión y la pertenencia a una comunidad.
Debido a la naturaleza de las demandas del alma humana, no debemos ignorar o menospreciar la belleza del conocimiento sino al contrario, la aprovecharemos para despertar el interés genuino a través del cual extender dicho conocimiento.
El Urania no puede aspirar a ser un lugar de exploración profunda de ningún tema individual, sino que desarrollará el interés por la verdad y la comprensión. Donde este interés arraigue, la búsqueda de una comprensión más profunda se desarrollará por sí misma, de manera tan natural como la primavera que hace florecer la vida.

En el teatro ha sido particularmente fecunda la divulgación de la Química. Una de las más conocidas es la obra Oxígeno, escrita por el Premio Nobel de Química Roald Hoffmann y por uno de los artífices de la píldora anticonceptiva, Carl Djerassi. En la obra se plantea conceder un Premio Nobel Retroactivo al descubridor del oxígeno, uno de los hallazgos fundamentales de la historia de la Química. Carl Scheele (un boticario sueco), Joseph Priestley (un clérigo inglés) y Antoine Lavoisier (un químico francés) son los candidatos, y todos parecen tener méritos similares. ¿Quién debía ser el galardonado? ¿El primero en obtener el gas, quien lo publicó antes que los otros, o quien realmente comprendió lo que había descubierto?

Una escena en la que discuten Priestley, Scheele y Lavoisier.

Cartel de la obra Oxígeno.




















Otra obra ambientada en la Química es la creada por Antonio Marchal, profesor de la Universidad de Jaén, títulada Estáis hechos unos elementos. En ella, una joven estudiante, cansada de estudiar horas y horas la tabla periódica, se queda dormida. Y a través de un sueño van apareciendo los personajes que han tenido relacióncon el descubrimiento de algún elemento químico. Desde San Alberto Magno, descubridor del arsénico, hasta Marie Curie, descubridora de los radiactivos radio y polonio, pasando por algunos españoles: los riojanos hermanos Elhuyar que descubrieron el wolframio, y Antonio de Ulloa, marino sevillano que encontró el platino en la región del Chocó (Colombia). En el minuto 9:28 del vídeo expresa claramente la dificultad del descubrimiento: ¡Qué trabajito nos costó extraerlo, mi "arma"!


El hecho de que la relación ciencia-artes escénicas tenga "química" parece algo más que un juego de palabras. Puede ser una interacción muy eficaz y con gran aceptación por parte del público. Iniciativas que se han extendido por otras ramas de la ciencia son las conferencias teatralizadas del Institut de Ciència i Teatre (INCITE) o los Discurshow del biólogo y divulgador Xurxo Mariño. Y por seguir con los juegos de palabras, ¿cuánto quedará por descubrir detrás del telón?



miércoles, 30 de marzo de 2016

Rachel Carson - El sentido del asombro

Una científica que tenía que pasar forzosamente por esta sección de Escritura científica creativa es, a mi parecer, Rachel Carson (1907 - 1964). Su activismo y su bella prosa pusieron la nota de atención sobre la influencia medioambiental de la actividad humana. Aunque su obra más conocida e influyente es Primavera silenciosa (1962), hoy me detendré en uno de sus libros menos conocidos, El sentido del asombro (1965), publicado póstumamente.

El libro contiene reflexiones y experiencias mientras cuidaba a su sobrino Roger, partiendo de lo que ella más amaba para entretener al pequeño: los bosques y el mar de Maine.


Una tormentosa noche de otoño cuando mi sobrino Roger tenía unos veinte meses le envolví con una manta y lo llevé a la playa en la oscuridad lluviosa. Allí fuera, justo a la orilla de lo que no podíamos ver, donde enormes olas tronaban, tenuemente percibimos vagas formas blancas que resonaban y gritaban y nos arrojaban puñados de espuma. Reímos juntos de pura alegría. Él, un bebé conociendo por primera vez el salvaje tumulto del océano. Yo, con la sal de la mitad de mi vida de amor al mar.

Cuando Roger me ha visitado en Maine y hemos paseado por esos bosques no he hecho el menor esfuerzo consciente en nombrar plantas o animales ni en explicárselas […]. Más tarde me ha sorprendido cómo permanecen en su memoria cuando le enseño diapositivas […]. Estoy segura de que ninguna instrucción podría haber inculcado los nombres tan firmemente como tan sólo yendo por el bosque con la camaradería de dos amigos […]. De la misma manera, Roger aprendió sobre las conchas en mi pequeño triángulo de arena que bien podría pasar por playa […]. Cuando tenía sólo un año y medio, las llamaba igardos (bígaros), ichinos (buccinos), ojijones (mejillones) sin saber cómo sucedió, puesto que nunca traté de enseñárselas.


El mundo de los niños es fresco y nuevo, lleno de asombro y emoción. Es una lástima que para la mayoría de nosotros esa mirada clara, que es un verdadero instinto para lo que es bello y que inspira admiración, se debilite e incluso se pierda antes de hacernos adultos […]. Si yo tuviera influencia sobre el hada madrina, aquella que se supone preside el nacimiento de los niños, le pediría que le concediera a cada niño de este mundo el don del sentido del asombro tan indestructible que le durara toda la vida, como un inagotable antídoto contra el aburrimiento, el desencanto de años posteriores y la estéril preocupación de problemas artificiales.


Fuente:  Rachel Carson, El sentido del asombro, Ediciones Encuentro, 2012.

jueves, 24 de marzo de 2016

Darwin escribe un whatsapp

Estrenamos nueva sección en el blog. En ella iré publicando aquellos textos que fusionen ciencia y escritura creativa: ficción divulgativa o basada en la ciencia, microrrelatos, cartas y scikus (la versión científica del haiku japonés).

La primera publicación es un diálogo que emplea una conocidísima aplicación para smartphones. El autor de El origen de las especies se ha atrevido con ella para contarme su desasosiego.




Notas:

- El obispo autor del sarcástico comentario fue Samuel Wilberforce

- El paleontólogo Vladimir Kovalevsky, esposo de la célebre matemática Sofia Kovalevskaya, tradujo al menos tres de los trabajos de Darwin. Gracias a su febril dedicación, la versión rusa de La variación de los animales y las plantas bajo domesticación apareció antes que la versión inglesa original. Se cuenta que el matrimonio Kovalevsky transportó las pruebas de El origen del hombre atravesando las líneas durante la Guerra franco-prusiana de 1870.

- Carl Correns, simultáneamente a Hugo de Vries, redescubrió las leyes de la herencia en 1900, y recriminó a De Vries haber omitido la referencia al trabajo de Gregor Mendel. En el último año de su vida, Correns decidió hacer pública su homosexualidad y escribir el libro citado.